El adiós de Kennedy une a los republicanos

El partido de Trump se moviliza para sustituir al juez del Supremo que se jubila por un derechista sólido antes de las elecciones de noviembre

CAROLINE CONEJERO NUEVA YORK.

El retiro a sus 81 años de Anthony Kennedy del Tribunal Supremo de EE UU, en pleno ciclo electoral, llegó como un regalo político de Navidad para los republicanos. «Nada une más en las filas conservadoras que la elección de un nuevo juez para el Supremo», resumió el senador John Cornyn, el segundo del partido de Donald Trump en el liderazgo del Senado.

La selección de un magistrado para llenar la vacante que deja Kennedy inyecta aún más presión política en las ya altamente polarizadas elecciones de noviembre. Ambos partidos esperan electrizar a sus votantes con la promesa de una dura batalla en la elección del nuevo juez, un proceso con consecuencias trascendentales para el país.

En la filas demócratas, la jubilación de Kennedy suena más bien a terremoto político dado el mandato de por vida que los jueces de la Corte Suprema tienen en EE UU, lo que agiganta el papel del alto tribunal a la hora de moldear el sesgo de la justicia nacional y sus efectos en la vida diaria de los norteamericanos. Para el partido de Obama o los Clinton, la democracia misma está en juego, como señaló Nancy Pelosi, líder de la minoría en la Cámara de Representantes. Y, en verdad, en la renovación de la vacante se dirime el futuro del sistema de salud pública, los derechos reproductivos de las mujeres, la protección sindical, el matrimonio gay, los derechos de voto y la financiación electoral, así como incontables libertades.

Cimentar el legado

A los republicanos se les abre la oportunidad de condicionar las decisiones del alto tribunal con un signo político conservador sólido durante las próximas décadas, lo que estimulará a los votantes más radicales en noviembre, especialmente en distritos donde el partido podría perder la frágil mayoría que tiene en el Senado. Mitch McConnell, jefe de este grupo, quiere que la confirmación del nuevo miembro del Supremo tenga lugar antes de la cita electoral, en la que los republicanos temen perder su minúscula ventaja de 51-49 en la Cámara Alta.

Los demócratas, furiosos por las prisas republicanas, recordaron a McConnell su rechazo a confirmar en 2016 al candidato de Obama al Supremo, Merrick Garland, para reemplazar al fallecido y ultraconservador Antonin Scalia. Los republicanos bloquearon una nueva nominación demócrata hasta la elección del siguiente presidente.

El líder de la minoría demócrata del Senado, Chuck Schumer, recriminó la hipocresía de sus adversarios políticos y pidió que se respete el mismo estándar de 2016 para dar la oportunidad a los electores de influir con su voto en el futuro sesgo ideológico del Supremo. Los conservadores, sin embargo, aducen que el criterio se aplica sólo a las elecciones presidenciales, y que Obama sentó en la Corte a la jueza Elena Kagan precisamente durante el ciclo electoral del Congreso.

Durante tres décadas, el voto oscilante de Kennedy determinó los fallos del Supremo en temas cruciales como la financiación de campañas electorales o el matrimonio gay. Para los republicanos, ahora, es imperativo elegir a un juez con un sólido pedigrí conservador que inclinaría definitivamente hacia la derecha las decisiones del más alto tribunal del país durante toda una generación y, con ello, cimentaría el legado de Trump más allá de su presidencia. Y también el de McConnell y los republicanos.

Las sentencias del Supremo en los últimos meses, especialmente las de la última semana, han abierto la puerta a las iniciativas republicanas de supresión del voto a electores que no hayan acudido a las últimas convocatorias. También al derecho de los Estados a diseñar el mapa de los distritos electorales a su conveniencia aunque discrimine a las minorías.

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