Una cartilla de racionamiento para comprar voluntades

El régimen entrega a familias vulnerables una caja con productos básicos, pero apenas les alcanza para sobrevivir diez días

J. G. ARAMBURU

Trapichito es el paradigma de los barrios obreros y populosos de Valencia, la segunda ciudad del país, y por extensión de toda Venezuela. Casas construidas en tiempos de Salas Romer hace veinticinco años pero cuyo mérito ha capitalizado el chavismo. El panorama es desolador: calles clausuradas al tráfico con bidones y cuajadas de baches que parecen socavones; muros que son homenajes a la revolución bolivariana rematados por concertinas y alambre de espino; comercios y bodegas -como llaman aquí a las tiendas de alimentación- con la persiana bajada, milicianos apostados en una esquina que engordan, poco, haciendo de informantes.

Hasta la casa de Delmo llegan los ecos del canal Venezolana de Televisión, VTV, y del jefe de la Asamblea Nacional Constituyente, Diosdado Cabello, arengando a los cadetes de la Academia Militar Bolivariana de Maracay. Hace un sol de justicia y los rayos arrancan destellos de las botellas con que han sembrado los cables de la luz, después de que los ladrones de cobre, al servicio de mafias locales, dejaran a oscuras al barrio. Delmo tiene 88 años y vive con su hijo, que se levanta «unos bolívares reparando ordenadores y celulares, formateándolos; de vez en cuando, diseñando páginas web por encargo». Si le pagan en efectivo, hace precio especial. Sobreviven con lo poco que rasca y la pensión del padre, que trabajó de coleador -vaquero- y en mataderos y al que ahora le quedan los 18.000 bolívares (4,81 euros) del salario mínimo.

Un enviado del Gobierno les hizo una encuesta para determinar su nivel de ingresos y decidió incluirles en el CLAP, una caja que las familias en situación más vulnerable reciben desde hace más de diez años. Productos subsidiados, todos importados, que se han convertido en la tabla de salvación para, según el presidente Maduro, nueve millones de familias.

Un invento cubano

Una idea heredada que en Cuba aún llaman la canastilla y que en la España de la posguerra se conocía como cartilla de racionamiento. «Tres kilos de arroz blanco, uno de alubia pinta, otro de lentejas, 2,5 kilos de espagueti, dos kilos de harina mexicana -con la que muchos no saben ni qué hacer-, dos litros de aceite de girasol, un kilo de leche en polvo, un sobre de salsa de tomate y otro de mayonesa». Este mes, la fortuna les ha sonreído además con tres latas de atún. Menuda fiesta.

El CLAP se confecciona en Colombia y luego se vende con sobreprecio al Gobierno de Venezuela. No hay carne, queso, pescado ni verdura, pero es moneda habitual para comprar voluntades. Don Delmo come dos veces al día un plato de pasta, arepas y alubias. «Si se administran bien, el envío nos dura diez días, luego toca buscarse la vida». Las familias pagan una cantidad según su contenido, en el caso de esta familia 500 bolívares (trece céntimos de euro) por los alimentos y 200 (cinco céntimos) por el transporte, con todo precios muy alejados de un pedido que en el mercado -donde no falta quien especula con estos envíos- puede alcanzar fácil los 26.000 bolívares (unos 7 euros). El hijo de Delmo pesaba 120 kilos hace dos años y se ha quedado en la mitad. «No es que la gente no coma, lo que pasa es que no se nutre», dice en referencia a una dieta triste sin margen para la sorpresa. «Hemos llegado al extremo de tener ropa para gordos y no poderla ni regalar».