Nada puede con la ilusión de un niño

Una tarde o una noche en los carricoches te puede salir por un ojo de la cara, aunque merece la pena mirar la cara de los zagales

Los más pequeños se divierten en las atracciones en el real. /Francis Silva
Los más pequeños se divierten en las atracciones en el real. / Francis Silva
Pedro Luis Gómez
PEDRO LUIS GÓMEZ

La Feria de Málaga encara su último fin de semana cargada de la ilusión de grandes y mayores, sobre todo de esos chavales que esperan ansiosos disfrutar de las últimas horas de los carricoches. Las atracciones de feria, con los adelantos lógicos de los tiempos de los USB, 3D y demás historietas que para nada pegan con los caballos de cartón piedra, son consustanciales a la alegría infantil, a lo que para un chavalote de cualquier edad significa meterse en ese mundo infernal de luces y sonidos ensordecedores, porque los hay para todos los gustos y para todas las edades.

Los precios, ya se sabe, desorbitados, pero como todo en esta vida desde que entramos en el euro, hace 18 años más o menos, cuando equiparamos una moneda de 100 pesetas con una de 1 euro que eran 166..., de golpe, de la noche a la mañana, marcando una subida de precios que ni en la Venezuela de Maduro. Total que por menos de 3 euros son contados (si las hay, que lo ignoro) los cacharritos en los que puedes montar a tu niño, y si es uno, anda, puedes salvar la noche, pero si tienes dos, tres o cuatro, acabas pidiendo número en cualquier oficina bancaria, eso que ahora se ha puesto tan de moda, como si estuviéramos en la cola de la carnicería o la pescadería.

Los tiempos han avanzado para bien. Cualquier tiempo pasado no fue mejor. Lo discuto a quien quiera. Uno en sus recuerdos memoriza aquellas tardes en la feria en el Parque o en Carranque, o en el Paseo Marítimo, cuando te daban a elegir «o turrón o caballitos». Vamos que la cosa no estaba para montarte en cuatro o cinco cachibaches, y que si te apetecía una golosina de esos maravillosos y enigmáticos puestos de turrones y dulces, pues entonces la cosa estaba clara. Ya que nos referimos a estos puestos, la verdad es que uno admira a sus propietarios, y algo tendrá el agua no cuando la bendicen, sino cuando son los puestos más antiguos que existen en las ferias que conocemos, aunque parezca que nadie compra nada. Románticos hay en todos lados, pero no como para estar diez o doce horas dentro de una caseta para no ganar un euro...

En fin, que una tarde o una noche en los carricoches te sale por un ojo de la cara, aunque merezca la pena mirar la cara de ilusión de los zagales a los que no les importa ni el ruido ni las aglomeraciones.

Las atracciones, además, son ahora para todas las edades, aunque no todas las edades sean para las mismas atracciones. Ustedes me entienden. Las hay con agua y sin agua, con vértigo y sin vértigo, y las de siempre, la maravillosa ola, o el histórico látigo, todo adornado además con las casetas de tiro al blanco (ya conocen ese dicho de «fallas más que una escopeta de feria») o las imperturbables tómbolas, aunque en estas últimas los jamones y las cosas de comer ya no son los principales atractivos, sino que ahora te puedes ganar una freidora eléctrica que fríe las patatas sin aceite... Otros tiempos, otras modos, otras formas de vida, pero nada cambia respecto a los ojos ilusionados de un niño cuando entra o sale por la zona del real dedicada a él. Además, zonas infantiles como ese espacio en el real donde desde Peneque el Valiente a grupos de mimo hacen sus delicias, o esa calle en el Centro como es Alcazabilla, donde los pequeños participan en juegos y en actuaciones especialmente diseñadas para ellos mientras sus acompañantes se derriten ante el calor de agosto malagueño. Nada puede con la ilusión de un niño, y maldita sea quien haga algo por intentar robar esa ilusión. Es la parte que más me gusta de la feria, de la de Málaga y de cualquier otro sitio, lo que significa para quienes dentro de unos años harán lo mismo llevando a sus hijos allá donde estén los carricoches....

 

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