Mi feria poliédrica

Bailes en la calle Larios durante la feria del Centro. :/SUR
Bailes en la calle Larios durante la feria del Centro. : / SUR

«Mi feria poliédrica tiene el encanto de verla y no verla. De tomarla del ecuador hacia adelante. Ese reencontrarme con la feria también es mágico»

JESÚS NIETO JURADO

Ahora hay que pensar en esta columna sobre la feria y reducirla a una palabra, a un tema. Yo elegiría el adjetivo 'poliédrico' porque quizá venga sugestionado por aquellas fiestas del Sur de Europa que proclamó mi querido Pedro Aparicio. Acaso porque somos ciudad grande, vieja en la Historia, y porque por agosto nos damos unos días de relativo ensimismamiento. Porque somos ciudad alegre y confiada. Y sin entrar en más sociología, yo sostengo que la feria es poliédrica porque Málaga es poliédrica

Así, pues, está la mañana poliédrica, el centro poliédrico, a la hora en la que la ciudad arde bajo la canícula y uno se encuentra con la familia y el amigo gamberro en una sucesión de calles que visten la urbe de cierta Babel andaluza.

Es la hora del compromiso relajado y la hora de los oficinistas prestos a apurar que sí, que en estos días los horarios se madrugan y el despachito céntrico tiene otra magia. Es esa hora en la que los taurinos imaginamos el capote y vamos creando apetito de tarde cuando intentamos sudar la camisa lo menos posible. O la hora en la que en otros momentos de nuestra historia andábamos con el padre en la caseta de algún organismo público. O más tarde guardando la preceptiva resaca en algún espigón alejado. Y las luces a lo lejos.

La feria del Centro, no obstante, a mí siempre me evoca la plaza de la Merced como espacio de encuentro que siempre debiera tener el mismo ambiente. Y en esa plaza -además- los días que pasan, con la muchachada queriendo ralentizar el paso del tiempo: la larga semana. La diversión ante llegada de un otoño que no será tal.

Pero mi feria poliédrica tiene también el encanto de verla y no verla. De tomarla del ecuador hacia delante porque quizá el día de los fuegos andábamos 'pintando la mona' en cualquier rincón de España. Y ese reencontrarse con la feria también es mágico. Tan mágico como el sueño en el autobús volviendo del Cortijo de Torres, y el catre refrigerado que nos espera en la casa de la madre.

Ocurre que para ansiar la feria es necesario 'cortarse la coleta' un día, dos días; sólo así entendemos que la alegría dosificada es doble alegría

Desde Pedregalejo, mi patria pequeña, la feria se intuye: se ven el autobús y los merenderos a medio gas hasta que llegan los guiris de las academias de español. A un puñado de kilómetros descubrimos ese encanto de lo previo. No ir a la feria pero tenerla presente es otra forma -claro- de honrrarla. La feria tiene sus lejanías urbanas

En esa cosa poliédrica que decimos que tiene la feria están también las vísperas con las novilladas: allá donde vamos calentando el alma aficionada con un torerillo de Aguascalientes (sic) que viene a jugarse el todo.

Y qué decir de La Malagueta. Tan poliédrica ella. De las pocas plazas donde las gaviotas ven la faena como drones que oliesen a mar. Tardes mejores y peores. En el callejón o con la gente de la Escuela Taurina, saltando verjas y huyendo del sol. Y ya, si hay buena faena, la sensación que queda en el cuerpo de día completo, realizado, dichoso.

Antes ha sido la tertulia, la conexión con la radio y el saludo a un viejo conocido. Los tendidos a rebosar con alguna musa que es aficionada, otra que no lo es, el 'selfie' de los últimos años ahora que la plaza es de primera. Está bien dejarse llevar por el aficionado o compadecer al que va por complacer al jefe a La Malagueta sin saber de la 'misa la media'.

Los toros han sido mi único y fiel hilo con la feria algunos años - del 2010 al 2014-. Años en los que por un adelantado cansancio no me dejaba caer ni por el Centro ni por el real. El de las corridas es otro mundo compatible, pero autosuficiente: y no deja de ser la feria. Ahora que la veo a la distancia recuerdo una tarde de un 'petardo' de Morante de la Puebla en la que había que estar por nuestro 'morantismo' irredento. Recuerdo peor otras tardes más difusas. Pero siempre tardes bien aprovechadas en el aficionado que se iba fraguando con poco campo y mucho agosto hasta que uno, yo mismo, conoció a Victorino jr. en su finca de Cáceres. Tardes con el Tito Miguel, el de Albacete, con su fino previo en los muy europeos bares que hay entre el coso y la chimenea.

Pero en este tratado apresurado por la feria hay que ir, necesariamente, a la noche. La noche que quiere ser suave y que se va expandiendo hacia el real. Primero fueron los cacharritos y las casetas alternativas con mi hermano Sergio; después el despertar a las novias.

Lo típico del tiro y la rubia, al final, que se llevó un osito de peluche y me besó en la mejilla. Yo tuve mi época de casetas ideológicas: cuando me plantaba de paquete en la feria y volvía de ella en una moto de un conocido que esa noche hizo de chófer y de nuevo mejor amigo.

Darlo todo, en esa feria poliédrica, equivalía a unir playa y Centro y real y toros y vuelta al real. Que alguna vez lo hicimos pero ya no somos ni tan poliédricos ni somos nosotros, digo, 'los de entonces'. También las tertulias los jueves de feria en la terraza de mi amigo Nacho Alcalá, allí donde lo mismo sube a recitar Ángel Garó que me doy un manguerazo a la hora de los últimos terrales. Pero claro que mi feria más reciente es la nocturna: hago de guía a madrileños que se las saben todas. O cuando también me alegro de haber invertido en desodorante y en modales; igual un catedrático que una ex con tus ex suegros en la cola del WC de una peña desconocida y cuando suena una orquesta con más oficio que talento.

Hay más historias poliédricas de feria, pero no caben aquí.

Quedémonos con que si el ser humano es poliédrico; ésta es su feria definitiva.

Eso que Aranda nos 'pregona'.

 

Fotos

Vídeos