Los flamencos se sacan el DNI

En la jornada de ayer se censaron 600 pollos de los 2.400 que hay asentados en el paraje. /Fernando Torres
En la jornada de ayer se censaron 600 pollos de los 2.400 que hay asentados en el paraje. / Fernando Torres

La Laguna de Fuente de Piedra vuelve a llenarse de crías del ave rosa, protagonistas del anillamiento

Fernando Torres
FERNANDO TORRES

Los sostienen con cuidado. Algunos los acarician intentando alejar el estrés, otros susurran para tranquilizarlos. Más de 500 voluntarios, técnicos, biólogos, veterinarios y personal especializado en conservación y ornitología participaron ayer en el anillamiento de las crías de flamenco nacidas en la reserva natural de la Laguna de Fuente de Piedra. La jornada científica sirvió para censar y analizar a un total de 600 pollos de los 2.400 que hay en el paraje, creando un registro de identidad que acompañará a cada ejemplar durante su vida nómada dentro de la Red para el Estudio y la Conservación del Flamenco Común en el Mediterráneo y Noroeste de África.

Los expertos coordinan un operativo que este año cumple 35 años y está basado en causar el mínimo impacto en los animales. A las seis de la madrugada, divididos en varios grupos, comienzan a conducir a los pollos en dirección al corral. Los adultos salen volando por puro instinto, pero las crías apenas pueden batir las alas, por lo que quedan a merced de los voluntarios. La tarde anterior, los responsables han montado un hospital de campaña en torno a un gran recinto donde las crías esperan a que llegue su turno.

El anillamiento

600
Es el número de pollos que fueron censados, sexados, medidos y registrados en la laguna.
2.400
Son las crías que han nacido en la reserva natural tras un año muy positivo por las lluvias

Tamaño, peso, longitud de patas, alas y pico preceden a un análisis de sangre que en la mayoría de los casos sirve para discernir el sexo de las aves. «En algunos ejemplares más grandes o llamativos tomamos una muestra mayor para hacer un estudio de bioquímica», explican Sebastián Palacios y Sol Rodríguez, biólogos de la Estación Biológica de Doñana que acuden a la laguna desde hace tres años. En los ejemplares adultos se puede distinguir el sexo con ojo experto, pero en el caso de los pequeños sólo se puede conocer mediante el análisis sanguíneo. Pese a llevar dos días trabajando a destajo, ambos reconocen que el anillamiento es un día «festivo y relajado». «La vocación hay que tenerla para otras cosas, lo de hoy se disfruta muchísimo, es casi algo social».

Fernando Torres

A cada ejemplar se le instalan dos anillas. La primera, metálica, «es como el DNI del animal, estará ahí siempre», relata Carlos Torralbo, uno de los técnicos encargados de instalar las piezas. La segunda, de PVC, está destinada a la lectura a distancia y se puede degradar con el tiempo. «Nos permite leer los datos con telescopio sin necesidad de capturar al animal».

Pese a las manos expertas y al cuidado con el que llevan a las aves de un punto a otro, algunas sufren durante el proceso. Por ello, cada año se instala una clínica veterinaria de campaña de la mano de la red de CREAS (Centros de Recuperación de Especies Protegidas) de Andalucía. «Reparamos y ayudamos a las aves con los problemas que se van identificando, la mayoría fruto del análisis, aunque algunas llegan heridas del campo», explica el veterinario gaditano Juan Carlos Capuz, mientras que su equipo termina de inmovilizar un ala tras un diagnóstico compartido. «Encontramos, sobre todo, muchos animales cansados que se han ido agotando durante la captura y lo único que necesitan es estar apartados un rato y descansar». Algunos tienen problemas de coagulación y tras la extracción de sangre necesitan ayuda para cortar la hemorragia, y otros se ensucian demasiado y el barro les impide caminar. «Lo que menos suele ocurrir son fracturas y lesiones en las extremidades». Además, todos los ejemplares que pasan por la clínica portátil reciben un complemento vitamínico para que no tengan problemas durante la suelta.

Tradición voluntaria

El anillamiento es un proceso de gran valor científico, pero también un día para celebrar la presencia del ave rosa en la comarca de Antequera. Los voluntarios se cuentan por decenas y la mayoría de ellos repiten año tras año. Muchos son del municipio, otros acuden desde diferentes puntos de la provincia o Andalucía, pero todos coinciden en que poder interactuar de forma tan cercana con este tipo de aves es un privilegio que hay que experimentar una vez en la vida.

«Mi padre es anillador», comenta Mercedes Espejo, una voluntaria de Fuente de Piedra. Lo hace mientras espera en la cola del puesto de extracción de sangre para llevar a un ejemplar a la zona de suelta. Es un camino de apenas veinte metros, pero es quizá el momento más emotivo y satisfactorio, una recompensa a la larga jornada de trabajo. «Lo hice el año pasado y no he dudado en repetir, es una experiencia muy bonita, menos cuando pican», bromea.

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