La preocupación por la consolidación de Vox se extiende a todos los partidos

Santiago Abascal, junto a cartel en el que Vox llama a «hacer grande a España otra vez». :: alberto ferreras/
Santiago Abascal, junto a cartel en el que Vox llama a «hacer grande a España otra vez». :: alberto ferreras

Del PP a Podemos admiten que el partido de extrema derecha va a afianzar su presencia en las instituciones a partir de las próximas elecciones

RAMÓN GORRIARÁN

madrid. La convicción de que Vox no va a ser flor de un día se ha extendido como un reguero de pólvora entre todas las fuerzas políticas. Desde el PP hasta Unidos Podemos hay un análisis coincidente en que Andalucía solo ha sido un trampolín para saltar al escenario nacional y consolidar una presencia institucional. Ahora bien, cómo abordar este fenómeno es motivo de un enconado debate. PSOE, Unidos Podemos y los nacionalistas defienden que hay que trazar un cordón sanitario y aislar al partido de Santiago Abascal. El PP cree que hay que normalizar las relaciones, mientras Ciudadanos se debate en un mar de dudas.

A falta de la concreción que dan unos resultados electorales para calibrar las fuerzas de unos y otros, las primeras extrapolaciones de los resultados de Vox en Andalucía -casi 400.000 votos y 12 escaños- a unas elecciones generales apuntan a que obtendrían entre dos y tres millones de votos, y entrarían el Congreso con entre nueve, según la consultora Target Point, y 25 diputados, de acuerdo a un estudio con promedio de encuestas publicado por El Español. Fuentes de la dirección del partido no se arriesgan con números pero comparten en que van a incorporarse a la arena parlamentaria nacional con fuerza y para quedarse. Con todo, su mejor baza puede ser la de las europeas, en las que se vota en circunscripción única para toda España. Abascal cree que Vox puede ser primera fuerza y que, de no ser así, tendrá más de una docena de eurodiputados. El PP ganó las de 2014 con 16, seguido del PSOE con 14. Unos desconocidos de Podemos sumaron cinco.

Explotación de sentimientos

«¿Pero qué ha pasado, los andaluces se han vuelto fachas de golpe y los demás vamos a serlo?». La pregunta, con ligeras variantes, se la hacen diputados de todos los colores políticos. En Andalucía, según varios expertos, se dio la tormenta perfecta: campaña en clave nacional muy centrada en la crisis catalana y en medio de una fuerte llegada de inmigrantes irregulares, erosión de la derecha y desmovilización de la izquierda. Además de 36 años de Gobierno socialista. Esas circunstancias no tienen por qué repetirse en posteriores citas electorales, pero la clave no está en lo circunstancial sino en que el discurso de Vox ya ha impregnado amplios sectores sociales que ya no ven como un desdoro apoyar a Vox. «Es un fracaso colectivo», se quejaba esta semana un expresidente autonómico socialista.

Pero no es del todo así. El fenómeno estaba ahí, se había extendido por casi todos los países europeos con las excepciones de España, Portugal e Irlanda, y ya ha aterrizado en España. No es una extrema derecha a la antigua usanza, franquista, anticonstitucional, violenta y antidemocrática. Con esas organizaciones «ni tenemos ni queremos relaciones», apuntan en la dirección del partido. Vox, más que un programa, en Andalucía ha explotado sentimientos, el miedo al inmigrante en un país con más del 10% de población extranjera, una tasa de paro elevada y con miles de africanos a las puertas; el amor a la patria y la unidad nacional en medio de la crisis catalana; el rechazo a la corrupción en una sociedad empobrecida por la crisis. Un nutritivo caldo de cultivo para que germine un discurso dirigido al corazón y sin filtros intelectuales.

No va a ser flor de un día porque, para empezar, el populismo de derecha radical o extrema es un fenómeno global, y para seguir, en España y otros países está demostrado, según el profesor de Ciencia Política, Ignacio Jurado, que a medida que se estigmatiza a un partido, como ocurre con Vox con su etiquetaje de fascista, machista, anticonstitucional o extremista, solo se consigue que aumente su respaldo y se extienda la sensación de que votarlo no es malgastar la papeleta y no tiene reproche social. Ya lo dice Santiago Abascal: «Crecemos gracias a los insultos». Por otra parte, la visibilidad que da la presencia en un parlamento es, como está muy probado, un factor de crecimiento para un partido novel.

Vox ha sido un 15M para la derecha porque ha despertado el voto desengañado del PP (cerca del 50% de los 400.000 obtenidos en Andalucía procedió del caladero popular), pero no solo eso. Ha captado también respaldo del votante de izquierda, así de hecho lo aceptan en el PSOE y Unidos Podemos, porque el suyo en un importante porcentaje es un voto «más de adscripción que de ideología», según el profesor de Ciencia Política de la Universidad de Granada, Ángel Cazorla.

Ante la presencia sin vuelta atrás de Vox en el tablero político, PSOE y Podemos abogan por seguir la estrategia de aislamiento que siguen todas las fuerzas políticas en Francia con la Agrupación Nacional de Marine Le Pen o con la Afd de Alemania, que pese a su importante respaldo en las urnas no gobiernan ni pactan con otros para gobernar. Entenderse con la extrema derecha puede traer beneficios a corto plazo, pero no es una operación rentable a largo, apunta un diputado socialista. Una reflexión que se ve corroborada en buena medida con lo que pasa en Austria, Finlandia, Dinamarca o Bélgica, donde las fuerzas populistas de extrema derecha se entendieron con tradicionales partidos conservadores, liberales o democristianos y ahora se ven en serios apuros. El PP o Ciudadanos aún no tienen una estrategia definida, aunque los populares se muestran proclives a buscar puntos de confluencia. Los 'naranjas' se debaten entre el interés nacional y la presión internacional de sus colegas europeos en sentido contrario.

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