«Mi padre decía a mi madre que teníamos que salir de la casa por las buenas o por las malas»

Los acusados, en compañía de sus abogados, durante una de las sesiones del juicio. /Migue Fernández
Los acusados, en compañía de sus abogados, durante una de las sesiones del juicio. / Migue Fernández

El jurado escuchó ayer el duro testimonio de la hija de Lucía Garrido, quien declaró que su progenitora se sintió «desamparada» por la Justicia

JUAN CANO y ALVARO FRÍASMálaga

Aquel abril de 2008, Sara enterró a su madre, pero también, de algún modo, a su padre. No han vuelto a estar juntos desde entonces. El muro que levantó entre ellos la muerte de Lucía Garrido lo escenificaba ayer el biombo tras el que se alzaba la voz clara de una joven describiendo a la niña que un día fue. Enfrente, su padre, sentado en el banquillo por el asesinato de la madre, se tapaba el rostro encendido con las manos, como si ese gesto le permitiera silenciar los altavoces de la sala. Esa voz, la de Sara, se alzó también sobre la telaraña de un caso lleno de sombras entre las que el jurado popular trata de encontrar la verdad. Era la primera vez que se escuchaba a la víctima que, después de Lucía, más ha perdido en todo esto. La hija de ambos. Sara, la joven Sara, mantuvo el tesón casi todo el tiempo. Sólo se quebró al ver ante sí a la niña de 12 años.

«¿Cómo recuerda el día del fallecimiento de su madre?», le preguntó uno de los abogados.

– «Aquel día... mi madre no vino a recogerme al colegio», acertó a decir antes de derrumbarse.

La hija de Lucía recordó que sus padres se separaron dos años antes por «una infidelidad» de él, que entabló una relación con una de sus trabajadoras en el centro de depósito de animales que había creado en la finca Los Naranjos. A partir de ahí, todo cambió. Un abogado le preguntó si su madre podía darle los caprichos que otros amigos tenían: «Lo pasaba mal porque no podía darme ni ciertos materiales que me pedían en el colegio».

La defensa de su padre argumentó que él ingresaba religiosamente los 600 euros de la pensión antes del día 5 de cada mes y, aunque reconoció el ambiente hostil, M. A. H. negó las amenazas en la sesión de anteayer. Pero la joven dibujó otra realidad bien distinta. «Mi madre no podía comprar comida, se la quitaba de la boca para dármela a mí. Lo pasamos muy mal». Sara aseguró que su padre, en medio de una guerra abierta tras la separación, y con las constantes denuncias de malos tratos de Lucía como telón, les cortaba los suministros de la casa: «[Ella] Llegó a bañarme con una goma en el jardín, porque no había agua. Usaba garrafas, que calentaba en ollas, para poder ducharme».

La jaula de los leones

Un día, recordó Sara, el padre decidió quitarles el vehículo. «Mi madre no podía salir, no tenía cómo llevarme al colegio, y se enteró de que él le había dejado el coche a unos vecinos y les había advertido que de ninguna manera se lo devolvieran a Lucía». Y por las noches, aseguró, el rugido de los leones no les permitía dormir. «Mi padre dejó de alimentarlos y mi madre tenía que mirar todas las mañanas a ver si había dejado alguna jaula abierta. Estábamos muy asustadas», manifestó al tribunal. La joven sostuvo que los dos perros guardianes que custodiaban la finca «desaparecieron» una semana antes de que su madre falleciera. También desmintió el testimonio de su padre, quien afirmó que nunca los retiró, pero sí que los encerraba por el día y los liberaba por la noche. «No era así. Siempre estaban sueltos y, si entraba alguien, se ponían desafiantes. A mi madre le extrañó mucho ese suceso [la desaparición repentina de los animales], empezó a estar más inquieta por eso».

Para la hija de Lucía, quien reconoció que jamás presenció malos tratos físicos, pero sí psicológicos, el trasfondo de ese clima era que su padre quería recuperar la posesión plena de la finca, ya que el juez de Familia le había dado el usufructo a su madre. «Él seguía con el negocio de los animales y quería meter a su nueva pareja allí. Le decía a mi madre que teníamos que abandonar aquella casa por las buenas, por las malas, o si no ella saldría en una bolsa de basura».

Doce guardias expedientados por consultar datos del caso

En la sesión de ayer del juicio por el asesinato de Lucía Garrido, de nuevo maratoniana (acabó casi de noche), empezaron a desfilar los agentes de la Guardia Civil que investigaron el caso y también los de Asuntos Internos de este Cuerpo, que fueron los que llevaron a cabo las detenciones. El coronel que dirige esta última unidad reconoció que se han instruido 12 expedientes disciplinarios contra agentes de la Benemérita por consultar en las bases de datos los nombres de los instructores de las diligencias. El mando declaró que en la investigación han muerto –asesinados– dos testigos protegidos en España y Colombia. Y que el tercero, sobre el que se cimenta buena parte de caso, está desaparecido. «Hay un oficio de la comisaría de Torremolinos donde tienen noticias de que lo están buscando para cambiar su declaración o matarlo», manifestó el coronel, quien opinó que el móvil del crimen es que Lucía «sabía demasiado».

La joven relató un duro episodio en el que, según apuntó, su padre la encerró en una caseta de aperos. «Todo empezó porque escribí una carta al juez diciendo que no quería recibir visitas de mi padre y me obligó a escribir otra poniendo que me trataba muy bien». Sara aseguró que su madre iba a llevar esa carta al juzgado, pero sus denuncias siempre se archivaban. «Se sentía sola y desamparada por la Justicia. Nadie la ayudaba».

Uno de los letrados que ejercen las acusaciones particulares le preguntó si notó a su madre especialmente preocupada unos días antes del crimen. «Escuché una conversación telefónica con mi tía en la que le decía que sabía que mi padre tramaba algo, y que si le ocurría algo, que ella se quedara conmigo. A mí me dijo que me preparase, que podía pasar cualquier cosa».

Sara, al igual que su tía Rosa, que declaró después, reconoció que nunca vio droga en aquella finca. La hermana de Lucía Garrido, en cambio, sí que supo de los supuestos trapicheos con los animales exóticos. «Ella me hablaba de cacerías ilegales en la finca, que había un mono con un microchip en un congelador que se vendió mil veces...», manifestó Rosa, quien recordó la frase que, según ella, repetía su hermana como un barrunto: «Si me pasa algo, que miren en la jaula de los leones, que algo quedará. Un pelo, un diente, una uña... Algo».

Rosa, que se ha dejado la vida en esclarecer la muerte de su hermana, y que ha contado en este tiempo con el apoyo y la ayuda de la Asociación Unificada de la Guardia Civil (AUGC), también durante todas las sesiones del juicio, confesó al tribunal unas palabras que puso en boca de Lucía: «Me dijo: 'Él no tiene cojones para matarme, seguramente mandará a alguien, es un cobarde'». En el banquillo se sientan también dos ex guardias civiles como supuestos inductores y el presunto autor material, que según el fiscal la asesinó por dinero. Para Rosa, el móvil del crimen era la «información» que Lucía podía saber: «Mi hermana no se separaba de su teléfono móvil ni de una carpeta con documentación que tenía adosada a su piel. Yo no la leí nunca ni sé que contenía. Sólo sé que quien lo hizo tenía dos objetivos: matarla y llevarse esa documentación. Rosa declaró que su excuñado se vanagloriaba de sus amistades en la Guardia Civil, y citó a algunos, pero ninguno de los dos exagentes que sientan en el banquillo, cuyos nombres, dijo, escuchó por primera vez tras su detención.

Pero la declaración más dolorosa de todas fue la que no llegó a producirse. Rosa Palomino, la madre de Lucía, lo intentó. A sus 90 años, de luto, caminando con dificultad y con los ojos resecos, se colocó en el lugar que antes había ocupado su nieta. «¡No quiero verlo, no quiero verlo!», repetía, creyendo atisbar entre los miembros del jurado a su exyerno. Los abogados, en un gesto que les honra, rehusaron interrogarla. «Estoy un poco sorda, pero... ¡Yo quiero hablar! ¡He esperado tantos años para esto! Yo dormía con ella y cuando la sentía llorar, le echaba el brazo por encima...», se le escuchaba balbucear, entre lloros, mientras se alejaba del brazo de un funcionario judicial que la acompañaba, con toda la humanidad del mundo, fuera de la sala.