SUR Ronda

Cuando Luis Cernuda se sentó en la Alameda del Tajo

Cernuda en uno de los balcones de la Alameda. /SUR
Cernuda en uno de los balcones de la Alameda. / SUR

El poeta de la Generación del 27 visitó el municipio el 27 de septiembre de 1934

Vanessa Melgar
VANESSA MELGAR

No son pocos, al contrario, los amantes de las letras que a lo largo de la historia han escrito sobre Ronda, al dejarse enamorar por la ciudad, sobre todo, por sus paisajes y su cultura. James Joyce, Pedro Pérez Clotet, Rafael Alberti, Jorge Luis Borges, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Gerardo Diego, Rilke... y Luis Cernuda. El poeta sevillano visitó Ronda el 27 de septiembre de 1934, según ha recordado la historiadora Aurora Melgar, al frente de la Biblioteca de la Serranía.

La investigadora ha indicado que Cernuda mantenía una relación especial con Málaga, con la ciudad y con poblaciones del resto de la provincia. «En una de sus estancias conoció a José María Hinojosa, que le mostró distintos paisajes de la provincia, entre ellos, Ronda», ha dicho Melgar, al tiempo que ha hecho referencia a la emblemática foto de Cernuda sentado en uno de los balcones de la Alameda del Tajo, que conserva su estética de entonces.

En su dietario, el poeta dejó plasmadas sus sensaciones:

«Escritos estos días pasados unas poesías. Nerviosidad. No me atrevo a tomar luminal. Y me amarga este estado. Esta tarde, un momento a solas en la habitación del hotel con el balcón abierto, sentí esa particular acuidad del aire en los primeros días otoñales; las voces, los sonidos tenían una nitidez lejana y se percibían con una nostalgia conocida mía de antaño.

Paseando por Ronda al atardecer. Los cipreses, los palacios, todo ese aire no lejano de las Cortes de Cádiz; y un cielo de color inexpresable, ni gris perla, ni plata; una sospecha de levísimo celeste que cierta fuerza blanca de la luz borraba y compensaba con su irradiación.

Comprados unos cacharros antiguos.

Por la noche, en el gran balcón del jardín, sin luna casi, todo el paisaje de montañas en sombra, parecía que me asomaba sobre el mar; el viento hacía el murmullo de las olas y la oscuridad sólo dejaba adivinar una enorme masa absorta y distante.

Nervios, nervios. Ah...«.

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