Entrar o salir de España

Laura González, arquitecta sevillana que trabaja en París, y Rosemary Oakes, propietaria de una escuela de baile jubilada en Denia, relatan sus vivencias

Laura González y Rosemary Oakes./
Laura González y Rosemary Oakes.
CARMEN BARREIRO
Laura González - Arquitecta sevillana (30 años). Trabaja en en París. Antes lo hizo en China e India

«Muchos de mis compañeros de carrera trabajan por 900 euros al mes»

Laura González empezó a estudiar la carrera de Arquitectura en su Sevilla natal un año antes del inicio oficial de la crisis, en 2007. Sus padres, ambos ingenieros industriales, se lo advirtieron: «Laura, tienes que saber dónde te metes. Tú sabes lo que va a pasar. No va a ser fácil». Pero «la niña» lo tenía muy claro desde «pequeñita». Con 30 años recién cumplidos y «muchas ganas de aprender y participar en proyectos interesantes», esta arquitecta sevillana ya ha pasado por Italia, China, India y ahora Francia. «Podría haberme quedado en mi ciudad. De hecho, nada más terminar encontré un trabajo de prácticas en un estudio muy bueno, pero me apetecía salir fuera, sobre todo después de haber estado un año de Erasmus en una universidad italiana. Mi ilusión era irme a Holanda», confiesa.

Ante la falta de expectativas profesionales -«veía que la gente con experiencia que estaba en el estudio no tenía trabajos gordos de verdad»- y con «toda una vida por delante», Laura decidió marcharse fuera, como han hecho muchos jóvenes de su generación, la más preparada y peor tratada por el mercado laboral patrio. Se apuntó entonces a una bolsa de trabajo para prácticas en el extranjero y le tocó Shanghái. Le gustó tanto que en cuanto acabó los tres meses de contrato regresó a China para trabajar. Estuvo allí otros dos años más hasta que decidió que «ya estaba bien». «El mundo chino es muy complicado, muy especulativo. Como experiencia es fantástica, pero las cosas que se hacen no son de calidad», admite. Buscaba un cambio y lo encontró en India, donde trabajó como voluntaria durante nueve meses en la Fundación Vicente Ferrer.

Al regresar a España el verano pasado volvió a toparse con la misma realidad de la que había escapado tres años antes. «La mayoría de mis compañeros de carrera ahora están trabajando y no están mal, pero ninguno está muy orgulloso de lo que hace. Un arquitecto joven sin cargas familiares encuentra su sitio rápido pero no elige los trabajos, no se posiciona. Estás a sacar lo que se pueda por 900 euros al mes. Como me dicen ellos, 'estar ahí para que el día que salga algo interesante pueda hacerlo'», explica con cierta desazón. Ante esa situación, Laura cogió su maleta y se fue a hacer entrevistas por toda Europa. Amsterdam, Bruselas, París... La capital francesa le robó el corazón, como a dos de sus amigas de la infancia, Fátima y Asun -ingeniera y estilista de moda, respectivamente- que han encontrado en Francia la oportunidad laboral que no tuvieron en España. «No me contrató nadie -explica Laura-, pero me encantó lo que vi. Cómo funcionan los estudios, todo... Así que decidí que me quedaba porque estaba convencida de que algo iba a salir», recuerda. Y así fue. En una semana, ya estaba trabajando en un estudio de arquitectura, «como los que había antes en España, con siete u ocho arquitectos y trabajos de mucha calidad». Tardó siete días en firmar un contrato y seis meses en encontrar piso. A pesar de los miles de kilómetros que la separan de Sevilla, Laura está muy pendiente estos días de la campaña electoral. «Aquí les divierte mucho el tema de Cataluña, pero de lo demás no tienen ni idea».

-¿Volverías a España?

-Si tuviese unas condiciones similares a las que tengo en Francia, sí.

Rosemary Oakes - Propietaria de una escuela de baile jubilada. Británica residente en Denia

«Llevo diez años en Denia y aquíme quedo. Se vive muy bien»

No había verano que Rosemary Oakes y su marido no pasasen en algún pueblecito de las costas españolas. «Mijas, Fuengirola, Ibiza, Menorca, Mallorca, Tenerife, Lanzarote...», enumera con marcado acento británico esta profesora de bailes de salón ya jubilada. Así que en cuanto tuvieron la oportunidad compraron un apartamento en Denia (Alicante). Venían todas las vacaciones. Durante unas semanas al año, cambiaban las salas de su escuela de baile en Nottingham por las interminables pistas de la Costa Blanca, donde la pareja ponía en práctica sus amplios conocimientos sobre rumba, samba y pasodobles. «¡Qué felicidad!», recuerda Rosemary, una «auténtica enamorada» de la música española y sudamericana.

La decisión de trasladarse definitivamente a España vino motivada -como le ocurre a muchos de sus compatriotas- por un problema de salud de su marido. «En 2009 sufrió una hemorragia cerebral y, aunque se recuperó muy bien, pensamos que iba a estar mejor aquí, alejado de la lluvia y el frío de nuestra ciudad. ¡Allí siempre es invierno!», bromea. Ya jubilados y sin responsabilidades familiares pusieron el apartamento en venta y compraron «una casita» en la misma zona, donde ahora vive Rosemary, viuda desde hace cinco años.

«Me encanta vivir aquí. El estilo de vida es maravilloso. Me gusta este país porque es vibrante. Las fiestas populares son divertidísimas, la alegría, el sol, las horas de luz, la temperatura, el mar, pero también la importancia que se le da a la familia. Es el núcleo de todo. La verdad es que ahora mismo no me iría a ninguna otra parte», cuenta emocionada. Además del mitificado y atrayente 'spanish way of life' que tanto disfrutan los ciudadanos extranjeros, otra de las razones que terminaron de convencer a Rosemary para dejar atrás su país e instalarse en Denia fue la oferta sanitaria y de servicios que le ofrece la localidad alicantina. «Los médicos, los dentistas... Todo lo relacionado con la sanidad es estupendo y veo que muchas veces no se valora lo suficiente», se duele esta «joven de 71 años» nacida un 29 de febrero. «Como ves, solo cumplo cada cuatro años», ríe.

La seguridad, el ir por la calle a cualquier hora con tranquilidad o el poder vivir sola en una casa «sin tener miedo» es, a su juicio, otro punto a favor de su nuevo país de residencia. En contra, la burocracia. «Para todo hay que hacer mil papeleos, entregar no se cuántos documentos. Menos mal que tengo un abogado que me resuelve estas cosas porque si no...», comenta Rosemary, a la que le gusta compartir su día a día con los paisanos del pueblo: «Muchos británicos solo se relacionan entre ellos, van a pubs para británicos, compran en supermercados de productos británicos... A mí me gusta compartir y mezclarme con todo el mundo», apostilla. De su país apenas echa nada de menos. Sí a su familia; a su tía, a sus primos.... Pero los ataques de morriña los soluciona con un billete de avión. «En dos horas y media estoy en Nottingham. Suelo ir una o dos veces al año, aunque ahora...».

-¿Le preocupa el 'brexit'?

-Oh, my god! De eso no quiero ni hablar. Es un rollo, una vergüenza.