NO HAY 18 MALO

NO HAY 18 MALO
FRANCIS SILVA

Pedro Luis Gómez
PEDRO LUIS GÓMEZ

Hoy comienza la Feria de Málaga, la número 18 del siglo XXI. Es la hora de lo que siempre he denominado 'la alegría de vivir', pero hay que hacerlo, como todo en la vida, con cierta moderación, o, al menos, con la moderación de no molestar a los demás. La fiesta sí tiene límites. En la feria también los debe haber. Es una afirmación, no una posibilidad, o, al menos, debería ser así.

Dice la edil Teresa Porras, a quien se le debe la organización de este tremendo entramado, que si se respetan esos límites, si todos colaboramos, será la feria de la excelencia. De pronto, la jauría de las redes sociales han saltado despotricando por unas declaraciones que están cargadas de lógica: si todos nos divertimos pero respetando los márgenes, difíciles por cuestiones obvias, pero no imposibles, de no meter la pata ni con uno mismo ni con los demás, si procuramos no hacer el ganso ni el ridículo, si evitamos penosas imágenes recordadas por todos, especialmente en el Centro y mantenemos un nivelito de cordura, lo pasaremos bien y será una feria excelente para todos.

Ha llegado agosto y para conmemorar la toma de Málaga por los Reyes Católicos, sus majestades decidieron hacer procesiones y fiestas para alegrar al pueblo. Poco podían presuponer ni Isabel ni Fernando que aquellas proclamas para la diversión iban a tener continuidad en el espacio y en el tiempo casi seis siglos después. Pero es que ni siquiera quienes en 1887 tuvieron la feliz idea de rememorar ese acontecimiento histórico con festejos varios, que duraron casi un mes, para reactivar la economía malagueña -depauperada hasta límites insospechados a causa de la desindustrialización, las plagas agrícolas y el pesimismo histórico de un país que veía cómo su poderío se iba al garete a marchas forzadas-, digo que ni siquiera ellos podían pensar que tal idea iba a prender de la ciudadanía con la fortuna y forma que lo hizo.

Los fuegos artificiales y las palabras de Pablo Aranda dieron el paso a la jarana, a la alegría de vivir. La fiesta llega en agosto entre la algarabía de una ciudad cargada de propios y extraños, dicho término empleado con la licencia literaria para definir a los turistas, a los residentes efímeros que vienen en busca del ocio y la diversión, a los que también hacemos extensivo el ruego de que respeten la limitación de la fiesta, que todo tiene unos límites.

La concepción de la fiesta, de la feria tal como hoy la manejamos no tiene nada que ver con sus orígenes, ni siquiera con los festejos celebrados hace unas décadas. La evolución de los mismos, sin embargo, mantienen unas premisas innegociables: esos niños viviendo su felicidad máxima en los carricoches; esos jóvenes que salen solos sin sus padres por primera vez; esos iniciales arrumacos adolescentes; esos compases de la alegría; esos puestos de turrones y chucherías; esos pollos asados con pimientos; esos churros al amanecer; esas reuniones familiares y de grupos de amigos que apenas si se ven salvo en la cita anual... Todo este escenario invita a una diversión sin fin, pero limitada. Busquemos la excelencia en la feria, lo mismo que la buscamos en la ciudad que queremos todos para vivir y cohabitar. La alegría de vivir que pidió aquel pregonero de 1998 tiene que identificarse hoy con algo así como vivir con alegría, pero sin cruzar la tibia frontera de la fiesta con el 'despiporre', por decirlo de alguna manera. Pero para que la felicidad sea completa, el usuario de la fiesta tiene que poner su granito de arena, tiene que colaborar con el entramado que se pone a su disposición y que vale mucho dinero, mucho esfuerzo y el trabajo de mucha gente. Alegría de vivir, sin duda, pero vivir con alegría. Es el momento de dar el grito, ese tan esperado por muchos: «¡Viva la Feria de Málaga!».

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