La UE centra sus esfuerzos en salvar Schengen

Voluntarios ayudan a desembarcar en la isla griega de Lesbos a un grupo de inmigrantes. :: pedro armestre / save the children/
Voluntarios ayudan a desembarcar en la isla griega de Lesbos a un grupo de inmigrantes. :: pedro armestre / save the children

La enorme complejidad de la crisis migratoria y la insalvable división entre países hace que Bruselas lo fíe todo a controlar las fronteras exteriores

ADOLFO LORENTE BRUSELAS.

El espectáculo que está ofreciendo Europa estos últimos días en materia migratoria y que ha provocado que países como España se lleven las manos a la cabeza no es ni mucho menos nuevo ni se terminará cuando el 'Aquarius' llegue al puerto de Valencia. Habrá más barcos a la deriva, habrá más crisis diplomáticas y las soluciones, sin embargo, seguirán sin llegar. Y será entonces cuando España levante la mano para quejarse por la falta de solidaridad; Italia responderá con un «te lo advertí», y los países del Norte seguirán silbando mirando al cielo.

«Quizá lo de las cuotas es lo de menos. El gran problema es el sistema de Dublín, el asilo, cómo repartimos las cargas entre todos», aseguran fuentes diplomáticas. Por un lado, están los llamados inmigrantes económicos. Son la gran mayoría y no tienen derecho a quedarse en Europa al proceder de países que no están en guerra, como puede ser el caso de Siria. En estos casos, se procede a las devoluciones a sus países de origen, pero estos muchas veces reniegan de sus nacionales. De ahí el toque de atención que la UE dio a muchos países africanos advirtiéndoles de que podrían perder fondos que reciben, si no cumplen con su responsabilidad.

Luego están los asilados, los migrantes que sí tienen derecho a permanecer en Europa. El llamado sistema de Dublín es el que regula cómo se actúa en estos casos entre Estados miembros. 'Grosso modo', es el país por donde acceden el que deben asumir toda la responsabilidad 'sine die'. ¿Qué ocurre? Que países como Italia, España, Grecia o Malta siempre se llevan la peor parte por ser primera línea fronteriza del bloque comunitario, por lo que demandan más ayuda y solidaridad de sus socios. Aquí está ahora el debate.

¿Qué hacer? La cumbre de finales de mes es un buen momento para hallar respuestas, ya sea para bien o para mal. La crisis que el 'Aquarius' acaba de devolver a primer plano del foco mediático es de una enorme complejidad. Decir que la Unión Europea está dividida en materia migratoria es ser muy generoso e incluso optimista. La fractura es total y nadie apostaría un céntimo en favor de un acuerdo sobre asilo basado en algo tan básico como la solidaridad entre sus Estados, en ese 'todos para uno y uno para todos' del que algunos, sobre todo los del Este, sólo se acuerdan cuando hay que recibir fondos estructurales.

El eje Viena-Roma-Berlín

La situación es tan delicada y enrevesada que la Comisión ha decidido centrar todos sus esfuerzos en salvar Schengen, la libre circulación de personas dentro del club. Sin controles permanentes ni fronteras. Es uno de los mayores logros logrados por la UE y el sanedrín del club se ha conjurado para preservar una de las cuatro libertades consagradas en su ADN (las otras tres son servicios, mercancías y capitales). Las polémicas cuotas obligatorias para acoger refugiados que tantas heridas dejaron en la UE ya son cosa del pasado.

El pasado día 6, el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, lo dejó meridianamente claro: «Para mí, la protección de las fronteras exteriores se ha convertido en la prioridad sobre el resto de cuestiones. Es necesario evitar enfoques dogmáticos y buscar soluciones con las que todo el mundo pueda convivir», recalcó. Lo hizo al lazo del jovencísimo primer ministro austriaco, Sebastian Kurz, el nuevo azote centroeuropeo de la inmigración ilegal. Kurz visitó Bruselas porque Austria ostentará la presidencia de turno del Consejo en el segundo semestre del año.

Rentabilidad electoral

Y Kurz, ojo, no es un verso suelto. La Italia del eurófobo viceprimer ministro y ministro del Interior, Matteo Salvini, ha colocado a Europa ante su espejo. Salvini, cada vez más jaleado por los electores y disparado en las encuestas, ha dicho basta a años de acogida de extranjeros procedentes de África y a la escasa solidaridad del resto de capitales. Pero no sólo es Italia. También Alemania, la tercera pata de ese «eje» antiinmigración dibujado por Kurz.

El líder de la CSU y ministro de Interior, Horst Seehofer, ya ha advertido a la gran canciller, Angela Merkel, de que o hay un cambio en la gestión de los demandantes de asilo o la coalición de Gobierno puede saltar por los aires.

El discurso de mano dura contra la inmigración ilegal está haciendo que los partidos de derecha y extrema derecha suban como la espuma a lo largo y ancho de la UE. Entonces, si esto es lo que realmente quieren los europeos, ¿qué puede hacer Bruselas? Se trata de buscar equilibrios imposibles entre humanidad, solidaridad y seguridad.

Una de las soluciones que ha salido recientemente a la luz, y que apadrina Dinamarca, Austria u Holanda, es la creación de campos de refugiados fuera de las fronteras de la UE para acabar con el efecto llamada y evitar que los traficantes de seres humanos les inviten a lanzarse al mar quizá en busca de la muerte. En realidad, es lo que ahora está haciendo la UE con Turquía.

«No podemos continuar con el ping pong político. Esto no es responsabilidad de Italia, Malta o España. Es un problema europeo que necesita respuestas europeas. Desafortunadamente, la retórica y las posiciones adoptadas por algunas fuerzas políticas y gobiernos son muy preocupantes. La crisis migratoria y de refugiados ha puesto en peligro el proyecto europeo», advirtió esta semana el eurocomisario de Interior y Migración, Dimitris Avramopoulos.

 

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