Verano desde la grada

Theresa Zabell: Una pionera al servicio del mar

Zabell, a la izquierda, junto a Begoña Vía Dufresne, con la medalla de oro conseguida en Atlanta 96./SUR
Zabell, a la izquierda, junto a Begoña Vía Dufresne, con la medalla de oro conseguida en Atlanta 96. / SUR

Soñaba con ir a los Juegos Olímpicos cuando aún no había una clase para mujeres y después de ganar dos medallas de oro decidió devolver al mar todo lo que le había dado a través de su fundación

FERNANDO MORGADO

Con apenas siete años, Theresa Zabell (Ipswich, Reino Unido, 1965) recuerda pasar el verano en el desaparecido Club Náutico Torreblanca de Fuengirola, disfrutando de la piscina con sus cinco hermanos. «Había tres o cuatro zonas con barcos de vela pequeños y ya me fascinaba. Cuando veía a alguno subir las velas me acercaba y me sentaba al lado esperando a que me ofrecieran subirme, cosa que nunca ocurría. Aún no había navegado, solo surfeaba alguna ola con una tabla de corcho. Más adelante, ya en el Club Náutico de Fuengirola, empecé a pasarme los días en el puerto».

La historia de Zabell es, sin duda, la de una pionera, y no solo en su carrera deportiva. Soñaba con ir a los Juegos Olímpicos cuando aún no había clases para mujeres y eran muy pocas las que podían competir en los mismos barcos que los hombres –hasta Seúl 88 no nació la categoría femenina de 470–. «Era un sueño imposible, como si sueñas con volar. Y sin embargo para mí era real, e iba a entrenar imaginando que estaba en los Juegos Olímpicos. Cuando tenía 20 años y ya pensaba en dedicar mi vida a otra cosa, se decide que haya una categoría femenina en la vela olímpica y reoriento toda mi vida. Busco los fondos para un 470, me voy a Barcelona y empiezo la preparación».

«No ir a Seúl fue un gran palo. Pero volví no para ganar, sino para arrasar»

El tesón de la fuengiroleña pronto dio sus frutos, pero no fue suficiente. En una decisión que aún no se explica, su barco no fue elegido para participar en Seúl en el 88, aun habiendo sido campeona del mundo en 1985. «Entonces me aparté un poco. Aproveché para irme a Inglaterra y hacer un posgrado. A veces, cuando estás dolido, lo mejor es apartarse y ver la situación desde fuera. Nunca me han explicado nada, pero la vida seguía y decidí ir a por la siguiente oportunidad», explica Zabell desde Madrid, donde ahora reside.

De aquel bache, que define como «el mayor palo» de su vida deportiva, salió una Theresa Zabell más decidida si cabe. «Al final retomé la vela con fuerza para Barcelona. No para los Juegos, sino para la selección previa. Y no para ganar, para arrasar. Y así fue. Patricia Guerra y yo llegamos como campeonas de España, de Europa, del mundo y números 1 de la clasificación mundial. Y al final, nos llevamos el oro», cuenta con naturalidad.

Experiencia olímpica

De su primera experiencia olímpica recuerda con cariño la ceremonia de inauguración, «un 'subidón'». Sin embargo, la dedicación que exige la vela era incompatible con el disfrute de la vida de la Villa Olímpica. «Recuerdo que a la vuelta di una rueda de prensa junto a María Peláez, que tenía 14 años y se había hecho fotos con todo el mundo. Yo apenas tenía anécdotas. Estábamos en el puerto de sol a sol, puliendo el barco, sacándole brillo... Los regatistas somos muy obsesivos y la competición se alarga mucho. A veces cuando íbamos a cenar ya no quedaba nadie porque eran las once o las doce de la noche», confiesa Zabell, que tiene expuestos los dos oros en una estantería de su casa.

Tras Barcelona, Theresa Zabell tuvo que cambiar de pareja, pero el éxito la siguió acompañando. «Patricia decidió no seguir y empecé a navegar con Begoña Vía Dufresne. Fueron años muy intensos para compenetrarnos, pero lo conseguimos muy rápido. Fue una relación muy fructífera. Ganamos tres mundiales (1994, 95 y 96) en cuatro años y luego el oro en Atlanta 96. Daba gusto competir con Begoña, era todo entrega», recuerda la malagueña de su compañera, con la que sigue en contacto, al igual que con Guerra. A día de hoy, Theresa Zabell sigue siendo la única deportista española en ganar dos medallas de oro olímpicas.

Responsabilidad social

Después de todo lo que el mar le ha dado, Zabell se sentía en deuda. Es por ello que, tras su retirada, decidió ponerse al servicio del medio ambiente, soñando una vez más con una meta lejana. Porque hace 20 años, que son los que ha cumplido su fundación, Ecomar, la conciencia sobre la importancia del cuidado de los mares y océanos no estaba en absoluto extendida. «Al principio nos dedicábamos más a explicar nuestras intenciones que a llevarlas a cabo. Ahora hay muchas personas que se han subido a nuestra ola», apunta. Con Ecomar, Zabell organiza limpiezas de costas y campañas de concienciación orientadas a los niños en España y Portugal. Cuenta con Marina Alabau y Saúl Craviotto, entre otros, como padrinos y Zabell se siente orgullosa de que sus dos hijos, Olimpia y Eugenio, hayan crecido con su filosofía.

En estos 20 años también ha tenido tiempo para involucrarse en la política, como eurodiputada entre 1999 y 2004, y en el Comité Olímpico Español, del que fue vicepresidenta entre 2007 y 204. Su etapa en Bruselas fue «maravillosa». «Cuando me llamaron no era el mejor momento, porque mi hija tenía apenas dos años, pero pensé que los deportistas siempre exigimos cambios y cuando se nos abren las puertas tenemos una responsabilidad», añade. Además de Ecomar, Zabell asesora a empresas del mundo del deporte, da conferencias, ejerce como consultora para la UNESCO en temas de dopaje y trabaja para una empresa de eventos deportivos con sede en Londres. En su caso, su tiempo libre se funde con sus obligaciones con la fundación, pero siempre reserva alguna semana para relajarse con su familia en la costa malagueña.