Uno de los nuestros

JUAN FCO. GUTIÉRREZ LOZANO

D ijo Churchill que la democracia era el sistema político donde si alguien llama al timbre a las seis de la mañana sabemos que es el lechero. Si Antonio Banderas pegase a esa hora en la puerta de cualquier casa malagueña, no sólo se le abriría: se le calentaría hasta un poquito de puchero. Lo escuché anoche en la Taberna García, pero hago mía la analogía. Porque explica esa mezcla de orgullo familiar y devoción hacia su esfuerzo, sudor y lágrimas. Es uno de los nuestros y ayer se le reconoció, al fin, en esta muestra.

La historia de Banderas es tomada como propia por media Málaga. «A mí me recuerda a mi nieto que estudia cine, a ver si un día logra ser como él», contaba una abuela maqueada esperando a Banderas a mediodía en calle Alcazabilla. Si Churchill hubiera levantado la cabeza no se habría resistido a imitar a la mayoría, que levantaba las suyas frente al Teatro Romano para ver a Banderas allí donde, hace mil, llegaba en Vespino para hacer sus primeros pinitos.

Nadie hizo sombra a sus pasitos cortos, desde el portal al clásico 'photocall', por más que una nube negra amenazara un rato antes. O dos meses antes. «Ya ves, ha aparecido él y se ha hecho la luz», dijo una poética señora. Otra, más prosaica, soltó un simple «Viva la madre que te parió». La Málaga literaria unánime además de la cosmopolita, pues los foráneos que pasaban se sumaron con distinto asombro y acentos (¡Bandeirras!) a su reconocimiento. Es lo que tiene ser patrimonio inmaterial de lo local y de la Humanidad, de Algeciras a Estambul, de las Montañas Rocosas a todas las praderas.

La expectación de su presencia culminó por la noche ante el Cervantes, donde fue monumental el griterío. La calle Madre de Dios hizo honor a su nombre, por aquello del gentío. Dice él que está muy visto, pero Málaga no se cansa de verle. Y ante los medios primero y luego en la gala nocturna, estuvo sincero y emocionado. Subrayó el valor de lo latino en la cultura. Habló de su corazón, ay, y desde el corazón. Y aunque quiso evitarlo, provocó un pellizco entre el público. Con versos de Manuel Alcántara o con esa apelación a la intuición como guía. Tras el 'Volver' de Diana Navarro, y antes de que su hermano le entregase la Biznaga de Oro, tiró de la despensa de la verdad y recordó cómo los «te quiero» siempre salen de la patata.

En esta noche histórica, además, el palmarés no fue puesto a caldo por casi nadie, al reconocer los caprichos de aire nuevo y libertad con punzada de 'Verano 1993'. O la solidaridad vecinal de 'Últimos días en La Habana', tan de corralón. O esa cosa tan de todos de 'No sé decir adiós'. Y adiós decimos al Festival. Que ya tiene veinte años y hoy se va como ha venido. Él ya tiene veinte años y casi todos tenemos muchos más. Que no lo dijo Churchill, sino que lo cantaba la Pradera.

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