California reparte culpas mientras suben los muertos por los incendios

Vista aérea de un vecindario destruido por el fuego en la localidad de Paradise, en California. /AFP
Vista aérea de un vecindario destruido por el fuego en la localidad de Paradise, en California. / AFP

La mayoría de las 63 víctimas no pudo escapar de las llamas porque las autoridades tardaron en lanzar los avisos de alarma

MERCEDES GALLEGO

Desde la distancia de los albergues en los que empiezan a propagarse las enfermedades, cientos de personas contaban ayer a los periodistas que arden en deseos de volver a Paradise para reconstruir la ciudad que aman. Lo que estos no se atreven a decirles es que no queda nada que reconstruir. Su paraíso ha desaparecido de la faz de la Tierra y tendrían que empezar de cero, sobre las cenizas de más de medio centenar de habitantes.

Linterna en mano, escarbando entre coches calcinados o casas reducidas a polvo, 461 personas y 22 perros buscaban ayer a los desaparecidos de una lista que no deja de crecer, por mucho que se aclare el paradero de los que salieron corriendo sin tiempo ni para llevarse el móvil. Van ya 63 muertos y más de 631 desaparecidos, con el incendio de Camp Fire controlado al 40% gracias al cambio de los vientos, y aún con dos semanas por delante ante a la expectativa de apurar las últimas llamas para el 30 de noviembre.

Frente al creciente desaliento de quienes empiezan a descubrir que no tienen adonde volver, el amargo juego de culpas. ¿Por qué no les avisaron antes de que su ciudad estaba siendo engullida por las llamas? El incendio de Camp Fire, el mayor de los nueve que arrasan California estos días, comenzó el jueves de la semana pasada a las 6:30 horas en una carretera llamada Camp Creek. A las 8:00 había cubierto los 40 kilómetros que lo separaban de Paradise, pero, en lugar de emitir una orden general de evacuación, las autoridades decidieron alertar sólo a los barrios del este de la ciudad cercanos a las llamas. Su temor era que la huida masiva colapsase las salidas, pero pronto quedó claro que la velocidad de las llamas no permitía la evacuación ordenada que hubieran deseado. Una hora y cuarto después emitieron una orden general que, para muchos, llegó tarde. Otros ni la recibieron.

Llamadas tardías

Las autoridades aseguran que enviaron a través de un sistema automatizado más de 20.000 llamadas o mensajes de texto en una ciudad de 27.000 habitantes, pero admiten que eso lleva su tiempo porque el sistema no puede enviarlas todas a la vez. El único mensaje que algunos recibieron fue el del vecino avisándoles de que «tu casa está ardiendo».

Jim Broshears, director del Centro de Operaciones de Emergencias de Paradise, se defendió recordando que el sistema de Código Rojo sólo contiene los números que los habitantes entregan voluntariamente. «Somos muy afortunados de tener en nuestra base de datos el 25% o 30% de los números», aclaró.

El caos que temían embotelló las carreteras de salida. Todos los fallecidos han sido encontrados incinerados en sus coches o casas. Muchos dormían a esa hora, ajenos al revuelo que se formaba en la calle. Otros eran ancianos o enfermos con dificultad para moverse, como John Digby, que oyó un golpe en la puerta mientras hablaba por teléfono con su hijo desde la cama, pero no se sintió capaz de responder. Más tarde Roman Digby entendió que esa fue su oportunidad de salvarse.

 

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