La pérdida de la inocencia

El país donde nunca pasa nada está en 'shock' por el salvaje ataque contra dos mezquitas en el que murieron 50 personas

P. M. DÍEZ CHRISTCHURCH (NUEVA ZELANDA).

Estado de 'shock' en Christchurch. Un día después de los salvajes tiroteos contra dos mezquitas, que dejaron 50 muertos y medio centenar de heridos, nadie se creía que una masacre como esta hubiera podido suceder en Nueva Zelanda, uno de los países más tranquilos y seguros del mundo. «Estamos todos conmocionados. Todavía no me creo que haya ocurrido una matanza así porque la gente aquí es muy buena y amable», explicaba a este periódico Mohamed Diab, un electricista egipcio que emigró hace doce años a Nueva Zelanda y vive en Ashburton, un suburbio a una hora de la ciudad.

A las puertas del hospital de Christchurch, custodiado por agentes de policía con fusiles automáticos, esperaba con ansiedad noticias sobre una decena de amigos. Todos ellos estaban rezando en la mezquita de Al Noor cuando Brenton Tarrant, un australiano de 28 años con un odio psicópata a los emigrantes musulmanes, entró disparando a todo lo que se movía como si fuera un videojuego, como se ve en las imágenes que consiguió retransmitir durante 17 minutos en Facebook Live.

«Sabemos que cinco de nuestros amigos han muerto porque no tenemos noticias de ellos desde ayer, pero estamos esperando a que se confirmen sus identidades. Los otros están heridos», contaba Mohamed desconsolado mientras, a su lado, pasaban otros familiares de víctimas. En su mayoría eran hombres con barba poblada que, ataviados con el típico gorro blanco musulmán o el 'shalwar kameez' originario de Pakistán, emigraron hace tiempo de países como Siria o Afganistán en busca de una vida mejor y una paz que habían encontrado en Nueva Zelanda, hasta el viernes. «Lo que me preocupa es el impacto que este atentado pueda tener en nuestros hijos. Creían que vivían en un lugar seguro y ahora tienen miedo», se lamentaba Mohamed Diab augurando lo que ya todos temen aquí: el final de la inocencia en Nueva Zelanda tras su primer gran atentado terrorista.

Muy cerca del hospital, una alfombra de flores recuerda a las víctimas frente al cordón policial desplegado ante la mezquita de Al Noor, donde hubo el mayor número de muertos. «Este es vuestro hogar y deberíais haber estado a salvo», reza un dibujo infantil que plasma el abrazo de una mujer morena a otra tocada con un pañuelo. Mensajes de condolencia de las comunidades filipina y nepalí adornan una nube de globos blancos. «Esta es una de nuestras mayores tragedias. Amamos a todos los ciudadanos de Nueva Zelanda sin importar su raza ni religión y es descorazonador que nadie se sienta ya seguro en este país», se podía leer en otro cartel alumbrado tenuemente por las velas. Bajo una llovizna que empapaba el ambiente de una tristeza todavía mayor, los vecinos de Christchurch se acercaban anoche apesadumbrados para rezar por los muertos que ha dejado esta masacre islamófoba.

«¡Es horrible, horrible! No puedo expresar con palabras lo que siento. Siempre pensé que este era el país más pacífico del mundo y nunca he tenido problemas ni me he sentido discriminado. Pero no sabemos lo que va a pasar a partir de ahora ni qué será lo siguiente», se quejaba Bashir Ahmad, un taxista afgano que emigró hace ya varios años. Compungido, recuerda que han perdido en los ataques contra las mezquitas a uno de sus patriarcas, Daoud Nabi, de 71 años. A su lado, Michael Dayton, contratista de Christchurch, tampoco daba crédito a lo ocurrido y reclamaba la necesidad de cambiar la ley de armas, como ya ha prometido el Gobierno. «No tiene sentido que una persona con licencia pueda acumular todas esas armas», criticaba refiriéndose a los fusiles de asalto con los que Brenton Tarrant perpetró su carnicería.

Pero, más allá de su locura, la tensión social por lo diferente aflora en una conversación con una amable enfermera del hospital de Christchurch. «Como en el resto de Occidente, la clase media neozelandesa tiene cada vez más problemas para salir adelante y aquí están llegando muchos inmigrantes musulmanes que se aprovechan de los subsidios sociales y a veces no trabajan», denunciaba la mujer culpando al Gobierno de la situación. «Aunque suene mal, no me fío de los musulmanes», se quejaba moderando su discurso, ya que hay leyes que castigan los comentarios racistas.

Al caer la noche, las sirenas de los controles de policía brillan en esta apacible ciudad de 400.000 habitantes, con casas de jardines abiertos e iglesias victorianas, donde nunca pasa nada. Pero, lejano en el cielo, el aleteo amortiguado de un helicóptero nos devuelve el sonido del miedo tras este atentado que, retransmitido en directo por internet, ha conmocionado a Nueva Zelanda y al mundo.