Verano desde la grada

Rocío Florido, un talento forjado entre libros

Florido, en lo alto del podio, junto a Cabecinha y Jiménez, en el Iberoamericano de Huelva de 2004, cuando fue oro en los 10 km marcha. /EFE
Florido, en lo alto del podio, junto a Cabecinha y Jiménez, en el Iberoamericano de Huelva de 2004, cuando fue oro en los 10 km marcha. / EFE

Trigésima en marcha en los Juegos Olímpicos de Atenas de 2004, tiene dos hijos y no deja de lado la práctica deportiva tras su retirada

MARINA RIVAS

Sus sueños fueron creciendo a medida que fue alargándose su zancada. La historia de la malagueña Rocío Florido es la misma que la de tantos otros deportistas que no son conscientes de hasta dónde puede llegar su talento. En sus inicios ella sólo quería correr porque disfrutaba con las carreras populares de El Corte Inglés. Aquello le llevó a apuntarse al equipo de atletismo del Instituto Santa Rosa de Lima y, de repente, de la noche a la mañana, ahí estaba, debutando en una Copa del Mundo sólo cinco años después de haber encontrado el motor de su vida: el atletismo. Eso sí, aún recuerda que una imagen concreta avivó aquel deseo: «Vi a Dani Plaza ganando el oro en los Juegos de Barcelona 92 (en los 20 kilómetros marcha) y ya me terminé de enamorar. Era mi primer año como atleta, vi eso y me lancé, quería llegar ahí».

Y lo hizo. Llegó a unos Juegos, concretamente a los de Atenas 2004. El resultado fue un trigésimo puesto, pero realmente no le importó. Ya era suficiente con desfilar, en nombre del país, por la ciudad que dio vida a los Juegos de la era moderna. En aquella época, Florido militaba en el Valencia Terra i Mar, pero también creció en el Club Atletismo Málaga, el equipo de la UMA y, en el conjunto del Santa Rosa de Lima, el de su instituto. Aquella cuadrilla ya apuntaba maneras. «Conmigo competían Dana Cervantes (olímpica en pértiga), Tomás Fernández (el entrenador de Borja Vivas), que hacía triple... Éramos un gran equipo», recuerda.

La malagueña fue creciendo a pasos agigantados y eso la llevó a ser becada en el Centro de Alto Rendimiento de Madrid, donde residió y se entrenó cinco años, a las órdenes del reconocido técnico nacional José Antonio Quintana. Una época en la que la marcha española brillaba con nombres como el de Paquillo Fernández, María Vasco o María José Poves, y también unos años en los que uno se podía dedicar íntegramente a esto. «He sido una afortunada por haber podido vivir de mi pasión por el atletismo, pero también es verdad que cuando entró la crisis en España comenzó a haber muchos recortes, los clubes lo pasaron fatal...», recuerda.

«La vida de atleta no era nada comparada a la rutina de una madre trabajadora». Actualmente trabaja de fisioterapeuta en un hospital público de Navarra, donde reside

Pero ella, previendo que la vida como deportista no era ni mucho menos infinita a pesar de sus internacionalidades y títulos nacionales, no dudó en volcarse con los estudios mientras se entrenaba. «Siempre me ha gustado estudiar. En los momentos en que estaba agobiada por las competiciones me ponía a ello. Me venía muy bien para pensar en otra cosa. Incluso diría que el deporte me ayudaba a rendir más en lo académico. Se lo recomiendo a todo el mundo», asegura la malagueña. Casi completó Biología y, después, se tituló en Fisioterapia, su segunda pasión y de la que vive actualmente. Florido toca madera aún a día de hoy, porque nunca durante su etapa como deportista tuvo alguna lesión significativa, lo que le permitió decidir cuándo retirarse.

Lo hizo cuando ya quiso cambiar de vida, dedicarse al trabajo y formar una familia. «Llegué a competir embarazada y en 2010 fueron mis últimas competiciones. En 2011 tuve a mi hija y en 2012 a mi hijo. Ambos nacieron en Málaga pero se han criado en Navarra», comenta. Y es que, desde hace una década, la malagueña se trasladó de la capital a Pamplona junto a la que era su pareja, el también marchador internacional Rodrigo Domínguez, con el que compartió grupo de entreno en el CAR de Madrid.

De Madrid a Navarra

En el poco tiempo libre que tiene, Florido aprovecha también para hacer alguna actividad física, como senderismo, aunque ahora siempre busca ir acompañada. Además, aprovecha para volver a la provincia en cuanto la ocasión se lo permite. «Después de quince años fuera, echo mucho de menos Málaga, pero al final una va donde tiene el trabajo y a mi me va bien aquí», comienza. «Cuando bajo voy con mi primo Pepe Florido o mi cuñado Paco Escalona a entrenarme. Tienen un grupo en Fuengirola con el que hacen carreras populares y maratones y donan todo lo recaudado a causas benéficas», añade.

Eso sí, asegura que le sigue costando más correr normal que marchar, movimiento que tiene automatizado. No sabe dónde estará de unos años, pero tiene claro que el atletismo regresará a su vida, en forma de alguna competición máster con la camiseta del Pamplona Atlético de Madrid o quizás acompañando a sus hijos desde la grada. Con el tiempo, como todos, ha aminorado la marcha, pero este deporte sigue impulsando su vida.