El presidente que quería Estambul

Partidarios del candidato republicano del Partido Popular, durante su campaña en Estambul. /  EFE
Partidarios del candidato republicano del Partido Popular, durante su campaña en Estambul. / EFE

Erdogan no puede renunciar al escaparate político que acoge a la quinta parte de la población turca

GERARDO ELORRIAGA

Estambul bien vale cierto descrédito político. Sus ciudadanos vuelven hoy a las urnas después de que el Comité Electoral anulara la pírrica victoria local del Partido Republicano del Pueblo (CHP) sobre el gobernante Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) el pasado 31 de marzo.

El régimen autoritario de Recep Tayyip Erdogan acusó a la oposición, sometida a un placaje indisimulable, de haber amañado los resultados y cometido fraude. El presidente puso sobre la mesa un planteamiento de escasa lógica en un último esfuerzo por retener el control de la antigua Constantinopla. Los islamistas podían perder Ankara, tras un cuarto de siglo en sus manos, o Izmir, bastión de sus rivales, pero no la ciudad que se expande entre dos continentes. La megaurbe, con quince millones de habitantes, aporta el mejor escenario para la ambición del dirigente, es un escaparate para su megalomanía, un valor íntimamente ligado a su irresistible ascensión como líder omnímodo.

El hálito religioso de Erdogan, que ha empujado una carrera sin obstáculos hasta la fecha, alcanzó su primer eco en las calles de Estambul, donde creció y se formó. Como alcalde, entre 1994 y 1998, se hacía llamar el imán de la ciudad y, tras su mandato, fue sancionado por el Tribunal Constitucional cuando, en un arrebato de fervor, recitó un poema que aseguraba que las mezquitas serían los cuarteles, las cúpulas, los cascos, sus minaretes, las bayonetas, y los creyentes, la infantería, que aplastaría al enemigo. Eran otros tiempos. Turquía permanecía bajo la tutela militar y el marchamo de país laico era preservado a toda costa, lejos de la situación actual.

El hombre piadoso comenzó su proyección popular con gestos de oratoria y arquitectura municipal. El hoy mandatario inició esa transformación del paisaje urbano, con iniciativas como la construcción de la mezquita de Camlica, capaz de acoger a 63.000 fieles y la más grande del país, o erigiendo otra en la plaza de Taksim, emblema del país aconfesional que urdió Kemal Ataturk, padre de la patria. El presidente quiere dar una nueva lectura de los poderes del Estado desde el simbolismo urbano.

Estambul supone el entorno privilegiado para la retórica de Erdogan, basada en la fe, pero también en los grandes proyectos públicos. El presidente quiere rentabilizar el eco de dos magnas obras públicas. El nuevo aeropuerto, con la ambición de ser el mayor del mundo, se antoja una construcción faraónica a la que se achacan costes laborales y humanos similares a los monumentos del Antiguo Egipto, y complicado futuro por su ubicación en una zona con microclima tendente a las tormentas.

La apertura de un nuevo canal en el estrecho del Bósforo, otra iniciativa hercúlea anunciada a bombo y platillo, supondría un desastre medioambiental de enormes proporciones. Erdogan propone lo que los sultanes no pudieron realizar y enmendar así, una vez más, la historia.

La antigua capital otomana, la mayor ciudad europea, una de la áreas metropolitanas más importantes del planeta, es el mejor marco posible para su magna ambición, pero sus dimensiones y multiculturalismo no resultan fácilmente asimilables para su monolítica ideología. Sus calles acogen a una quinta parte de la población turca y tan sólo el 28% de sus vecinos son nativos.

Estambul posee una población urbana y occidentalizada, y otra procedente del interior, mucho más conservadora, con un arraigado concepto religioso, o más de dos millones de kurdos, refractarios al ímpetu homogeneizador del régimen. Pero las diferencias no se dirimen de oeste a este. El barrio occidental de Fatih concentra a emigrantes de escasos recursos y buena parte de los 600.000 refugiados sirios que viven en la zona, mientras que, por ejemplo, el oriental de Kadikoy, comercial y cosmopolita, es conocido como 'Hipstambul'.

El mayor obstáculo para que Erdogan recupere su antiguo feudo es el hijo del imán, traducción del apellido de Ekrem Imanoglu, opositor y alcalde frustrado. Frente a la estrategia belicista y conspiratoria del mandatario, aporta conciliación y optimismo. 'Todo saldrá bien' se titula la canción de campaña de un rival defensor de la libertad de expresión, seductor de las clases medias, y musulmán practicante que desliga su credo de la política. Los pronósticos le favorecen, pero nadie duda de que hoy, en Turquía, la última palabra la tiene el hombre de la fe en el poder, literal y metafóricamente.