El descubrimiento de la España despoblada

El descubrimiento de la España despoblada
JOSÉ MARÍA DELGADO URRECHOProfesor titular de Geografía Humana de la Universidad de Valladolid

La despoblación no es un hecho reciente aunque sus causas iniciales parecen haberse olvidado y solo se hable de las consecuencias, poniendo parches a una situación en algunos casos difícilmente reversible. La industrialización desde finales de los años cincuenta se basó en los dictámenes de una política centralista ajena a la diversidad regional, concentrando estímulos públicos a la inversión privada en un limitado número de ciudades y relegando a los núcleos de mediana entidad.

Un proceso, sin lugar a dudas, generalizado en Europa, pero no siempre tan polarizado ni realizado al margen de otras directrices de ordenación territorial. A la par, la modernización de las explotaciones agrarias gracias a la concentración parcelaria y la mecanización, intensificó el éxodo de campesinos sin tierras y pequeños propietarios. La causa no fue el mero atractivo del nuevo devenir urbano, sino la expulsión de una mano de obra necesaria en la ciudad, donde se concentró en barrios obreros edificados ad hoc alejados del centro. Como toda migración, no fue ningún capricho, sino una necesidad impuesta por la supervivencia, mantenida hoy día al sumarse a la falta de trabajo la de servicios y equipamientos.

La transformación de las redes de transporte tampoco favoreció al medio rural, concentradas las inversiones en trenes y líneas de alta velocidad, autovías y autopistas que marginaron todavía más a los pueblos, donde ya nadie recalaba al dejar de discurrir por ellos las principales vías de tránsito y deteriorarse las redes comarcales. Los pequeños negocios perdieron esa clientela añadida, sucumbiendo finalmente a la caída de la demanda local.

Las consecuencias son el actual déficit de servicios en las pequeñas localidades y la menor accesibilidad desde ellas a los ubicados en centros comarcales que, tenaces, todavía sobreviven a la indiferencia administrativa gracias a la explotación de sus recursos endógenos. Pero el vaciamiento de sus áreas de influencia, cuya población contribuía a mantener su día a día, y una inexistente política de ordenación territorial a largo plazo, que debería haber potenciado el dinamismo económico allí donde sí era posible, acabaron con las expectativas de futuro de muchos. Para rematar la faena, el mayor monto de las ayudas de la PAC acaba en manos de grandes empresas y propietarios urbanitas cuya actividad principal en demasiadas ocasiones no es la agraria, restando ingresos a los sustentadores de una economía rural que aunque diversificada, siguen siendo los agricultores y ganaderos a tiempo completo.

Tras una evolución tan prolongada, descrita y explicada hace tiempo por profesionales del territorio, denunciada por administraciones autónomas, municipios y provincias, resulta extraño que combatir la despoblación no haya sido una de las prioridades de la política nacional hasta que los afectados y algunos periodistas la convirtieran en noticia. El voto en estos pueblos, hasta ahora considerado cautivo, ha cobrado gran importancia en virtud de su más que posible fragmentación y, de pronto, la España 'vaciada' -no lo está- adquiere relevancia. Bienvenido sea ese reciente interés siempre que se mantenga y se centre en solucionar los problemas mediante políticas de ordenación territorial realistas, mejorando la accesibilidad física y no solo virtual -suena más progresista hablar de la banda ancha-, en lugar de limitarse a poner rotos a tanto descosido. Que sirva de algo el disputado voto del señor Cayo.

Más información