LA EUTANASIA ES LIBERTAD

Todas las leyes de eutanasia del mundo comparten una premisa fundamental: solo la puede pedir la persona que quiere morir. Ni sus padres, ni sus hijos, ni su cónyuge, ni el personal sanitario. Siempre es una muerte voluntaria, libre. Por eso nadie puede solicitarla para otros, ni siquiera con las mejores intenciones. María José Carrasco sorbió ella misma, consciente de las consecuencias, el producto que le provocó la muerte. Su marido, Ángel Hernández, solo le prestó las manos capaces de las que ella ya no disponía.

La justificación de la eutanasia no es el sufrimiento, sino la libertad. La libertad de decidir que ya no quieres ni la vida que tienes, ni la que te espera. Los motivos para pedirla pueden ser muchos: dolores insoportables, una pérdida irreversible de la autonomía o la imposibilidad de llevar a cabo ninguna de las actividades que te hacen feliz. Nadie pide morir por un dolor tratable.

Pensar que con unos buenos cuidados paliativos nadie pediría ayuda para morir es no haber entendido nada. Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo tienen los mejores sistemas de paliativos de toda la UE (junto con Reino Unido). Y también tienen leyes de eutanasia a las que recurren miles de personas cada año, porque no son incompatibles.

La situación legal de la eutanasia en España es una anomalía democrática. En ninguna otra cuestión hay tanta distancia entre lo que opina la ciudadanía y lo que dictan las leyes. La encuesta más reciente, que publicó Metroscopia, lleva al 87% el apoyo a la despenalización de la muerte asistida. El apoyo es abrumador y transversal. Hay una mayoría a favor entre personas de todas las preferencias políticas y religiosas. Casi dos terceras partes de los católicos practicantes están de acuerdo. También el apoyo es abrumador entre los médicos.

Con una ley de eutanasia no habría existido un 'caso María José y Ángel'. No habrían tenido que hacer pública su situación para llamar la atención sobre la injusticia que supone que te obliguen a vivir contra tu voluntad. Además, se habría evitado mucho sufrimiento: la angustia por la clandestinidad del acto, el miedo por si la persona que te ayuda va a la cárcel... Un acto de amor, de respeto a los valores y deseos de María José Carrasco, no recibiría reproche penal. Porque era su vida, y su cuerpo, y su libertad.