Manual para entender las elecciones en Argentina

Un vecino de Buenos Aires pasa frente a un cartel electoral/sur
Un vecino de Buenos Aires pasa frente a un cartel electoral / sur

Las primarias del 11 de agosto y las presidenciales del 27 de octubre vuelven a confrontar dos modelos de país

Héctor Barbotta
HÉCTOR BARBOTTAMarbella

Se suele mencionar el odio de clase como el sentimiento de rechazo, no siempre presente, de los oprimidos hacia quienes consideran responsables de esa opresión. Esclavos frente a amos, campesinos frente a terratenientes, obreros frente a capitalistas, colonizados frente a colonizadores. Argentina es un país peculiar y por eso el odio de clase, que ha estado presente durante sus dos siglos de historia, desde su nacimiento como nación independiente, recorre el sentido inverso. En Argentina son los ricos los que odian a los pobres. Desde mediados del siglo pasado, a ese sentimiento irracional e inexplicable, en el que se mimetiza buena parte de la clase media con aspiraciones de ascenso social, se lo conoce con el nombre de antiperonismo.

Podría haber quien creyera que el antiperonismo surgió como respuesta de las clases altas a la irrupción plebeya en la política que supuso la llegada de Perón al poder en 1946, pero no es así. El odio a los pobres empezó mucho antes. Perón y el peronismo no son más que una excusa.

¿Por qué no hay negros en Argentina?

Hay una pregunta sobre la Argentina que raramente se formula no porque no tenga interés, sino porque las posibles respuestas llevan a escenarios inquietantes. ¿Por qué en el país no se ve población afrodescendiente? ¿Por qué no hay negros en la Argentina?

Lo que hoy es territorio argentino formó parte desde 1542 del Virreinato del Perú, y desde 1776 hasta que comenzó el proceso de independencia, en 1810, del Virreinato del Río de la Plata. Como tal, durante casi tres siglos acogió la llegada, igual que el resto de las colonias de la corona española, de numerosa mano de obra esclava procedente de África. Hoy hay afrodescendientes en Perú, en Ecuador, en Uruguay, en Venezuela o en Colombia. ¿Por qué no en la Argentina?

La historia oficial, la que se enseña en las escuelas, dice que los negros se fueron después de la caída de Juan Manuel de Rosas, el gobernador de Buenos Aires derrocado en 1852, de quien la comunidad afrodescendiente era partidaria. Y que los pocos que quedaron perecieron en la epidemia de fiebre amarilla que devastó a la capital en 1871.

Son dos verdades a medias. Lo que se oculta es que la población negra fue mayoritaria en los ejércitos patriotas que libraron la Guerra de la Independencia, su propia libertad les iba en ello, y en los campos de batalla de lo que hoy son los territorios de Argentina, Bolivia, Chile y Perú, como carne de cañón regaron con su sangre el sueño de una libertad de la que nunca disfrutaron.

En 1864, cuando los gobiernos liberales de Argentina, Uruguay y Brasil declararon la guerra al Paraguay para abortar el modelo de desarrollo autónomo y proteccionista, no subordinado a las potencias europeas, que florecía en ese país, las tropas argentinas también estuvieron integradas mayoritariamente por soldados negros. Con esa carnicería, que duró cuatro años, el gobierno del entonces presidente Bartolomé Mitre consiguió un doble objetivo: imponer por inspiración británica el libre cambio en todo el cono sur y concluir el proceso de blanqueamiento racial del país que después rematarían la fiebre amarilla, el exilio y el mestizaje. La negritud pasó a convertirse en un tabú en Argentina, pese a que muchos vocablos de origen africano, como milonga, zamba o tango, quedaron para siempre enraizados en el acervo cultural de la nación.

El genocidio no fue sólo contra los negros. Unos años antes de la guerra del Paraguay, quien sucedería a Mitre en la presidencia, Domingo Sarmiento, había aconsejado: «No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esa chusma criolla incivil, bárbara y ruda es lo único que tienen de seres humanos». Los gauchos no eran otra cosa que los descendientes de los primeros españoles que se habían mezclado con los indios.

Para entonces, el territorio controlado por el gobierno de Buenos Aires crecía a costa de los pueblos originarios. «Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado», escribía Sarmiento, a quien se inmortalizó en Argentina como el padre de la educación y uno de los arquitectos en la configuración del país.

No fue Sarmiento, sin embargo, el único prohombre que consideró que la Argentina, una vez completado el exterminio de negros, indios y mestizos, debía poblarse con sangre europea.

Al tiempo que se acorralaba a los indios y el país crecía en tamaño, empezaron a llegar por millones italianos, españoles y súbditos de los imperios ruso y otomano. Hoy en día se llama coloquialmente 'rusos' a los descendientes de los judíos llegados desde el Este de Europa y 'turcos' a los de ascendencia árabe, ya que fue con pasaportes de esos imperios con los que sus ancestros desembarcaron en el país antes de la Primera Guerra Mundial.

El plan de poblar la Argentina con colonos blancos tropezó con dos obstáculos. El primero fue que no pudieron matar ni a todos los indios ni a todos los descendientes de negros que se acabaron mezclando con personas de otros orígenes. El segundo fue que a medida que se expulsaba a los indios, las clases dominantes se fueron quedando con la tierra conquistada, sin la menor intención de compartirla con nadie, por más clara que fuera su piel. Unas pocas familias, las que se conocen hoy como portadoras de los apellidos patricios –Anchorena, Peralta Ramos, Menendez Behety, Ezcurra, Blanco Villegas, Bunge, Álzaga Unzué, Pereyra Iraola, Martínez de Hoz, Bullrich, Ayerza– se quedaron así con los mayores y más ricos latifundios del mundo. Tan ricos, que para su explotación extensiva bastaba con unos pocos gauchos. Apenas unos pocos inmigrantes pudieron establecerse como colonos en pequeños minifundios, pero la mayoría se acabaría concentrando mayoritariamente en las grandes ciudades. El país quedó así condenado a una asimetría demográfica que atenazó cualquier posibilidad de desarrollo futuro. También a una división étnica que tendría hondas consecuencias culturales: pobladores de piel clara en Buenos Aires y las grandes ciudades y de piel más oscura en el interior.

Así, pese a que la negros africanos desaparecieron del imaginario colectivo, la palabra 'negro' se seguiría usando como símbolo de desprecio de clase. En los sectores medios urbanos, supuestamente ilustrados, educados en la añoranza de Europa y en la nostalgia de un país que nunca fue, la frustración podía expresarse con un idiotismo que aún hoy se escucha cuando hay que referirse a alguien de peor condición social: 'negro de mierda'.

Hasta la llegada del peronismo, en la mitad de la década de los años cuarenta del siglo pasado, 'los negros', esa mayoría social silenciada, oculta y despreciada en los centros urbanos estaba ausente del sistema político. Bastó que migrara a las grandes ciudades como mano de obra en el proceso de industrialización impulsado por el peronismo y que en esa irrupción reclamara ejercer sus derechos políticos y económicos para que en los barrios acomodados las palabras 'negro' y 'peronista' comenzaran a pronunciarse, hasta el día de hoy, indistintamente y con igual desprecio.

Argentina, un problema de economía

No suele ser sencillo entender el origen de los males de la economía argentina, aunque si se pone atención en el bien económico más básico de todos, la comida, puede ensayarse el acercamiento a una comprensión básica.

La argentina es una economía basada en la producción agrícola. Históricamente se ha dicho que tiene capacidad suficiente para alimentar a todo el planeta. Hoy día produce alimentos para 400 millones de personas. No debería tener problemas, por ello, en alimentar a su propia población, menos de 45 millones de almas.

El modelo que las familias propietarias impusieron desde la segunda mitad del siglo XIX, cuando decidieron que la Argentina pasaría de facto a formar parte del imperio británico -una situación que se prolongaría hasta la Segunda Guerra Mundial- es el de una producción de escaso valor agregado. Es por lo tanto un modelo que da lugar a una economía débil.

El problema para la mayor parte de la población argentina, que padece esa debilidad de la economía, es que el precio de los productos agrícolas, los que configuran su consumo diario pero que también suponen la mayor parte de las exportaciones, se ajustan a los precios internacionales. Al no ser el interno un mercado fuerte esos precios se transfieren a la economía local. Quien puede vender a un precio en el mercado internacional no se resigna a hacerlo en el mercado interno a un precio menor, a no ser que exista alguna norma que lo obligue a ello.

Eso termina por definir el resto de los precios de otros bienes y servicios, de manera que toda la economía se acaba ajustando a los precios internacionales. El esquema (economía débil - precios internacionales) no es sustentable, por lo que por un lado se acaba financiando con endeudamiento externo y por el otro, se crean tensiones que determinan cuáles de esos apartados deben moderarse. Los salarios suelen perder la batalla frente a los intereses de los agroexportadores. Las continuas devaluaciones de la moneda que registra la historia económica argentina no son otra cosa que una transferencia de renta de los sectores no internacionalizados, como los salarios, a los transables, los productos agrícolas.

Así, la historia política argentina podría resumirse en una tensión permanente entre los intereses de la mayoría de la población frente a la minoría agroexportadora. El modelo que se sintetizaba en 'Argentina, granero del mundo' y que la situó a comienzos del siglo XX entre los siete con mayor PIB, una prosperidad de la que sólo disfrutaban las familias propietarias de tierras, colapsó con el crack de 1929. Desde entonces sobrevino una crisis institucional que dio lugar a seis golpes de Estado en menos de 50 años. A cada intento democrático de desarrollar el país mediante un proceso de industrialización autónomo le seguía una dictadura -cada una más represiva y sanguinaria que la precedente- que imponía el regreso al modelo anterior.

En 1983 Argentina recuperó definitivamente la democracia, pero la pugna entre los dos modelos de países continuó. Entre 1989 y 1999, bajo la presidencia de Carlos Menem -que llegó al poder como peronista pero ejerció como neoliberal- se produjo el desembarco de capitales extranjeros para la adquisición de tierras. La firma italiana Benetton y el magnate inglés Joseph Lewis encabezan hoy día la lista de los 1.250 propietarios de las 62 millones de hectáreas agrícolas más fértiles de la Argentina.

En las elecciones de 2015, los dueños de la tierra accedieron al poder de manera democrática por primera vez en la historia. Desde entonces, el precio de la comida creció un 400 por ciento y 3,4 millones de personas han pasado a sufrir inseguridad alimentaria. Cuatro años después de que Mauricio Macri (Blanco Villegas por parte de madre) jurara como presidente, el 33 por ciento de los argentinos está en situación de pobreza, porcentaje que llega al 52 si sólo se computan a los menores de 17 años.

En las próximas elecciones, los dos modelos de país se vuelven a enfrentar en las urnas. Queda por saber cuántos serán los argentinos que volverán a votar contra sí mismos sometidos por ese sentimiento irracional y racista conocido como antiperonismo.