«Hemos convertido los templos en hospitales»

El cardenal Leopoldo Brenes y el obispo Silvio Báez, ante la basílica de San Sebastián donde fueron sitiados médicos y misioneros. :: efe/
El cardenal Leopoldo Brenes y el obispo Silvio Báez, ante la basílica de San Sebastián donde fueron sitiados médicos y misioneros. :: efe

La Iglesia nicaragüense revive los sueños y fantasmas de los 80 al ponerse en primera línea de la insurrección contra el orteguismo

MERCEDES GALLEGO ENVIADA ESPECIAL MANAGUA.

Los demonios andan sueltos. El primer aviso llegó en moto, como un mensajero del infierno. El desconocido se coló en plena catedral de Managua directamente hasta el altar donde el padre Luis Herrera oficiaba misa y apretó desafiante el acelerador: «¿Quién es el que quiere la paz?», le gritó.

En ese momento los fantasmas de monseñor Romero, asesinado en El Salvador en 1980, sacudieron los espíritus petrificados del sacerdote y sus feligreses. «Me quedé paralizada, creí que sacaría un arma», dijo a la prensa Jeannette Morales, que lo vio desde un banco. Era 29 de abril, demasiado pronto como para entender que debajo del casco azul de ese motorista anónimo se escondía toda la fuerza represora de un régimen decidido a gobernar hasta la eternidad, sin venia alguna.

La víspera, miles de campesinos habían llegado a Managua siguiendo el llamamiento de la Iglesia para orar por los 63 muertos que se había cobrado la represión en apenas diez días. En la catedral se habían refugiado esa semana los estudiantes tiroteados y el pueblo llevaba comida hasta sus naves para los que seguían atrincherados en la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), al otro lado del paseo Rubén Darío donde les tiroteaban los paramilitares aparecidos de la noche a la mañana.

Incrédulo, el padre Herrera temió que el motorista pudiera estar drogado o embriagado. Era mucho peor. Estaba poseído por los demonios de un sandinismo desconocido para la izquierda del mundo, como las turbas que el lunes intentaron linchar al cardenal Leopoldo Brenes, a monseñor Silvio Báez, al enviado del Papa Waldemar Stanilaw y hasta diez sacerdotes que les acompañaban en su intento de rescatar a las doce personas asediadas en la basílica de San Sebastián en Diriamba, donde habían instalado un puesto para cuidar a los heridos. Al grito de «¡Asesinos! ¡Golpistas! ¿Dónde están las armas?» les arrancaron los símbolos religiosos mientras les golpeaban en el estómago, la cabeza y hasta les intentaban acuchillar con arma blanca. Monseñor Báez la vio venir y puso el brazo, donde le aún le sana el corte, como al padre Edwin Román, que exhibe varios en los brazos y en el cuello.

Masacre de 1989

Las turbas se abalanzaron dentro de la basílica en cuanto se entreabrieron las puertas y acabaron quemando santos y bancos. «Si esto nos hacen a nosotros qué no le harán al pueblo», se estremeció el párroco de Masaya.

De no haber sido por la llamada del nuncio al Gobierno apelando a su estatus diplomático como embajador del Vaticano, Diriamba hubiera dejado pequeña la masacre de los jesuitas españoles de El Salvador en 1989. El precio de ponerse al lado del pueblo durante las guerras centroamericanas fue alto. Entre 1976 y 1989 hasta 33 sacerdotes, monjas y seminaristas fueron asesinados por militares y escuadrones de la muerte, como los que el mes pasado mataron en León de un disparo certero al monaguillo de 15 años, «un niño muy querido por todos los sacerdotes», le recordaba ayer el cardenal Brenes. «Estamos reviviendo una película de los años 80 que hacía mucho tiempo que no veíamos».

Carlos Mejía Godoy, símbolo del romanticismo sandinista que inspiró entonces a los revolucionarios de todo el mundo con su 'Nicaragua, Nicaragüita', ha escrito ya una docena de canciones en estos tres meses de insurrección, una de ellas dedicada al monaguillo por el que «lloran las campanas de la catedral, talán, talán». Es, ha dicho el cantautor, una ofrenda para «el valiente clero de León que, inspirados por Cristo, están firmes al lado del pueblo».

No es sólo el de León, donde el cardenal Brenes fue párroco. «Desde el principio cuando vimos la situación di la orientación de que si hay dificultad y alguien pide donde acogerse abrieran las puertas de los templos y tratásemos de cuidarlos», explica. «Nunca hemos preguntado a qué partido pertenecían. Hemos convertido nuestros templos en hospitales, hemos ido lo mismo a las cárceles a interceder por los detenidos que a las barricadas a sacar a policías y paramilitares que habían sido capturados».

Le parece normal, porque ésta es la misión del catolicismo y porque «la Iglesia en Nicaragua es una iglesia muy sencilla», explica. «Nosotros, los obispos, somos personas. No hay oficinas, sino que, como el Papa siempre ha dicho, tenemos olor a oveja. Vivimos en las parroquias, no tenemos secretarias, nos sentamos a platicar con la gente constantemente. Y es mucho más doloroso cuando uno conoce a la gente».

Olor a oveja hasta el 19 de abril. Ahora, «en Nicaragua tenemos que tener olor a sangre», apura el padre José Idiáquez. Al rector de la Universidad Centroamericana (UCA) le horrorizó desde el primer día la violencia y el salvajismo con el que las juventudes sandinistas escoltadas por la Policía les tiraron piedras y destruyeron el portón recién inaugurado.

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