La UE espera otro mal trago

Con el clima entre las dos orillas del Atlántico en su peor momento, EE UU no encuentra hueco para una reunión esta semana con Tusk y Juncker

ADOLFO LORENTE CORRESPONSAL BRUSELAS.

Vuelve Donald Trump a Bruselas, a una Europa que lejos de recibirle con los brazos abiertos, se ha limitado a pertrecharse para aguantar el chaparrón, a cruzar los dedos y encomendarse a todos los padres fundadores para que el huracán Trump pase cuánto antes sin provocar excesivos daños. Las relaciones trasatlánticas han quedado reducidas a la desconfianza, a la nada, a interpretar la visita de todo un presidente de Estados Unidos como un mal trago. Porque lo será. Mejor o peor, pero lo será.

Trump vuelve al Viejo Continente para participar en la cumbre bianual de jefes de Estado y de gobierno de la OTAN que se celebrará el miércoles y el jueves. Una cita especial porque el encuentro tendrá lugar en las nuevas dependencias de la Alianza Atlántica, unas flamantes instalaciones recién inauguradas y que el inquilino de la Casa Blanca ya pudo conocer en su primera y única visita a la capital comunitaria celebrada el 25 de mayo de 2017. Qué día...

Todos los recuerdan como si fuese ayer y no precisamente para bien. Donald Trump emuló al mejor Trump recordando que eso de la diplomacia tradicional es cosa del pasado. Llegó, vio y repartió a diestra y siniestra. Y no solo en lo metafórico, porque el empujón que propinó al primer ministro de Montenegro, Dusko Markovic, para ponerse el primero en la foto de familia fue de lo más real. Dibujó una sonrisa forzada, sacó pecho, se arregló la chaqueta y se puso a hablar tan tranquilo con la presidenta lituana, Dalia Grybauskaite, en una secuencia que rápidamente se hizo viral y que provocó una oleada de reproches por su comportamiento de «matón». Él, encantado.

El rapapolvo público fue épico. «Todos debemos contribuir con su cuota justa y cumplir sus obligaciones financieras. Pero 23 de 28 miembros de la OTAN aún no están pagando lo que deberían por su defensa. Esto no es justo y deben cantidades masivas de años anteriores a los contribuyentes americanos», disparó. La cara de algunos líderes era un poema.

La noticia no fueron unas críticas que todos esperaban. La clave fue el momento. Lo lógico hubiera sido que lo dijese en la sesión de trabajo, de tú a tú, a puerta cerrada. Pero no. Lo dijo en público y, además, en un momento de enorme solemnidad: la inauguración del memorial en recuerdo del 11-S que preside los accesos a la nueva sede. Era el momento de las grandes palabras, de los mensajes de unidad, de recordar a las víctimas del reciente atentado de Mánchester... Nadie esperaba que aprovechase la ocasión para leer la cartilla a sus aliados poniendo incluso cifras encima de la mesa mientras miraba a Angela Merkel: «Aquí faltan 119.000 millones de dólares (101.000 millones de euros) cada año».

Con estos antecedentes, es normal que el pesimismo se haya adueñado del bando europeo. «Más que expectantes, estamos resignados preguntándonos que 'show' nos va a montar esta vez», lamentan fuentes diplomáticas. Lo único positivo es que nadie espera nada bueno de la visita de Trump, así que si al final suena la flauta y todo discurre por cauces medio normales, la sensación de alivio e incluso de victoria será mucho mayor. La relación entre la Unión Europea y Estados Unidos atraviesa uno de sus peores momentos con una incierta guerra comercial en ciernes que ha desatado la ira de Trump a través de Twitter. De hecho, sorprende cómo estando en Bruselas, su equipo no ha sido capaz de encontrar ni media hora en su agenda para mantener una reunión con los líderes de la UE, el propio Tusk y Jean-Claude Juncker.

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