«En los pueblos no hay médicos ni estímulos para que vengan »

Dolores Benéitez sale de
su coche para pasar
consulta en Ligüerzana,
localidad de 56 habitantes
en la montaña palentina 
::  antonio quintero/
Dolores Benéitez sale de su coche para pasar consulta en Ligüerzana, localidad de 56 habitantes en la montaña palentina :: antonio quintero

Dolores Benéitez Pasa consulta en la montaña palentina

VÍCTOR M. VELA

Cuando Dolores Benéitez (Palencia, 1955) termina de pasar consulta en San Cebrián de Mudá (162 habitantes), también en la vecina Mudá (99), todo es montaña y cielo alrededor. Hay más casas abandonadas que con el fuego encendido, hay un bar que abre tres días a la semana, hay un río (el Monasterio), hay un invierno que dura hasta mayo... y hay cada vez menos vecinos. Dolores es médico de familia en la montaña palentina, atiende un puñado de consultorios de esa España vaciada de la que los políticos se acuerdan en campaña para olvidarse al día siguiente. La base de su trabajo está en Cervera de Pisuerga, cabecera de comarca, 2.399 habitantes y un centro asistencial («con trauma, gine, los ojos, el dentista...»), al que acuden los especialistas un par de veces al mes para evitar que los pacientes tengan que «ir abajo». Abajo es Palencia capital, donde está el hospital de referencia. A 115 kilómetros. «Yo tendría que hacerlos todos los días para venir a trabajar», cuenta Dolores. Ella, que vivía en la ciudad, decidió trasladarse a Cervera, donde trabaja, «por comodidad, pero sobre todo por salud. ¿Me hago todos los días dos horas de coche hasta aquí? ¿A primera hora? ¿Con nieve en la carretera?». Cuando su marido se jubiló, decidieron coger una casa de alquiler aquí en el norte. «Pero venirse a un pueblo es duro. No hay muchos alicientes. Los médicos jóvenes no quieren estos destinos, muchos de los que estamos nos vamos a jubilar. Y ni hay relevo ni se cubren bajas». Cuenta que en el centro donde trabaja, desde hace año y medio no se ha reemplazado el puesto de un médico retirado. Que una compañera está de baja desde agosto. Que otra desde enero. Y que, como no llegan facultativos nuevos, son los que quedan quienes han de asumir los pacientes de los que ya no están. ¿Quiénes? «Pocos niños, por desgracia. Pocos jóvenes. La mayor parte de los que vemos tienen entre 58 y 80 años».

Dolores conduce un Renault Mégane rojo tan necesario en su día a día como el fonendo al cuello, el maletín en mano, la bata blanca encima. Tiene, como otros compañeros, que «ir a los pueblos» a pasar consulta. Un par de horas a la semana en cada uno. En una pequeña sala que se calienta porque una hora antes pasa algún vecino para encender la estufa. «Son carreteras estrechas, tortuosas, por las que tienes que ir con mil ojos, muy despacito. Se te cruzan animales. He puesto ruedas de nieve por mi seguridad. Pero eso no lo pagan. Solo una pequeña dieta por kilómetro que no cubre el mínimo mantenimiento del coche». Pero no se puede dejar de visitar estos pueblos. Porque mucha es población envejecida con dificultades para acudir al centro base de Cervera. Y eso que, explica, no son tantas visitas como antes. Hay localidades donde ya no vive nadie en invierno. Pueblos enteros cuyos últimos vecinos terminaron en la residencia de ancianos. Municipios sin apenas cobertura, esa es otra, donde muchas veces los avisos al médico se hacen a través del fijo o del alcalde, que cubre un par de kilómetros hasta que asoman las rayitas en el móvil. «En los pueblos no hay médicos suficientes. Lo saben los políticos y lo saben nuestros jefes. Para solucionarlo hay que meter dinero , crear el suficiente estímulo para que los médicos jóvenes elijan trabajar aquí. Y es difícil».