VILA-MATAS Y LA SÁTIRA METALITERARIA

IÑAKI EXKERRA

La escritura de Enrique Vila-Matas ha sido siempre un canto repetitivo a la imposibilidad de la escritura y al mismo tiempo a la imposibilidad de vivir sin sufrir o sin disfrutar esa imposibilidad. De esa literatura metaliteraria, en la que el argumento novelesco reside en cómo se elabora dicho argumento o en cómo se fracasa irremisiblemente en tal empeño, los hitos más ilustrativos eran hasta el momento 'Historia abreviada de la literatura portátil' (1985), 'Bartleby y compañía' (2001) y 'El mal de Montano' (2002). Digo 'eran' porque en 'Esta bruma insensata', su última entrega narrativa, Vila-Matas lleva, como nunca lo ha hecho, esa poética del drama de escribir, o de su simulacro, hasta el paroxismo, sirviéndose de los personajes de dos hermanos, uno que se aísla y otro que se oculta, como dos maneras de llevar a la práctica ese amago de cese de existencia sobre el que teorizaba Paul Virilio.

Uno de ellos, Simon Schneider, es el propio narrador, que se presenta ante los lectores, en la primera página del libro, como un «artista citador», un recopilador vocacional de citas de grandes escritores, por lo que primeramente fue una incapacidad juvenil para pasar de la primera línea de los libros que caían en sus manos y después una incapacidad adulta para escribir. Simon vive en una casa en ruinas construida al borde de un acantilado de Cadaqués, que sintoniza perfectamente con su singular situación existencial y que sugiere que para este autor la propia realidad novelesca es una ficción que se modela metafóricamente al servicio de la trama, la psicología o los intereses de sus personajes. Simon suministra las frases que va recolectando a su propio hermano, Rainer, un escritor famosísimo que se esconde del mundo en un paradero desconocido de Nueva York, y en un seudónimo, el Gran Bros. Rainer, cuyo éxito y marca de estilo residen precisamente en las citas que le proporciona su hermano, es una parodia explícita de Thomas Pynchon y de la ostentosa búsqueda que este ha manifestado por preservarse oculto a los medios de comunicación, en la cual no deja de haber a su vez una caricatura, esta vez proporcionada por la realidad, de la mitificada actitud esquiva de J. D. Salinger. El encuentro de esos personajes centrales tiene lugar en la Barcelona de octubre de 2017 y en los días finales de aquel mes en los que se proclamó una República que adquiere en estas páginas un insinuado estatus de ficción o hecho sometido a un estado ontológico de precariedad cuántica, como de algún modo sucede también con las dos mujeres que obsesionan a los protagonistas: la Dorothy que Rainer siente que ha perdido y la Siboney que Simon siente que puede recuperar.

Subyace en 'Esta bruma insensata' una crítica política calculadamente neblinosa y una cautela igualmente calibrada en esas parodias de las parodias sobre los recursos de la fama y las falsas modestias, así como en ese discurso crítico contra lo comercial en el mercado editorial que quizá es remedo de sí mismo y de esa misma crítica. Las 'metaliteraturas' de Enrique Vila-Matas incurren de manera indefectible en una contradicción que no se acaba de saber si es una genialidad o una creativa estrategia fallida. Por un lado, este autor juega con referencias críticas y con teorías literarias que han llenado libros y que hay gente que se ha tomado de una forma dramática hasta el punto de conducirla al suicidio. Por otro lado, él las presenta en momentos determinados como una sátira, una farsa, una ironía. Las exprime de tal modo en sus 'novelas' que deja caer que no se las toma en serio. De este modo, no resulta fácil saber si el éxito minoritario de Vila-Matas se debe o no se debe a un malentendido: a que va en serio lo que parece tomarse a broma, o a que va en broma lo que muchos de sus lectores se toman en serio. A esa duda se añade otro aspecto que guarda con ella una estrecha relación: suele entenderse -sobrentenderse- por metaliteratura la reflexión que el escritor afronta sobre las más hondas profundidades de la propia obra. Sin embargo, en este texto el autor se queda en lo más superficial, secundario y banal del oficio literario, dándosele a lo anecdótico una carta de hondura y trascendencia inmerecidas. Por un lado, la visibilidad o invisibilidad del escritor es algo circunstancial y accesorio al valor y la calidad de un obra de creación. Por otro lado, no hay obra cuyo valor resida en las citas ajenas que un novelista toma prestadas. Volvemos a la misma pregunta: ¿crítica o parodia de la crítica?