«Legal o no, nos va a dar lo mismo. Ya lo tenemos hablado»

Ana (51 años) y Juanjo (53 )viven 
en la localidad guipuzcoana de Zarautz, la
enfermedad de ella no les impide
disfrutar de una de sus grandes pasiones,
los viajes. :: Félix Morquecho/
Ana (51 años) y Juanjo (53 )viven en la localidad guipuzcoana de Zarautz, la enfermedad de ella no les impide disfrutar de una de sus grandes pasiones, los viajes. :: Félix Morquecho

Ana Moskera y Juanjo Uria Esta mujer de Zarautz sufre ELA desde hace 13 años y reivindica, junto a su marido, su derecho a morir «con dignidad»

eutanasias al año. Es la cifra que la asociación Derecho a Morir Dignamente ha calculado que habría en España si no hubiera trabas legales a esta práctica.

LOS DATOS

18.500
Parón en la ley
La iniciativa legislativa que pretendía despenalizar la eutanasia quedó paralizada en el Congreso antes de la convocatoria de estas elecciones
El actual código penal establece penas máximas de hasta 10 años de cárcel.

Hace 13 años, cuando por entonces tenía 38, Ana fue diagnosticada de Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA). «Nos hicieron pruebas durante 12 meses y, un día, en la consulta, nos lo soltaron así de sopetón», cuenta su marido, Juanjo. «No estás preparado para algo así. Tampoco te lo esperas, pese a que sabíamos que algo pasaba porque no podía caminar recta y le fallaban las piernas». Desde entonces, esta pareja de Zarautz que lleva tres décadas unida se ha centrado en sacarle todo el jugo a su existencia. Juntos han hecho de todo. Son muy aficionados al balonmano. Adoran al jugador Erik Balenciaga, hijo de unos conocidos, al que siguen por toda Europa siempre que pueden. «Le hemos visto en Lisboa, por ejemplo». El deportista más pequeño (1,68 metros) de la Liga Asobal es una gran amistad y estímulo.

El estar postrada en una silla de ruedas -«a veces puedo andar un poco»- no impide que Ana viaje con frecuencia. Hace poco estuvo en Salou con una allegada. La enfermedad avanza despacio. «Ella es una mujer muy fuerte. No deja de sorprenderme su entereza», cuenta el marido mientras pasea con Ana por un parque de la localidad gipuzcoana. Hace un sol primaveral, agradable. «Esto es una de las cosas que más me gusta. Salir y disfrutar del buen tiempo», cuenta ella, que vocaliza con algo de dificultad por su dolencia. Sin embargo, se le entiende perfectamente. Habla siempre con una sonrisa en los labios, lo que hace aún más bellos sus ojos verdosos.

Ambos se refieren al futuro con naturalidad, con valentía. Sin dramatismos. «No sabemos si Ana se va a poner peor», se conjura Juanjo. «No te engañes, la enfermedad va a seguir adelante», le regaña ella, con cariño. «Bueno, eso no lo podemos decir al 100%. Puede ser, pero no hay que darlo por hecho», replica él. Por si acaso, la pareja tiene ya todos los cabos atados. Ana ha hecho sus voluntades anticipadas. Lo tiene muy claro: «No quiero sondas ni nada que prolongue mi dolor», asegura. «Lo que deseo, llegado el caso, es que me dejen morir con dignidad», dispara.

«Lo tenemos hablado», afirma Juanjo. «Y hasta está por escrito», añade. «Y nos va a dar igual que sea legal o que no. Porque está ya decidido». Ana asiente. Recientemente le impresionó la película biográfica sobre Stephen Hawking. «No me gustaría acabar así». A la pregunta de si ha visto 'Mar Adentro', de Amenabar, sobre la historia del tetrapléjico gallego Manuel Sampedro, Ana abre de par en par sus ojos. «Sí, es muy emotiva».

La pareja no entiende lo que le ha pasado a Ángel Hernández, el hombre que ayudó a morir a su esposa enferma, María José Carrasco y que llegó a ser detenido. «Es increíble. Una vergüenza. A muchos jueces y políticos les quería ver yo así, ya verás qué pronto cambiarían de opinión. Desde fuera se ve todo con mucha facilidad», protesta Juanjo. «Sé que él me va a ayudar, si el momento llega», le tranquiliza Ana. El matrimonio de Zarautz ha concedido esta entrevista porque quiere reivindicar el derecho «a una muerte digna». Al término del encuentro, Ana y Juanjo prosiguen su paseo. Quieren disfrutar el momento. Ver más partidos de balonmano, hacer más viajes a Salou o Lisboa... Están preparados para la muerte, pero su propósito diario es exprimir cada minuto de vida.