«¿Terroristas suicidas? ¡Pero si jugábamos al críquet de niños!»

Un soldado del Ejército de Sri Lanka hace guardia en las inmediaciones del santuario de San Antonio, uno de los atacados en Colombo. :: AFP/
Un soldado del Ejército de Sri Lanka hace guardia en las inmediaciones del santuario de San Antonio, uno de los atacados en Colombo. :: AFP

Asombro entre los vecinos de los Ibrahim de Sri Lanka que, como Bin Laden, cambiaron su lujosa vida por el yihadismo

PABLO M. DÍEZ COLOMBO.

Kaláshnikov en ristre, la policía vigila una mansión blanca rodeada por una cinta policial en medio de la calle. Junto a su puerta, entreabierta, sigue aparcado un BMW blanco con manchas de ceniza. A su lado, la puerta metálica de la cochera está algo abombada. En los balcones faltan algunos portones y hay varios cristales rotos. Pero, salvo estos pequeños detalles, nada indica el violento drama que se vivió aquí el domingo.

En Dematagoda, un barrio de chalecitos de Colombo donde conviven budistas, hinduistas, musulmanes y cristianos, esta es la casa de la poderosa familia Ibrahim, enriquecida por el comercio de especias al que se dedica su patriarca, Mohamed Yusuf. A pesar de su fortuna y contactos con el Gobierno y la oposición, de esta mansión salieron varios de los terroristas suicidas que causaron la masacre del Domingo de Resurrección en nombre del Estado Islámico.

Como Bin Laden, que cambió su lujosa vida por el yihadismo, al menos tres de ellos eran hijos de Mohamed Yusuf, que ha sido detenido para ser interrogado. Mientras Imsath Ahmed Ibrahim, de 33 años, se inmolaba en el Cinnamon Grand, su hermano Ilham Ahmed, de 31, atentaba contra el Shangri-La. Cargados con dos mochilas iguales llenas de explosivos, tuercas y tornillos, las detonaron a la misma hora en los restaurantes donde se servía el desayuno, asesinando a buena parte de la treintena de extranjeros que han perecido en el ataque. También fue atacado el hotel Kingsbury, donde un tercer miembro del grupo detonó otra mochila bomba. A ellos se sumaban los otros terroristas que se habían inmolado minutos antes en dos iglesias de Colombo y otra de Batticaloa, al este de la isla.

LA CLAVEEl barrio de los atacantes, acomodado y tranquilo, reunía a personas de distintas religiones

Igual de salvaje fue lo que hizo la esposa de Imsath, Fátima, cuando la policía se presentó en la casa por la tarde. Embarazada, se inmoló junto a sus tres hijos matando a tres agentes. «Aún no ha aparecido el cuerpo de su hijo de nueve años, pero hay un cuarto donde no hemos entrado porque estamos esperando a la Interpol», desvelaba ayer un agente que custodiaba la vivienda.

Alrededor de la cinta policial, iban y venían curiosos que hacían fotos con sus móviles y periodistas que intentaban entrevistar a los vecinos, a quienes las autoridades han dado orden de que no hablen. Aun así, algunos demostraban la hospitalidad de este país invitando a pasar a su casa para tomar un té o una limonada con la que combatir el calor.

«¿Terroristas suicidas? ¡Pero si jugábamos al críquet de niños!», exclamaba sorprendido Ramesh Pitumpe, un cineasta de 29 años que vive a unos metros de los Ibrahim. «Estábamos en casa viendo las noticias sobre los atentados cuando, a las dos y veinte de la tarde, oímos una explosión y salimos para ver qué ocurría. Había mucha gente en la calle y muchos policías, que nos dijeron que había estallado una bomba», recuerda el joven. En medio de la confusión, vio a uno de los adolescentes de la familia Ibrahim, en la que hay más de una decena de chavales, que corría alarmado hacia su casa preguntando qué había pasado.

A pocos kilómetros de la casa de los Ibrahim, en un polígono industrial que se mezcla con campos de cultivo, sus naves industriales están cerradas a cal y canto. Junto a la empresa de especias del patriarca, su hijo Imsath construyó hace tres años una fundición de cobre, Colossus. Con más de cincuenta trabajadores, algunos venidos desde el también musulmán Bangladés, de dicha fundición pudieron salir los tornillos y tuercas que llevaban los explosivos de los terroristas suicidas. Tanto el director de la planta como ocho de sus empleados han sido detenidos.

Convivencia en peligro

Aunque los Ibrahim saludaban cortésmente a sus vecinos, se mostraban reservados pese a llevar viviendo en el barrio más de tres décadas. «Coincidía con el padre en la mezquita en la primera oración de la mañana y a veces charlábamos, pero no le conocía demasiado», contaba Mohamed Sabri, un taxista de 50 años que vive en esta zona, llamada Mahavila Garden. Apartada del bullicioso centro de Colombo, sus estrechas calles arboladas y desiertas daban a sus vecinos una tranquilidad y seguridad que han saltado en mil pedazos.

«Aquí la relación con los vecinos de otras religiones era buena, pero eso ha cambiado ya y tememos una brecha aún mayor», se queja Mukshid Muhtav, otro musulmán de la misma calle de 28 años. Su familia, avergonzada por este «crimen atroz», tiene miedo a salir por posibles venganzas y no se atreve a dar el pésame a sus vecinos cristianos porque piensan que no será aceptado. «El islam es paz y no ampara matar a nadie ni suicidarse. Eso lo pensamos el 99% de los musulmanes, pero el 1% de radicales malinterpretan el Corán», se defiende el joven. Muhtav no entiende que «alguien bien educado y con capacidad para ver al mundo, como los Ibrahim, haya cometido estos atentados». Para él, la única explicación es que «les han lavado el cerebro». ¿Pero quién?

Más