De las visitas furtivas al Málaga Palacio

De las visitas furtivas al Málaga Palacio
ANTONIO DE LA TORRE. ACTORmálaga

Yo creo que andaba entre Madrid y Sevilla tratando como siempre de resolver esa extraña ecuación que ronda mi cabeza entre el amor cada vez más intenso e inevitable hacia mi profesión de actor, y la necesidad -supongo que más aprendida que innata- de tener estabilidad, esa cosa por la que la gente -yo incluido- renuncia a tantos sueños. Una extraña amante esa estabilidad: te pasas toda la vida buscándola y cuando la alcanzas no logra darte la ansiada satisfacción. A veces ocurre algo peor. Cuando por fin tienes suficiente madurez para disfrutarla llega la muerte y te la arrebata. Pero en fin, no quiero arrancar este post poniéndome agorero o melancólico. Solo quería decir que yo siempre he querido ir al Festival de Cine de Málaga, incluso antes de que se creara.

Las primeras visitas, he de reconocerlo y no me avergüenzo de ello, fueron lo que se podría decir furtivas: mis amigos Domi y Juan Antonio Vigar me conseguían pases o me apañaban alguna extraña invitación (rueda de prensa sobre los actores malagueños de reparto o algo así) para que de alguna manera yo pudiera estar presente. Eran mi amiga Sandra o mi prima Conchi las que se encargaban del alojamiento. Recuerdo que con la anuencia del Festival pase mi primera alfombra roja con el estreno de San Bernardo, una película donde, justo es reconocerlo, yo tenía un papel de dos escasas secuencias. Pero ahí estaba. Para completar mi dosis de glamour, otro amigo, Manuel Bellido, me solicitaba entusiasmado una entrevista, mientras que el resto de periodistas como es lógico y manda el buen criterio, se interesaban por los verdaderos protagonistas: entre ellos mi hermano del alma, Alberto San Juan.

Yo lo tenía asumido, desde que una vez escuche a unas chicas comentar delante de mi jeta en un bar: «Tía, pues la verdad es que no me suena su cara de nada. Que si tía, que lo has tenido que ver, lo que pasa es que es un actor secundario o terciario».

Por tanto, la emoción que me embargó cuando presenté Azuloscurocasinegro no tiene palabras. Ahí estaba el tío. Con un papel de verdad. Y como buen cateto que soy, estaba exultante porque volvía a mi ciudad para alojarme en el Hotel Málaga Palacio. Por eso, mi decepción fue mayor cuando al llegar a recepción, un señor amable y sonriente, aunque algo superado, no daba conmigo:

-Perdone, ¿a nombre de quien me dice que era la reserva?, ¿Adolfo de la Torre?

-No. Antonio

-No me aparece.

-Mire usted a ver, la productora, Tesela.

-No tampoco.

-Quizás la película Azuloscurocasinegro.

-¿azulquequé?, perdone pero entiéndalo el Festival tiene muchas reservas. Y justo en este momento me he quedado solo (añadía el hombre algo angustiado y girándose hacia las oficinas buscando ayuda).

-Claro, me hago cargo.

Y deprimido baje la vista hacia el teléfono móvil. Pensé seriamente en llamar a algún amigo y quedarme en su casa. Quizás mi verdadero sitio es la casa de mis amigos. Afortunadamente yo tengo muchos. Y me iba reconfortando con la idea cuando vi entrar a Imanol Arias por la puerta del hotel. Atractivo, interesante, triunfador. El actor empezó a mirar hacia el lugar donde yo me encontraba. Yo no le conocía de nada y allí estaba sonriendo y señalando con el dedo hacia un lugar a todas luces ocupado por mi. «Ciertamente entre la euforia y la contrariedad mi cerebro me juega malas pasadas», pensé. «Tal vez haya tenido ya tiempo para hacerse amigo de este recepcionista tan amable». Me giré para cerciorarme de que efectivamente no debía ser yo el hombre señalado. Pero ya no había nadie. Ni rastro del recepcionista. Como suelo hacer en estos casos pensé en huir. Demasiado tarde: «Dios mío, Imanol Arias me está abrazando efusivamente»:

-No debería hacer esto porque soy presidente del jurado.

-No sé qué decir, -acerté a balbucear agradecido y emocionado-.

-No hace falta. Todo lo que tenías que decir ya lo has hecho en la pantalla.

Y el si se marchó con decisión. Y yo me quedé mirándole, embobado, como si acabara de ser besado por Penélope Cruz. Volví a girarme para comprobar que todo había sido un sueño, una hermosa historia de las que ocurren en el Festival. Y allí estaba el recepcionista, sonriente:

-Señor De la Torre, bienvenido. Aquí tiene la llave de su habitación