Un camino trazado a lápiz desde la infancia

Un camino trazado a lápiz desde la infancia

El joven artista José Luis Puche abre las puertas de su universo y descubre una biografía marcada por su pasión por el arte

LORENA CODES

Hay en la mirada de José Luis Puche una especie de inquietud sosegada, de calmosa avidez. Siempre al acecho de una oportunidad para dar un nuevo paso que le permita avanzar en el camino que lleva trazando desde que tiene uso de razón. Literalmente. Mientras sus hermanos bajaban a la calle a darle patadas a un balón de fútbol, de niño Puche perdía las horas entre las hojas de un cuaderno de dibujo. No era mal estudiante, pero bajo las páginas del libro de texto siempre había espacio para un lienzo en blanco con trazos en los que ya se intuía un talento precoz. El Colegio Manuel Siurot de Málaga capital le vio echar los dientes en una vocación artística que nunca abandonó. Las láminas de la asignatura de Educación Artística pronto se le quedaron pequeñas y sus profesores le permitieron copiar a referentes imposibles para un niño que no superaba los diez años.

En sexto de EGB, de hecho, realizó una versión del Guernica de Picasso tan lograda que su maestro, don José Escalante, le pidió que se la regalara. No le duró mucho el obsequio, ya que a la mañana siguiente la señora Trinidad, la madre de José Luis Puche, en un arranque de orgullo maternal, reclamó en el colegio la devolución de tan magna obra.

Anécdotas aparte, lo cierto es que la familia de Puche comenzó a tomarse en serio eso de que el niño quería ser artista de verdad. Recuerda el malagueño como si fuera ayer el día en que le pidió a sus padres que lo llevaran al Museo del Prado para conocer a Velázquez. Tenía 12 años y había oído que en la pinacoteca había una retrospectiva del pintor sevillano al que admiraba por encima de todas las cosas. Después de valorar el entusiasmo del chiquillo, Pepe y Trinidad decidieron obsequiarlo cumpliendo tal deseo y madre e hijo pusieron rumbo a la capital en un autobús que por aquel entonces echaba el día en hacer la ruta Málaga-Madrid. «Mereció la pena, fue lo mejor que me pasó en la infancia», asegura Puche, que aún consesrva el catálogo de la exposición y la memoria de las 10.000 esforzadas pesetas con las que su madre se lo costeó.

Realizó la carrera de Historia del Arte en la Universidad de Málaga y terminada esta puso rumbo a Roma, donde estudió el doctorado. Afirma que cuando volvió de la ciudad italiana cargaba con una mochila demasiado pesada, el exceso de belleza acumulada en tiempo y espacio lo llevó al extremo de buscar lo contrario, a la renuncia de todo aquello.

No tardó en volver a usar las herramientas con las que mejor se expresa, las de la figuración, lenguaje que le proporcionó sus primeros premios y del que salió su primera exposición invididual, Underworld (2008), en la Sala Moreno Villa. Fue el inicio de un sello propio, que puede evolucionar, pero que cuenta con los ingredientes que lo acreditan como uno de los artistas emergentes más prometedores del panorama internacional, no en vano en 2014 fue uno de los 50 finalistas de los Emergent Artists Awards, unos premios que reconocen el talento joven a nivel internacional.

Sin duda, esta mención ha supuesto un hito en la carrera de Puche, pero el malagueño no se deja impresionar e insiste en que «lo importante es que este tipo de reconocimientos me sirvan para seguir dedicándome a esto, lo que me hace feliz es seguir pintando». Lo dice mientras deja caer los últimos trazos de la obra que ha preparado para la exposición Golpe y dejadez que comparte con Jesús Zurita en Casa Sostoa y que se inauguró el pasado viernes. La columna vertebral de sus trabajos para esta muestra la constituye Luverne, dibujo con el que ha intervenido un armario acristalado de la casa «en una especie de lugar de representación que hace presente lo ausente», apostilla el autor, mientras muestra la obra en una de las esquinas de su estudio, que acaba de trasladar a una de las plantas de Ikono Soluciones, la empresa que hace de mecenas de Puche y que le permite trabajar de esta forma en la actualidad. Alrededor de esta obra de gran formato desfilan otras tantas de exposiciones anteriores en una pasarela de imágenes redireccionadas desde la cultura popular hacia el subsconciente. Esa cata arqueológica del símbolo a la que Puche se expone sin descanso continúa al servicio de una obra que avanza por la senda de la coherencia. Sin embargo, avisa el artista, «el cambio es parte de la evolución y exploraré nuevos territorios si me divierten, si lo necesito». Lo hará, apunta, desde su Málaga natal, ahora que la ciudad está en plena ebullición artística o, como a él le gusta decir, «en una adolescencia prometedora». «Hasta ahora todo lo que hacemos es traer grandes proyectos a Málaga, pero para que la ciudad deje huella de su arte tiene que exportar talento también», reclama, al tiempo que finaliza la obra para Casa Sostoa, al filo de las doce horas de trabajo seguidas. «Me siento libre cuando pinto, por eso no me pesan las horas», concluye.

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