«Algo falla en mi vida si me paso un sábado por la noche sujetando las piernas a un 'yonqui'»

Funcionario de prisiones. 
Gustavo Alonso denuncia 
la escasez de personal en 
las cárceles y pide una 
mayor remuneración para 
los profesionales que 
conviven con el peligro./  J. SIMAL
Funcionario de prisiones. Gustavo Alonso denuncia la escasez de personal en las cárceles y pide una mayor remuneración para los profesionales que conviven con el peligro. / J. SIMAL

Gustavo Alonso Funcionario de prisiones

Gustavo Alonso se recuerda a sí mismo hace unos años, una noche de julio a eso de las tres de la madrugada preguntándose qué era realmente lo que estaba haciendo. Intentaba inmovilizar las piernas de un preso toxicómano que había tenido acceso a droga en la cárcel de Ocaña II, en Toledo, mientras otros compañeros hacían lo propio con los brazos y el resto del cuerpo. «Algo falla en mi vida si me paso la noche del sábado sujetando a un 'yonqui' en un pueblo de Castilla-La Mancha», pensó entonces, y lo sigue creyendo ahora, «porque nadie se convierte en funcionario de prisiones por vocación», asegura. Él lo hizo en 2005 al buscar una salida laboral, estable, con cierta calidad de vida y porque era una oposición «sacable», pero no oculta las miserias de un trabajo en el que se comparte vida con ladrones, 'camellos', asesinos, terroristas o violadores, y en la que hay puestos en los que se queda «a merced de los presos», porque a veces «hay 150 por funcionario».

La escasez de personal es una de sus principales reivindicaciones, así como la necesidad de más preparación. Por ello, defiende la creación de una especie de cuerpo especial de funcionarios para hacer frente a los habituales problemas que se dan en prisión, sobre todo, en las cárceles más conflictivas, en las que la violencia y el peligro están a la orden del día y se convierten en «rutina» para sus trabajadores, más para aquellos que están destinados en los módulos considerados complicados, como los de aislamiento o enfermería, aunque también en los servicios de interior, como la vigilancia del patio. «Entra mucha droga», reconoce, pero el peligro puede venir de cualquier parte. «Somos inflexibles con los pinchos», advierte, pero es difícil, esos pinchos nacen de la nada, «hasta de un hueso de pollo».

Este asturiano, de 44 años, está destinado en la prisión de El Dueso, en Cantabria, un poco más cerca de casa, aunque calcula que necesitará unos 20 años en total para lograr el puesto que quiere, en la cárcel asturiana de Villabona. Le quedan seis, pero podrían ser más, porque «no hay concursos de traslados anuales», se queja. Antes de recalar en el centro penitenciario de Santoña, estuvo en el provincial de Santander, ya desaparecido, en el de Ibiza y en el toledano de Ocaña II.

Pertenece este gijonés a uno de los colectivos más beligerantes en los últimos meses de todos los que forman la Administración estatal. Para ese enfado generalizado tiene una explicación, que va más allá de la necesidad de aumentar plantilla -hay una oferta pública de empleo para 900 personas-. «Se nos prometió una subida lineal de 350 euros un martes y el viernes se desdijeron porque la Función Pública no lo autorizó. Eso ha generado mucho malestar. Fue una tomadura de pelo», considera, sobre todo, si se comparan con las mejoras de la Policía o la Guardia Civil. «Es que no todos los funcionarios trabajamos lo mismo», defiende. Ni siquiera dentro de las cárceles el esfuerzo es similar. Por eso, cree que debería haber una reforma general del sistema retributivo para reconocer ese esfuerzo y peligrosidad, incluso para promocionar, «que ahora no merece la pena, si no es para coger puntos para los traslados».