El malagueño que salvó la vida a Ricardo Zamora

Ricardo Zamora./
Ricardo Zamora.

Bohemio, sablista y pendenciero, el escritor Pedro Luis de Gálvez evitó que el mítico portero fuese fusilado en Madrid al comienzo de la guerra civil

ÁNGEL ESCALERAMÁLAGA

En el convulso Madrid de los primeros meses de la guerra civil, Pedro Luis de Gálvez se paseaba vestido con un mono azul y un correaje al cinto en el que sobresalía un pistolón que daba miedo. Nacido en Málaga en 1882, De Gálvez fue de peripecia en peripecia desde su adolescencia. Bohemio irredento, sablista cualificado, pendenciero valeroso, bebedor impenitente, mujeriego voraz, periodista aventurero, escritor mordaz, poeta de sonetos que causaron la admiración de Jorge Luis Borges, ácrata de ideología y vividor con mayúsculas, Pedro Luis de Gálvez evitó en 1936 el fusilamiento del mítico portero de fútbol Ricardo Zamora, que se encontraba encarcelado en la madrileña cárcel Modelo.

Zamora, tras ganar la Copa de España en Valencia con el Madrid, regresó a la capital de España, donde le sorprendió el estallido de la guerra civil. Aunque el deportista se definía como apolítico y negó cualquier relación con el fascismo, fue detenido por haber escrito colaboraciones en el periódico Ya, diario muy ligado a la Iglesia católica. Una vez en la prisión, el deportista temía que en cualquier momento se produjese su fusilamiento. Sin embargo, su suerte cambió la mañana en que Pedro Luis de Gálvez se asomó a un balcón de la Modelo y, con voz estentórea, reclamó la atención de reclusos y milicianos. Los hechos fueron recogidos en una crónica publicada por Ramón Gómez de la Serna en el periódico argentino La Nación.

«He aquí a Ricardo Zamora, el gran jugador internacional de fútbol dijo el escritor. Es mi amigo y muchas veces me dio de comer. Está preso aquí y esto es una injusticia. Que nadie le toque un pelo de la ropa. Yo lo prohíbo», afirmó De Gálvez antes de besar y abrazar al portero a la vez que gritaba: «¡Zamora, Zamora!» de una forma tan autoritaria que nadie osó contradecirlo.

Un par de días después, Zamora abandonó la prisión y, a continuación se refugió con su hija y su mujer en la embajada de Argentina. Antes de conseguir la protección diplomática, el guardameta regaló una foto a su salvador en la que aparecía esta frase: «A Pedro Luis Gálvez, el único hombre que me ha besado en la cárcel». El mítico portero, conocido por el sobrenombre de El Divino, permaneció en la embajada argentina, ubicada en esas fechas en el número 42 del Paseo de la Castellana, hasta que en 1937, acompañado por su familia y con salvoconducto diplomático expedido por el Ministerio de Asuntos Exteriores y por el Gobierno argentino, se trasladó en coche hasta Alicante. En el puerto de esta ciudad mediterránea el deportista y un grupo de refugiados embarcaron en el torpedero Tucumán, de bandera argentina, que zarpó rumbo a Francia.

Una vez acabada la contienda, Pedro Luis de Gálvez fue sometido a un consejo de guerra. El bohemio escritor presentó la foto dedicada por Ricardo Zamora como prueba eximente. No tuvo éxito; el perdón no llegó. Fue condenado a la pena capital, a pesar de que había constancia de que también había ayudado a otras personas como, por ejemplo, Ricardo León, Pedro Mata o el doctor Martín Calderín. De Gálvez fue fusilado el 30 de abril de 1940. La vida de este peculiar malagueño estuvo repleta de hechos llamativos. Su figura recobró protagonismo en la novela Las máscaras del héroe de Juan Manuel de Prada.

Hizo la carrera de teatro

Hijo de un general carlista, tras estudiar con buenos profesores, ingresó en el Seminario. Lo expulsaron por mal comportamiento. Decidió hacer carrera en el teatro, pero su padre lo bajó del escenario a garrotazos en plena representación de una obra. Una incendiaria proclama contra el ejército le costó ser detenido y su ingreso en el penal de Ocaña condenado por un delito de lesa majestad. Desde la cárcel escribió un relato con el que ganó un premio literario. Eso le granjeó el favor de destacados escritores y periodistas. Gracias a esos apoyo fue indultado y empezó a trabajar en el periódico El Liberal, donde no permaneció mucho tiempo; su forma de ser le impedía echar raíces en un empleo.

Sablista sobresaliente (incluso escribió un librito titulado El sable), era un artista a la hora de sacarles los cuartos a amigos y conocidos. A pesar de que ahogó en vino buena parte de sus cualidades como escritor dejó obras que recibieron muy buenas críticas. De las múltiples anécdotas que se cuentan de Pedro Luis de Gálvez destaca la que protagonizó por los cafés del Madrid de los años de la bohemia valleinclanesca. En una caja de zapatos paseó el cadáver de su hijo recién nacido pidiendo dinero para enterrarlo.

Un personaje, sin duda, Pedro Luis de Gálvez, al que el Ayuntamiento de Málaga concedió una calle (situada en la zona de Carranque, en las proximidades de la avenida Obispo Herrera Oria) en junio de 1977.

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