'Instinto', la serie «porno» heteronormativa de Mario Casas

Fotograma de la serie protagonizada por Mario Casas. /SUR
Fotograma de la serie protagonizada por Mario Casas. / SUR

En este proyecto o bien vuelven las mujeres a ser las dominadas, o bien reproducen estereotipos y patrones patriarcales

ISABEL BELLIDO

La alfombra roja del Teatro Cervantes estaba el domingo a rebosar de chicas que buscaban a Mario Casas con la voz, la mirada, los brazos. «¡Mario, Mario, Mario!». Según cómo se leyese, podría sonar a gemido. El Festival volvía al griterío con el estreno de 'Instinto', el «thriller erótico» –así lo venden–, protagonizado por Mario Casas. El público de la alfombra podría entenderse como una muestra del 'target' que verá la serie de ocho capítulos en Movistar+ a partir del 10 de mayo. ¿Son ellas a quienes quiere erotizar? Y si es así, ¿cómo lo hará?

Con varias preguntas –algunas cuya respuesta era desgraciadamente previsible– entré al cine a ver los dos primeros capítulos de 'Instinto', pero no fui sola: me acompañaron Isabel Garnelo, doctora de Cultura Visual de la Facultad de Ciencias de Comunicación de la Universidad de Málaga, y Verónica Ruth Frías, artista y 'performer', para analizar qué visión de la mujer ofrece esta serie que tantas mujeres –y también hombres– verán, que promete «abrir la mente» del espectador y reflejar «que hay mucha gente que vive su sexualidad desde un lugar muy distinto al tradicional», según Teresa Fernández-Valdés (Bambú Producciones), además de tratar «las escenas de sexo con elegancia», dándoles «un toque moderno», como apunta Carlos Sedes, su director junto a Roger Gual.

No obstante, no hay pizca de eso en los dos primeros capítulos de 'Instinto': la heteronormatividad y los cuerpos perfectos siguen predominando en la narrativa de una serie en la que además o bien vuelven las mujeres a ser las dominadas, o bien reproducen estereotipos y patrones patriarcales.

Marco (Mario Casas) es un joven y exitoso empresario que lidera una potente compañía tecnológica. Sin embargo, es también un hombre impenetrable y recto, con traumas que desembocan en relaciones sexuales que mantiene en una suerte de casa de las perversiones, donde todo está permitido y nadie, a priori, conoce a nadie. Hacia el segundo capítulo nos percatamos de que el desencadenante de buena parte de sus problemas es una mujer, una mala madre que lo abandonó junto a su hermano, un chico con autismo, «una estrategia –según Isabel Garnelo– para darle profundidad a una historia que en realidad no la tiene». Nada sabemos, sin embargo, del padre: por ahora, como apunta Garnelo, «toda la culpa recae de nuevo sobre el personaje de la madre».

En sus escapadas furtivas de los primeros capítulos al misterioso club –donde la homosexualidad, lo 'queer' o los cuerpos no canónicos apenas asoman– mantiene relaciones con mujeres guapas y delgadas en dos escenas destacadas. «Vuelve a ser un hombre y una mujer lo que nos presentan», apunta Ruth Frías: en la primera es él quien impetuosamente lleva la iniciativa con dos mujeres con las que hace un trío, mientras que en la segunda azota fuertemente en el trasero a una mujer con las piernas abiertas, los ojos cerrados y atada a lo 'bondage', no solo con la mano sino con una espátula de madera –también le pellizca los pezones con saña–. «A mí no me estaba vendiendo una cosa erótica, me estaba vendiendo un dolor para esa chica», comenta Ruth Frías, que cree que 'Instinto' es, en definitiva, una «película porno».

Más allá de la madre, tenemos a Bárbara (Bruna Cusí), una mujer con un puesto importante en la empresa de Marco, pero no tanto como el de Diego (Jon Arias), su pareja, quien la engaña con Eva (Silvia Alonso), una «número uno» en lo laboral, un aspecto que, tal y como indica Garnelo, «la narración nos haría creíble» si no se obviara «absolutamente»: por el momento no se destaca su profesionalidad sino que «es sexualmente activa», ya que, además de acostarse con Diego, está interesada en Mario. De esta forma, ya «están enfrentando a esas dos mujeres», apunta Ruth Frías. Por otro lado, Carol (Ingrid García-Jonsson), terapeuta del centro en el que está ingresado el hermano de Marco (Óscar Casas), será «la salvadora» que consiga enamorar al esquivo protagonista –y está por ver si, como en 'Cincuenta sombras de Grey', participará en sus caprichos sexuales; esperamos en ese caso que al menos disfrute–.

La estética, además, no acompaña. «Hay muy poca poesía», afirma Garnelo, que lo observa como un producto «burdo» y «banal». «El tono que tiene la narración es como de fotonovela: esa velocidad, esa necesidad de decir una serie de cosas pero no preocuparte de cómo», continúa. «A mí lo que me podría erotizar es la belleza de la imagen, pero eso no lo he encontrado, entonces ya no puedo, ya no me creo nada, no hay poética», zanja. Según Ruth Frías, la serie no es erótica, sino que «está sexualizada». Erotizará, en todo caso, «a gente muy poco exigente a nivel artístico», cree Garnelo, quien alberga «una gran curiosidad por saber a quién puede erotizar ese movimiento de cámara, esas imágenes, esa formulación de la narración». Curiosidad y algo de preocupación también.