Elefantes en la campaña

Los grandes retos de España tienen todos una dimensión europea o internacional. Las mayores amenazas vienen de fuera de nuestras fronteras. Las oportunidades para el país dependen de saber gestionar intereses y proyectar valores en una globalización cambiante y complicada. Pero la campaña electoral ha discurrido por lo general ignorando a estos elefantes en la habitación, como si viviésemos desconectados del resto de Europa o aislados del mundo. En los programas de los partidos las referencias a los asuntos internacionales aparecen solo al final y con frecuencia redactados de forma simplista. Algunas promesas suenan a brindis al sol, otras son manifestaciones de buena voluntad, que nos parecerían inadecuadas para hablar en serio de pensiones, competitividad, modelo territorial o derechos fundamentales. En los debates de la semana final de campaña, se reserva muy poco tiempo para discutir lo que ocurre en el planeta. Y sin embargo, la interdependencia entre lo doméstico y lo global es completa. No hay seguridad interior sin política exterior y defensa. De poco sirve la lucha contra la desertización sin los acuerdos internacionales sobre el cambio climático. El futuro del Estado del Bienestar depende en gran medida de que el rediseño del euro, aún pendiente de pactos esenciales, tenga éxito. Hay dos explicaciones sencillas pero poco convincentes sobre la dificultad para levantar la vista. La primera, asumir que los votantes tienen una mentalidad todavía más local que sus representantes y que estos temas no les movilizan. Les daría igual, por ejemplo, la amenaza nacionalista y populista a la integración europea o la estabilidad en el Norte de África. El segundo razonamiento es pragmático: no hay soluciones fáciles ni evidentes a ningún problema europeo o global, así que mejor no introducirse en estos laberintos. No me convencen ninguno de estos dos argumentos. Nuestra ciudadanía está mejor informada que ninguna otra generación en la historia sobre el mundo y es muy consciente de lo que nos jugamos en el exterior. La falta de recetas claras para abordar la complejidad europea e internacional debería llevar a más análisis, debates y contraste de opiniones, y no a esconder la cabeza bajo tierra.