Alejandro Navarro, el malagueño que venció al desierto almeriense con un 92 % de discapacidad
Apenas cuatro meses después de completar los 101 kilómetros de Ronda, el deportista volvió a hacer historia al convertirse en la primera persona tetrapléjica en finalizar La Desértica, una de las pruebas de ultrafondo más duras de España
El sol de Almería no perdona. En mitad de un paisaje árido y polvoriento, con el viento golpeando la piel como fuego, Alejandro Navarro pedalea ... sin descanso. Durante 15 horas, este deportista malagueño con un 92 % de discapacidad avanzó por el recorrido de La Desértica, una de las pruebas de ultrafondo más duras del país, organizada por la Legión Española. Al cruzar la meta, no solo había vencido al calor y al terreno: acababa de hacer historia como la primera persona tetrapléjica en completar el desafío.
«Las sensaciones fueron buenas porque llegaba fuerte», explica. «Llevaba tres años preparándome y eso da confianza. Pero allí todo cambia: no sudo, y el calor se acumula dentro. Cada kilómetro se convierte en un reto contra tu propio cuerpo». Consciente de sus limitaciones, Navarro y su equipo idearon estrategias ingeniosas para sobrevivir al desierto: una nevera portátil llena de hielo, un pulverizador de agua y un pequeño paraguas de coche para protegerle la cabeza. «Sin eso, habría sido imposible», reconoce.
Desde el primer metro, la prueba fue una ascensión constante. Cincuenta y tres kilómetros de subida ininterrumpida, con rampas que castigan incluso a los ciclistas profesionales. «No hay entrenamiento que te prepare para eso», admite. En una de las zonas más duras, el equipo tuvo que desviarse por un tramo aún más escarpado. «El 90% de las bicis, incluso las eléctricas, tuvieron que bajarse. Mis compañeros me sujetaban por detrás y por los lados para evitar que la bicicleta volcáramos. Ellos tiraban, empujaban, y yo seguía pedaleando. Podía reventar, pero no parar».
El esfuerzo le pasó factura. Los guantes de fibra de carbono le cortaban la circulación, las manos se le dormían y los brazos le dolían tanto que necesitaba paradas constantes para recibir masajes y refrescarse. «Era peligroso, la mano se te queda blanca, sin sangre. Pero cada vez que me desmontaban, me daban un respiro, y volvía a subir. Sabía que si paraba, no arrancaba más». La recompensa llegó en la meta: quince horas después, agotado, pero victorioso.
Meses previos
Superar una prueba así requiere una preparación casi obsesiva. El malagueño entrena mañanas y tardes de cuatro horas, y en los meses previos a la competición simula jornadas completas de diez o doce horas de esfuerzo. «La gente ve el día de la carrera, pero no el trabajo que hay detrás», explica. «Soy dependiente, necesito ayuda para todo, pero mi familia y mi equipo están ahí siempre. Mi cuerpo es delicado, cualquier error puede costarme caro. Pero mi motivación es quitarle el 'dis' a la palabra discapacidad. Lo que tengo es capacidad, distinta, pero capacidad al fin y al cabo».
«Mi cuerpo es delicado, cualquier error puede costarme caro. Pero mi motivación es quitarle el 'dis' a la palabra discapacidad», declaraba Navarro
Su equipo es su otra mitad. Seis antiguos legionarios, su hermano y dos médicos del Hospital Nacional de Parapléjicos lo acompañaron durante todo el recorrido. «Son mis hermanos, mis brazos, mis piernas. Lo dejan todo: su tiempo, sus familias, sus fines de semana. Eso no tiene precio». Entre ellos también una doctora del hospital, que coordinaba desde el vehículo de apoyo. «Saber que está ahí, que conoce mi cuerpo y cómo tratarlo, me da una tranquilidad enorme», confiesa.
Cada reto el deportista tiene un propósito más allá del deporte. En esta ocasión, su esfuerzo recaudó 2.000 euros para URA Clan, un equipo de rugby inclusivo de Almería que integra jugadores con y sin discapacidad. «Yo tengo suerte, puedo vivir de mi pensión como ex policía nacional. Pero hay personas que no pueden pagar sus terapias ni su material adaptado. Hacer estas pruebas sirve para darles visibilidad y ayudarles», explica con serenidad.
En Estepona, donde reside, Navarro trabaja ya en un nuevo proyecto: un club deportivo inclusivo y gratuito para personas con discapacidad. «Queremos que nadie se quede en casa pensando que no puede. El deporte libera dopamina, endorfinas, alegría. Todos tenemos derecho a sentir eso», afirma. El Ayuntamiento le ha cedido un espacio para organizar actividades adaptadas como bochas (una versión inclusiva de la petanca) y promover jornadas de deporte accesible en la Costa del Sol.
Tres años de entrenamiento, horas infinitas de esfuerzo y un mensaje que trasciende cualquier meta: «No somos personas con discapacidad, somos personas con alma, con fuerza, con una manera diferente de enfrentar la vida». Alejandro Navarro lo resume con su sonrisa serena, la misma que llevó al desierto: «No se trata de llegar el primero, sino de demostrar que los límites solo existen hasta que alguien los cruza».
¿Tienes una suscripción? Inicia sesión