La cumbre de Irán, Rusia y Turquía acaba sin acuerdos sobre el fin de la guerra en Siria

Putin y Erdogan, seguidos por Rohani, se dirigen a la sala de prensa tras concluir su reunión de ayer en Teherán. :: Kirill KUDRYAVTSEV/ afp/
Putin y Erdogan, seguidos por Rohani, se dirigen a la sala de prensa tras concluir su reunión de ayer en Teherán. :: Kirill KUDRYAVTSEV/ afp

Erdogan aboga por un alto el fuego mientras Putin y Rohani insisten en la necesidad de atacar a los terroristas de Idlib, el último bastión rebelde

MIKEL AYESTARAN JERUSALÉN.

Hace tiempo que la guerra en Siria se decide en despachos alejados de Damasco y por eso el futuro de Idlib se discutió en Teherán. En la capital de la república islámica los presidentes de Turquía, Rusia e Irán mostraron la diferencia de criterios sobre la última provincia que queda fuera del control del Gobierno de Bashar el-Asad y acordaron «medidas concretas para una estabilización gradual» en la zona, en palabras de Vladímir Putin, sin especificar detalles. Los mandatarios adelantaron que volverán a reunirse en Moscú, sin una fecha aún fijada, y aseguraron que no permitirán «agendas separatistas», una referencia directa al proyecto que plantean los kurdos de Siria, que combaten bajo la protección de Estados Unidos y representan la mayor amenaza para las autoridades de Ankara.

La cumbre de Teherán no fue capaz de culminar en la tregua solicitada por Recep Tayyip Erdogan, quien defendió que «se necesita un alto el fuego en vez de bombardeos porque hay civiles que tienen miedo y no queremos una nueva ola de refugiados». Unos 2,9 millones de civiles viven en Idlib, según naciones Unidas, que alertó de un desplazamiento forzado de 800.000 personas en caso de que estallen los combates. Los turcos, que durante los primeros años de la guerra contra el régimen de Damasco abrieron su frontera al paso de yihadistas de todo el mundo, acogen a 3,5 millones de personas y temen una otra masiva llegada de sirios en caso de una ofensiva del Ejército de El-Asad y sus fuerzas aliadas.

El anfitrión de la cumbre, el presidente de la república islámica, Hasán Rohani, señaló, por su parte, que la ofensiva militar en Idlib es «parte inevitable de la misión para restaurar la paz y estabilidad en Siria» y erradicar «el terrorismo». Rusos e iraníes, principales aliados diplomáticos y militares de El-Asad, exigen que los grupos armados de la oposición entreguen las armas y en Idlib el más importante es el brazo sirio de Al-Qaida.

Al referirse a «estabilización gradual» parece que Putin hacía alusión a la posibilidad de alcanzar acuerdos con algunos de los grupos activos, con la excepción de «las entidades asociadas con Al-Qaida o Estado Islámico», según recogió el comunicado final.

Erdogan, que en este proceso es la cara de una oposición a la que apoya desde 2011 con el objetivo de derrocar a El-Asad, quiso suavizar la determinación rusa e iraní de poner en marcha la ofensiva de forma inminente y desveló que está dispuesto a ofrecer ayuda para controlar «áreas sensibles» y trabajar para intentar alejar a «grupos terroristas» de las inmediaciones de la base rusa de Hmeymim, donde se han producido varios ataques con aviones no tripulados.

A falta de medidas específicas, el texto acordado ayer recogió declaraciones de buenas intenciones como el deseo continuar con los esfuerzos «destinados a proteger a los civiles y mejorar la situación humanitaria», y de favorecer «la creación de condiciones para el retorno seguro y voluntario de refugiados y desplazados internos», para lo que decidieron organizar una conferencia mundial.

El futuro de Siria está a miles de kilómetros y los ciudadanos son las fichas en un tablero en el que se juega una partida internacional donde cada potencia defiende sus propios intereses.

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