Un pregón de recuerdos y humor fino

Un pregón de recuerdos y humor fino
Eduardo Nieto

El escritor Pablo Aranda firma uno de los mejores textos de los últimos años a través de sus vivencias personales y lugares comunes para los malagueños

Iván Gelibter
IVÁN GELIBTER

Pregonar la Feria de Málaga no debe ser algo sencillo. El que escribe ya ha visto y leído varios de estos textos a lo largo de estos últimos seis años. Cada uno con sus peculiaridades, el pregonero o pregonera siempre intenta trasladar sus propios recuerdos a los miles de malagueños que agolpan la playa de Malagueta como antesala de los fuegos artificiales. Precisamente por eso, hacer vibrar a toda una audiencia independientemente de lo que cada uno asocie a la feria es un mérito que sólo podía conseguir alguien de la talla intelectual de Pablo Aranda. El escritor, fiel a su prosa, brindó a la ciudad uno de los mejores pregones de los últimos años; un texto con muchos recuerdos, pero también con nexos que todos éramos capaces de asumir como propios. «Es la hora de divertirse. Divertirse no es fácil, aunque lo parezca. Divertirse bien. Tratar de no molestarnos por lo que hacen los demás y tratar de molestar nosotros menos todavía. Pero las ganas de fiesta nos vienen de lejos y casi hemos aprendido», decía en las primeras líneas como una declaración de intenciones; y que vino acompañada del habitual agradecimiento al alcalde, Francisco de la Torre, por haber contado con él para esta labor.

«No soy el primer escritor que pregona la feria en esta ciudad amante de los libros. El maestro Manuel Alcántara nos pregonó en 1988, cuando yo tenía melenas», recordó Aranda, que citó algunas de las palabras de entonces del escritor y columnista, en las que afirmaba que cualquier malagueño que acuda a su trabajo por la mañana, dispuesto a ganarse el pan y el aperitivo, va pisando tumbas de fenicios sobresalientes y de moros notables y que esa minería de antepasados se nota. «Es una osadía citar al maestro, pues lo mejor de este pregón serán las palabras de otro», declaró. «No importa, en la feria nos mezclamos y nos convertimos en una gran familia... ojalá nadie se comporte en modo cuñado. Mi admirado amigo Antonio Soler es otro escritor que fue pregonero de la feria, en 1993, también Rafael Pérez Estrada y María Victoria Atencia, todos hace muchos años. Poco ha llovido desde entonces», afirmó con el toque melancólico de quién recuerda un pasado histórico.

A pesar de reconocer que una de las cuestiones que más le preocupaban de ser el pregonero es que se acuesta pronto, Pablo Aranda recordó «noches gloriosas» en las que sí permaneció en vela. «Recuerdo en un autobús de línea, dispuesto a empalmar la feria del centro con la del real. Sería curioso poder hablar a aquel joven de pelo por los hombros que fui hace 30 años, tomarme con él un Pajarete en la Casa del Guardia, pero el joven no aceptaría consejos, aunque viniesen de un yo futuro, este pureta defectuoso. Pero si soy tú, le insistiría. Ahora sé más cosas, pero el joven que fui podría decirme algo que ya he olvidado: lo que vale un peine» declamó entre risas; momento que aprovechó para reírse, por qué no, de él mismo. «El terral ya no mece mi melena, y este año me veo aquí arriba, a metro y medio sobre el nivel del mar, donde las medusas no alcanzan, este mar que es el que mejor conozco. El mar de Málaga es el lomo dormido de un animal fabuloso, un privilegio gratuito y limpio cuando está limpio, lo cual depende de nosotros, como Málaga, que gustará a los forasteros si nosotros gustamos», proclamó.

También hizo mención el escritor a su padre y a su familia, y se refirió de una preciosa manera a esta ciudad, lo que provocó el encanto del público: «Málaga es una ciudad abierta y cualquier persona es bienvenida. La piel cubierta de salitre durante casi tres mil años certifica nuestra hospitalidad histórica. Sigamos siendo así, sigamos considerando de Málaga a la gente que esté aquí, traiga el acento que traiga». 

Recuerdos de una noria

«Yo en la feria he amado y también he sufrido mucho», admitió Aranda, que relató sin complejos que el peor momento fue el día en que se subió a la noria «inmensa» y su vértigo le impidió disfrutar de la vista espléndida. Incluso con su «superpoblación de dioptrías», que entonces no eran tantas, se veía de El Palo a La Paz, de La Malagueta a Capuchinos, el barrio donde habita. «Todo muy bonito, sí ¿pero qué hacía yo dentro de una taza de café volando voy, volando vengo? En el punto más alto, cuando más bella era la vista, yo cerraba los ojos. Cuando el giro de la noria llevaba mi taza a pie de calle, aprovechaba para gritar que parasen, por favor, lo suplico, señor, deje que me baje, pero los feriantes no entienden de patetismo y la noria continuó su centrifugado. Me quedé ronco gritando. Ese día pretendía impresionar a una amiga a la que sin duda impresioné», relató como en una de sus novelas. Luego creó la complicidad con la audiencia más joven, ya que no escondió que en las casetas de los comunistas, «donde todo resultaba más barato», empezaba la noche en el real. «En la de la Juventud veía a Tabletom y Danza Invisible, y en El Cortijo mi padre y mi madre me invitaban a un pitufo de pringá Los pitufos todavía no se llamaban pitufos, pero ya había camperos. Yo los tomaba en una hamburguesería de los Baños del Carmen que ya no existe. La dieta mediterránea está bien, pero anda que el campero. Comiendo camperos he llegado a pregonero. ¿Cuántos camperos se habrá comido el alcalde para llegar a alcalde?», dijo.

Aranda acabó con unas pinceladas de recomendaciones. «Toca pasarlo bien, muy bien, sin malages ni medusas, recordando que no es no. Termino ya, antes de que el joven que fui, el de las melenas, me grite que me calle. Cállate tú ¿a que cuento otra vez lo de la noria? Ahora llega la hora de desmelenarse. Sana, alegre, mediterráneamente», exclamó, para finalizar no deseándose la muerte más local que podría haber. «La feria está a punto de empezar, cuando estallen los fuegos. Dios quiera que ninguna bengala desvíe su trayectoria y me atraviese, aunque no habría muerte más malagueña que espetado en la feria». 

Este es el pregón íntegro de Pablo Aranda

Buenas noches, Málaga:

Comienza nuestra semana más grande, entre otras cosas porque este año dura un día más. Es la hora de divertirse. Divertirse no es fácil, aunque lo parezca. Divertirse bien. Tratar de no molestarnos por lo que hacen los demás y tratar de molestar nosotros menos todavía. Pero las ganas de fiesta nos vienen de lejos y casi hemos aprendido. Gracias de corazón, alcalde, por haber pensado en mí. No soy el primer escritor que pregona la feria en esta ciudad amante de los libros. El maestro Manuel Alcántara nos pregonó en 1988, cuando yo tenía melenas. Dijo entonces Manuel Alcántara: «cualquier malagueño que acuda a su trabajo por la mañana, dispuesto a ganarse el pan y el aperitivo, va pisando tumbas de fenicios sobresalientes y de moros notables y esa minería de antepasados se nota». Es una osadía citar al maestro, pues lo mejor de este pregón serán las palabras de otro. No importa, en la Feria nos mezclamos y nos convertimos en una gran familia... ojalá nadie se comporte en modo cuñado. Mi admirado amigo Antonio Soler es otro escritor que fue pregonero de la feria, en 1993, también Rafael Pérez Estrada y María Victoria Atencia, todos hace muchos años. Poco ha llovido desde entonces.

Cuando el alcalde me propuso ser pregonero, lo primero que le dije es alcalde, pero si a esa hora a mí me entra el sueño. El insomnio suele pillarme en la cama, contando abejas y obispos. Sin embargo esta noche me he preparado. Voy cargado de cafeína. Para aguantar despierto me he tomado una nube en el café Central, un sombra en Doña Mariquita, un cortado en Casa Aranda, en el bar de la barriada de la paz donde desayuna Dani Rovira he pedido un mitad doble y me han puesto una tapa de albóndigas, un americano en la plaza de la Merced, un solo en El Balneario, y así estoy, hecho un manojo de nervios.

Algunas noches gloriosas sí he permanecido en vela, y me recuerdo en un autobús de línea, dispuesto a empalmar la feria del centro con la del real. Sería curioso poder hablar a aquel joven de pelo por los hombros que fui hace 30 años, tomarme con él un Pajarete en la Casa del Guardia, pero el joven no aceptaría consejos, aunque viniesen de un yo futuro, este pureta defectuoso. Pero si soy tú, le insistiría. Ahora sé más cosas, pero el joven que fui podría decirme algo que ya he olvidado: lo que vale un peine.

El terral ya no mece mi melena, y este año me veo aquí arriba, a metro y medio sobre el nivel del mar, donde las medusas no alcanzan, este mar que es el que mejor conozco. El mar de Málaga es el lomo dormido de un animal fabuloso, un privilegio gratuito y limpio cuando está limpio, lo cual depende de nosotros, como Málaga, que gustará a los forasteros si nosotros gustamos.

Málaga es una ciudad abierta y cualquier persona es bienvenida. La piel cubierta de salitre durante casi tres mil años certifica nuestra hospitalidad histórica. Sigamos siendo así, sigamos considerando de Málaga a la gente que esté aquí, traiga el acento que traiga. Mi padre era sevillano y un día lejano le dijo a mi hermano que yo llegaría a pregonero. A mí no me lo dijo, ni falta que hacía, pues podría haberme venido arriba, creído más grande, un riesgo que los habitantes de todas las orillas corremos, pensar que lo nuestro es lo mejor, aunque lo sea. En este momento importantísimo cómo no acordarme de mi padre, que desde algún lugar imposible levanta una copa de manzanilla, lo que daría por poder rellenársela, y cómo no saludar a mi hermano, Nacho, aunque yo le digo Igna, cuando él llegaba de la feria yo ya estaba en el cuarto, imaginando otros mundos, a mi madre, Auxi, que a finales de febrero ya está morena, a Lola, que solo sale un día en la feria, el primero, y ya vuelve el último, a Manuel y Pepe, que insistirán para que me suba con ellos en la noria, pero yo me mareo, y a Ángela, que me acompaña en la vida y a veces incluso pregona al pregonero. Mi hermana Marta y Antonio, Javier y Jorge. Los amigos de la infancia de El Palo que siempre responden al grito que nos une... ¡Barbacoa ya!

Yo en la feria he amado y también he sufrido mucho. Mi peor momento fue el día en que subí a la noria inmensa y mi vértigo me impidió disfrutar de la vista espléndida. Incluso con mi superpoblación de dioptrías, que entonces no eran tantas, se veía de El Palo a La Paz, de La Malagueta a Capuchinos, el barrio donde habito. Todo muy bonito, sí ¿pero qué hacía yo dentro de una taza de café volando voy, volando vengo? En el punto más alto, cuando más bella era la vista, yo cerraba los ojos. Cuando el giro de la noria llevaba mi taza a pie de calle, aprovechaba para gritar que parasen, por favor, lo suplico, señor, deje que me baje, pero los feriantes no entienden de patetismo y la noria continuó su centrifugado. Me quedé ronco gritando. Ese día pretendía impresionar a una amiga a la que sin duda impresioné. En las casetas de los comunistas, donde todo resultaba más barata, empezaba la noche en el real, en la de la Juventud veía a Tabletom y Danza Invisible, y en El Cortijo mi padre y mi madre me invitaban a un pitufo de pringá.

Los pitufos todavía no se llamaban pitufos, pero ya había camperos. Yo los tomaba en una hamburguesería de los Baños del Carmen que ya no existe. La dieta mediterránea está bien, pero anda que el campero. Comiendo camperos he llegado a pregonero. ¿Cuántos camperos se habrá comido el alcalde para llegar a alcalde? Y con esa energía, seguro que se los pide completos. Mi tío Antonio tenía un bar en calle Córdoba y la rueda de churros daba para toda la pandilla. Eso sí que era una noria.

El dinero que yo gastaba en la feria lo había cobrado en la feria, pues con unos amigos nos ganábamos unos billetes montando techos de casetas. Los fuegos los veíamos cuando los veíamos, porque más de una vez elegimos la terraza equivocada y desde allí no se veía nada. ¿No eran a las doce?, preguntaba alguien, y de fondo escuchábamos el tronar que vamos a escuchar en dos minutos.

Málaga es una ciudad grande y convivimos en ella muchas tribus. Ninguna vale más que otra. Un pacto entre tribus rige la convivencia, que nadie rompa ese pacto. Tratemos de dejar Málaga mejor de lo que la encontramos.

Creo que no me he extendido más de la cuenta, porque los fuegos acechan, y acecha el apetecible concierto de Efecto Mariposa, y la semana larga, como acechaban, hace esta semana 531 años, los Reyes Católicos para dar el salto definitivo a Málaga. Los Reyes Católicos tenían un ejército cada uno y cada uno dormía en un campamento diferente. Normal, Isabel no se cambiaba la camisa, y Fernando viajaba no con una medalla de la Virgen sino con una escultura a tamaño natural. Se la regaló a Málaga, es la Virgen de la Victoria.

Termino ya, la feria está a punto de empezar, cuando estallen los fuegos. Dios quiera que ninguna bengala desvíe su trayectoria y me atraviese, aunque no habría muerte más malagueña que espetado en la Feria.

Toca pasarlo bien, muy bien, sin malajes ni medusas, recordando que no es no. Termino ya, antes de que el joven que fui, el de las melenas, me grite que me calle. Cállate tú ¿a que cuento otra vez lo de la noria? Ahora llega la hora de desmelenarse. Sana, alegre, mediterráneamente.

Muchas gracias, Málaga.

¡Viva la feria!

¡Viva Málaga!

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