Verano desde la grada

El 'Panda' que llegó a Ferrari

El mijeño José Manuel Cerezo, en el Mundial de Sevilla de 1999, donde compitió en los 800 metros./EFE
El mijeño José Manuel Cerezo, en el Mundial de Sevilla de 1999, donde compitió en los 800 metros. / EFE

En la casa del olímpico no hay ni rastro de sus recuerdos internacionales. Prefiere no vivir del pasado y seguir construyendo su vida, como entrenador del Club Atletismo Mijas

MARINA RIVAS

No hay nada más rutinario para un deportista de élite que pasar por el médico para comenzar la puesta a punto. Sin embargo, rompiendo con lo habitual, un doctor consiguió que uno de los atletas malagueños de mayor proyección recordara para siempre sus palabras. «Me dijo que yo era como un Ferrari con las ruedas de un Seat Panda», recuerda el mediofondista olímpico José Manuel Cerezo en tono jocoso. Aquella sólo era una definición desenfadada de lo que acabaría siendo una fuente de problemas: la bóveda del pie izquierdo del mijeño estaba hundida, defecto de nacimiento que le acabó ocasionando más de una lesión y un desgaste que, unido al talón de Aquiles, en 2006 le costó su retirada de la élite.

Todavía a día de hoy se pueden contar con los dedos de las manos los atletas de la provincia de Málaga que han conseguido cumplir el sueño de todo gran deportista: llegar a unos Juegos Olímpicos. Cerezo es uno de ellos, lo hizo en los 800 de la cita de Sydney 2000. Con nostalgia, recuerda que comenzó en el atletismo porque el que fuera entrenador de fútbol de su localidad incitaba a sus pupilos a disputar las carreras populares, para coger fondo. No le importó la idea y, de hecho, pronto se dio cuenta de que, igual que era un auténtico desastre con el balón, podía destacar sobre el resto a la hora de correr.

Vistas sus facultades, comenzó a tomárselo en serio aunque por la zona no hubiera las instalaciones que deseara. «La pista más cercana era la de Arroyo de la Miel. Allí me entrené toda mi vida, todos los días». ¿Y cómo iba? Así lo explica: «Mi padre no me acercaba, porque el coche no estaba para eso, estaba para una urgencia o para algo de trabajo, no para diversión. Eso era así. Así que me juntaba con un grupo de compañeros o iba en autobús o en tren». Con trabajo y talento, el mijeño empezó a brillar. En su etapa como júnior, cuando ya hacía sus pinitos como internacional con la selección española, llegó a pesar 57 kilos; más tarde, ya en categoría absoluta y con 1,80 de altura, pasó a 63. Ahora pesa 20 más, pero no por la dejadez física, porque pasen los años que pasen siempre se considerará «un friki del atletismo».

Aquel peso sólo era parte del sacrificio que conllevaba querer vivir del deporte y él lo consiguió. «Podía vivir de correr y hoy día gente que corre mucho más que yo no puede decir lo mismo. Yo antes pagaba la hipoteca y vivía con las becas, los premios de las carreras, los patrocinadores…», cuenta. Y detalla: «Fui profesional unos diez o doce años, pero si no corrías, no cobrabas. De esos, cuatro años no cogí ni un duro, otros cuatro inviernos estuve lesionado... Y aun así cobraba aproximadamente lo mismo que mi padre, que trabajaba como policía local». Era motivo más que suficiente para que no quisiera seguir sus pasos, sino forjar su futuro propio a raíz de la que era su afición. Eran buenos tiempos, él mismo lo suscribe, por lo bajinis.

Cambio de vida

En una entrevista con SUR, en el año en que las pesetas pasaron al olvido, un Cerezo que rondaba los 30 negaba su retirada, incluso seguía buscando mínimas mundiales. En su palmarés descansaba un séptimo puesto europeo, un título de campeón de España absoluto (y alguno que otro más en categorías inferiores) y una veintena de internacionalidades (con dos Mundiales y los Juegos). Su entrenador de toda la vida, sin embargo, le auguraba sólo cuatro años más en la élite; por su parte, él esperaba que fueran seis más. Ganó su entrenador, Rafa Morales. Así, en 2006 pasó a un segundo plano, pero no atravesó la etapa de indecisión por la que pasan muchos tras su retirada. «No puedo cambiar mi vida, he tenido lesiones y me he tenido que adaptar. No me gusta soñar con '¿qué hubiera pasado si…?'. La realidad es la realidad y estoy muy bien ahora pese a que sí que cometí el fallo, en su momento, de dedicarme exclusivamente a entrenarme y no haberme sacado una carrera como la de Fisioterapia, que me encantaba», lamenta.

Pero su energía y su mentalidad, con el 'carpe diem' por bandera, le empujaron a no permanecer ni un segundo parado. A los 16 años, mientras competía, Cerezo ya comenzó a llevar a sus grupos de atletas y hoy (y desde su retirada) se dedica plenamente a ello. Cada día, de 14.00 a 17.00 horas, es monitor en un gimnasio municipal y de 17.30 a 22.00 horas, aproximadamente, es entrenador del Club Mijas en el Hipódromo de la localidad, donde cuatro monitores llevan una escuela de 280 personas (en torno a un centenar federadas). Durante el año, acompaña a sus pupilos por los campeonatos territoriales y nacionales. Con todo lo que ha aprendido en este tiempo acerca de las diferentes modalidades, a nadie le extraña ya ver al que fuera olímpico en 800 lanzando martillo o saltando pértiga en las citas por clubes.

Viaja tanto durante el año que ahora, en verano, sólo quiere el tiempo libre para hacer algo de escalada, más deporte o simplemente disfrutar de una buena cerveza en la playa con los amigos. Lo que sea, menos quedarse en casa. Un hogar donde no guarda ni un solo recuerdo de su etapa en la élite. Desconoce el paradero de sus medallas y, antes de que su padre falleciese, le regaló su chándal olímpico para que regase en el campo. Porque Cerezo es de los que defienden que se sobrevalora lo material y que sí, que los recuerdos son imborrables, pero que no se puede vivir eternamente de lo que una vez se fue.