Rescate in extremis: «Si hubiéramos tardado media hora más, habría sido una tragedia»

Los guardias Guti y Toni, el capitán Bernabé y los sargentos Carmona y Javier, durante la entrevista en el cuartel de Coín./Fernando Torres
Los guardias Guti y Toni, el capitán Bernabé y los sargentos Carmona y Javier, durante la entrevista en el cuartel de Coín. / Fernando Torres

Agentes de la Compañía de Coín recuerdan su actuación durante las lluvias torrenciales del 10 de octubre

Fernando Torres
FERNANDO TORRES

La lluvia empezaba a apretar. Las previsiones meteorológicas llevaron al capitán Bernabé, máximo responsable de la Compañía de la Guardia Civil de Coín, a planificar una serie de servicios adicionales a los previstos. Algunos agentes de diferentes puestos se presentaron voluntarios para ayudar durante la noche, que empezaba a ponerse peliaguda. Alhaurín el Grande se inundó, al igual que diferentes puntos de Guaro y Coín. Fue en este último municipio, junto al arroyo Pereila, donde varios miembros de la compañía vivieron una madrugada que probablemente nunca olvidarán. El capitán Bernabé, el teniente Jerónimo, el sargento Javier, el sargento Carmona y los guardia Guti, Pepe, Toni y Colmena se jugaron el tipo en las inundaciones del 10 de octubre bajo más de 246 litros por metro cuadrado. El temporal dejó daños millonarios que todavía se aprecian a simple vista. En el cuartel desde el que se organizó el operativo, reviven la noche con el detalle de algo que quizá nunca olviden.

«El aviso lo dieron dos vecinos:desde la Central Operativa de Servicio nos dijeron que estaban escuchando a varias personas pidiendo auxilio y que desde hacía unos minutos no escuchaban nada». El sargento Javier, del puesto de Alhaurín el Grande (uno de los que se constituyó en servicio voluntario por la gravedad de las previsiones), recuerda que se dirigieron a la zona tres patrullas. «Una vez allí, en la oscuridad de la una de la mañana y la densidad de la lluvia, no sabíamos de dónde podía venir el aviso». Fue uno de los vecinos que llamaron quien con una linterna les pudo indicar la vivienda.

«Eran tres casas en pendiente junto al río y la de abajo (desde la que pedían auxilio) estaba completamente inundada», recuerda el sargento. Con el agua por la cintura comprobaron que la presión les impedía abrir la puerta principal, por lo que tuvieron que acceder rompiendo una ventana. El sargento Carmona explica que tuvieron que, tras utilizar las herramientas de los vehículos oficiales, cuatro agentes accedieron a la casa mientras que el resto seguía tratando de forzar la puerta:«Vimos a un hombre de unos cuarenta años subido a un armario, tiritando de frío y llorando de miedo». La estancia estaba llena de muebles flotando.

El teniente Jerónimo y el guardia Pepe avanzaron mientras que sus compañeros evacuaban a la primera víctima. «Era un pasillo estrecho con una puerta cerrada al final, bloqueada también por la presión del agua, tuvimos que abrirla a golpes y no encontramos con una imagen muy impactante». El agua salía de la habitación con fuerza, llevándose a su paso enseres, una lámpara y suciedad. En el interior había un anciano «flotando, agarrado a un perro». En ese momento no lo sabían, pero se trataba de un minusválido que no podía mover las piernas. El hombre de cuarenta años que se aferraba a un armario era su cuidador. «Sólo se le veía la cabeza y puso una cara de como si hubiera visto a la virgen, se me enganchó al cuello y sólo decía 'my dog, my dog'», recuerda Pepe.

Los demás efectivos habían conseguido desmontar la puerta para que pudieran evacuar a las víctimas. Tuvieron que hacer una cadena humana porque la corriente del agua les impedía avanzar con normalidad. Los dos hombres y el perro llegaron a la carretera donde esperaban a los servicios sanitarios, que no tardaron en llegar. «Les dimos mantas y los metimos en el interior de los vehículos porque tenían síntomas de hipotermia», recuerdan. Pasaron dos días ingresados en el Hospital del Guadalhorce, pero sobrevivieron.

Evacuación cuasi forzosa

No paraba de llover y el resto de vecinos permanecían en sus casas. Los agentes decidieron que era imperativo evacuar la zona porque le río continuaba creciendo, pero se encontraron con el rechazo frontal de los ocupantes de las casas, ajenos al peligro que corrían. «Finalmente cedieron y al día siguiente las viviendas quedaron completamente dañadas». El capitán recuerda que se coordinó con el Ayuntamiento para encontrar un hostal en el que ubicar a los seis vecinos desalojados, y fue en la puerta del establecimiento donde todos se dieron cuenta (tanto los agentes como los rescatados) de lo que había pasado. «Se nos echaron encima a darnos abrazos, a darnos besos y agradecernos lo que hicimos».

Una vez han pasado las semanas han podido reflexionar sobre aquella noche, y la muerte del bombero José Gil durante las inundaciones de Teba y Campillos les hace valorar su servicio aún más. «La Guardia Civil está para eso, para llegar y actuar, cuando esa noche me acosté me di cuenta de que había gente que podría adormir a buen recaudo gracias a nosotros», recuerda Javier. Todos coinciden:este tipo de servicios marca, y en las decenas de años que todos suman en el cuerpo les cuesta recordar una actuación así:«Si hubiéramos tradado media hora más, habría sido una tragedia».

 

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