Una vida en los periódicos

Una vida en los periódicos

Texto íntegro del discurso de Manuel Alcántara en su investidura como doctor honoris causa de la Universidad de Málaga en el año 2000

Treinta y dos palabras, ni una más ni una menos. Me lo decía Enrique de Aguinaga –sigo siendo su discípulo emérito–, «que hay que dejar sitio para el nombre de la agencia». Hacia yo por aquel remoto entonces pies de fotos en el viejo 'Arriba', con Jaime Campmany y Salvador Jiménez, a los que trataba de aproximarme. Quizá no haya género más humilde en periodismo, pero tampoco más leído, que los pies de las fotos. Las cosas cortas se leen siempre –me explicaba mi amigo Tono–, El Quijote lo ha leído poca gente, pero todo el mundo lee esos letreros que dicen: 'Prohibido fumar', 'No fijar carteles', 'Prohibido hablar con el conductor', 'Salida de emergencia'...

–Esa es la cuestión: buscar lectores. Una mente preclara, Antonio Gramsci, consideraba a los lectores desde dos puntos de vista principales: como elementos ideológicos, filosóficamente transformables, dúctiles y maleables, o como elementos económicos, capaces de adquirir las publicaciones y de hacerlas adquirir por otros. No es el nuestro un país de lectores. Una reciente encuesta asegura que más del 40 por ciento de los españoles no lee nunca. Ni poco ni mucho. Nada. A todo el que me dice que no tiene tiempo para leer le digo que podía ahorrarse la confidencia: se le nota. Quien compra un periódico, por el solo hecho de adquirirlo, delata una gran personalidad: es uno de los cien españoles de cada mil que hace eso. Menos, para nuestra desgracia, de Despeñaperros para abajo. Por eso me sigue asombrando haber vivido siempre de escribir en los periódicos. Quizá lo he logrado porque cuando lo intentaba no sabía que era imposible. De ahí también mi tesis de que las empresas periodísticas no debieran regalar cosas más o menos útiles o más o menos bellas. Con cada periódico se debiera regalar un lector, envuelto en celofán.

¿Cómo no interesarse por lo que ha ocurrido en el mundo durante las últimas 24 horas? La radio y, relativamente, la televisión, permiten la inmediatez, pero el hecho sagrado de la lectura, esa creación dirigida, requiere el papel o así lo creemos los habitantes de la galaxia Gutemberg. El futuro, que por cierto ya ha llegado, variará algunas costumbres. No sé. Saramago dice que Internet es un gran centro comercial que algunos quieren convertir en la solución de todos los problemas.

Los diarios –lo ha explicado muy bien Manolo Vicent– son un producto que no ha sido elaborado por periodistas ricos y famosos, excéntricos, neuróticos, vanidosos y provocadores, sino por gente más o menos conocida que no equivoca los datos, contrasta los hechos, no quiere derribar ningún Gobierno y siente pasión por la información.

Un oficio peligroso, no sólo para los corresponsales de guerra, sin más armas que el relámpago de los flashes y la metralleta de la máquina de escribir, sino también para los corresponsales de paz. «Quien escribe se proscribe», reza un viejo adagio periodístico. Mucha gente que aspiraba a contar la verdad ha muerto, antes de tiempo, eliminado por los que aspiran a que la verdad no se cuente. En el viejo diccionario de Covarrubias se dice del juglar que es alguien que «lleva la vida jugada y anda a mucho peligro».

–¿Te has dado cuenta que no hay nada más antiguo que el periódico de ayer?, me decía César González-Ruano.

Para salvar del inexorable olvido algunas de mis pobres prosas, el poeta y profesor Antonio Gómez Yebra reunió unas cuantas en una publicación universitaria. Me sorprendió ver junto lo disperso. Siempre he creído que a una columna caída le crece rápidamente yedra, pero Teodoro León Gross, que de todo sabe más que yo, incluso de mí, me convenció mediante su tesis doctoral de que alguien podía interesarse por mis páginas amarillas.

FUNDACIÓN MANUEL ALCÁNTARA

Desde muy pronto me curé de ciertas presunciones. Fue en Mendoza, en Argentina. Daba yo una lectura de versos. Cuando terminé se acercó a mí un señor:

–He hecho 800 kilómetros para oírle.

Ciego de vanidad le pregunté si le gustaba tanto la poesía.

–No especialmente, pero llevo 24 años en el exilio, me he enterado de que usted es malagueño y hace tanto que no oigo hablar con el acento de mi tierra.

Quizá fuese cierto alguna vez eso, tan divulgado, de Oscar Wilde –tito Oscar para los íntimos– de que el periodismo se diferencia de la literatura en que la literatura no se lee y el periodismo es ilegible. Ahora hay un periodismo literario, del mismo modo que hay una literatura periodística, desde Truman Capote a García Márquez. Es curioso que el periodismo haya tenido mala prensa, pero la verdad es que es rarísimo en nuestra época y en nuestro país que un gran escritor, desde Unamuno a Ortega, no aparezca nunca en los periódicos. El diccionario de la Real Academia define la palabra periodista, en su primera acepción, como «persona que compone, escribe o edita un periódico». Osea, que cabemos muchos. Desde el más modesto trabajador informático a Paco Umbral. Quizá sea la voluntad de estilo lo que distinga al escritor del periodista, ya que el escritor procura no confundir escribir con redactar y aspira a provocar incendios, pequeñas fogatas, en mi caso, en los matorrales del idioma. Pero también esto es muy cuestionable. Hablando de incendios, es muy difícil para cualquier redactor encontrar adjetivo nuevo y hay que volver a calificarlo de «voraz» o de «pavoroso». Del mismo modo que a la vedette hay que insistir en llamarle «escultural».

Creo que una página puede contener alguna gracia, alguna oportunidad, algún talento, aunque aparezca en un periódico, o sea, en un papel volandero que sufre una muerte diaria. «Por nacer en espino la rosa, yo no siento que pierde, ni el buen vino por salir del sarmiento», que dijo el muy lacónico rabí Sem Tob, que por cierto hubiera sido un magnífico redactor de agencia.

El columnismo son los cien metros, pero hay grandes maratonianos que no saben correrlos. Unos porque quieren decir en un artículo todo lo que saben y otros porque no saben decir todo lo que quieren. Nadie niega su rango actual. A veces se exagera –¿o quizá no?– al decir que la mejor literatura se encuentra en los periódicos y que estamos en «la Edad de Oro del columnismo». Se supone, en una especulación que nadie puede desmentir, –no son palabras mías– que «si Lope existiera escribiría en 'ABC', Quevedo en 'El Mundo', Góngora en 'El País', Cervantes en un dominical y, ya puestos a hacer conjeturas, Villamediana en el Grupo Correo».

El oro lo trae Larra, santo patrón de los articulistas amarrados a la columna diaria. Habitantes de esos guetos privilegiados, que dice el profesor Martínez. El oro continúa con muchos articulistas que ya no están vivos, desde mi César González-Ruano a Camba, a Pemán, a Agustín de Foxá, pasando por Sánchez Mazas y Rafael García Serrano. De todos ellos ha aprendido mi generación y las promociones siguientes. En mi opinión, quien mejor ha definido al columnista es un poeta: «Un salvador de instantes y un cantor de lo cotidiano», dijo Gerardo Diego. Otro maestro mío, que gracias a Dios he tenido y tengo muchos, Pedro Laín Entralgo, le exige al articulista cuatro condiciones: talento, cultura, ingenio y eso que llaman 'pluma', o sea, cierta habilidad y destreza para urdir sus escritos de manera que no aburran al lector. Quizá habría que añadir una quinta cualidad sin la cual, según Robert Louis Stevenson, todas las demás son inútiles: el encanto. Algo difícil de definir eso del encanto. Dicen que consiste en que le digan a uno que sí antes de haber formulado una petición concreta.

Largo amor por el artículo que, como la rosa del poema vive mientras muere, «¡Para tan largo amor tan corta vida!», que dijo Quevedo. Afirma Morgan: «Registrar hechos es función del periodismo; comentar esos hechos sigue siendo periodismo, adaptarlos a un orden conveniente, a una ideología es mentir; penetrar en ellos es ser artista». Eso he intentado en vano ser, que también es curioso mirar por el ojo de la cerradura de dentro a fuera. Lo he intentado con humildad, sabiendo, por Blas de Otero, lo que de verdad importa: «Porque escribir es viento fugitivo y publicar columna arrinconada, digo vivir, vivir como si nada hubiese de quedar de lo que escribo».

Así he vivido y he escrito unos cuantos libros de poemas y unos quince mil artículos. La poesía viene cuando quiere y el artículo tiene que venir cada día –dánosle hoy–. Hay que ser capaz de escribir de cualquier cosa en cualquier momento. De mí sé decir con Octavio Paz que «soy, o quiero ser, un poeta; igualmente soy, o quiero ser, un periodista». Lo que ocurre en mi caso es que los poetas dicen que soy un excelente articulista y los articulistas aseguran que soy un poeta excelente.

En cuanto a las relaciones del periodismo con el poder, está claro que sólo son posibles cuando está permitido discrepar, o sea, cuando esas relaciones pueden ser buenas o malas, pero no exclusiva y obligatoriamente buenas. Si los poderes son omnímodos, o los periódicos son adictos o se cierran. Cuando continúan, como en todo hay grados, florecen algunos estilistas y surgen verdaderos orfebres del sutil arte de escribir entre líneas y de apurar el techo de la censura, que siempre obliga a andar un poco encorvado. Cuando se prohibe la crítica, las actitudes se delatan por su parquedad en el elogio, pero el verdadero periodismo sólo es viable en las sociedades que han llegado a la conclusión de que la democracia, como decía Churchill, es el peor de los regímenes, exceptuando a todos los demás.

Alcántara con César González-Ruano.
Alcántara con César González-Ruano. / FUNDACIÓN MANUEL ALCÁNTARA

Ningún ejemplo más claro de acomodación a las circunstancias que lo que Alejandro Dumas llamaba Exegi Monumentun del periodismo: los sucesivos titulares del 'Moniteur' cuando Napoleón abandonó la isla de Elba y comenzó su marcha hacia París:

«El antropófago ha salido de su escondite»

«El ogro de Córcega ha desembarcado en la isla Juan»

«El tigre ha llegado a Gap»

«El monstruo ha dormido en Grenoble»

«El tirano ha atravesado Lyon»

«El usurpador está a sesenta leguas de la capital»

«Bonaparte avanza a pasos agigantados, pero no entrará jamás en París»

«Napoleón estará mañana bajo nuestros bastiones»

«El emperador ha llegado a Fontainebleau»

«Su Majestad imperial hizo ayer su entrada en el Palacio de las Tullerías, en medio de sus fieles súbditos».

El instinto de conservación les aconsejó a los redactores del 'Moniteur' la sabia graduación de sus titulares, pero hablamos en tiempos de libertad. Y, como dice Julián Marías, la libertad –sus desviaciones y sus excesos– se cura con más libertad. Lleva razón el filósofo al hacernos observar que en este momento de la vida española «no es que la gente salga en televisión porque sea famosa, sino que es famosa porque sale en televisión». La libertad. Por las llanuras manchegas, le habla Don Quijote a su escudero: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos: con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra, ni el mar encubre, por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida...».

La libertad de prensa, que se define como la facultad de imprimir cuanto se quiera, sin previa censura, con sujeción a las leyes, ha preocupado incluso antes de que la prensa existiera, tal como hoy la entendemos. Dice Jovellanos: «Sin escritores, sin imprentas, sin compradores de libros, la luz que nos puede venir por este medio es escasa y tardía». Concepción Arenal cree que «oponerse a la libre manifestación del pensamiento constituye un atentado, que no deja de serlo porque se parapete detrás de un decreto o de una ley». Oponiéndose a la Ley de Censura de Napoleón III, Víctor Hugo, que sí creía en la prensa, hasta el punto de llamarla «locomotora del progreso», dice «¿qué golpe es el que se pretende dar a las ideas con semejantes ley? ¿Qué se quiere hacer con ellas? ¿comprimirlas? Son comprimibles. ¿Circunscribirlas?. Son infinitas. ¿Ahogarlas? Son inmortales».

La pena empieza cuando esa libertad sagrada se emplea para destruir vidas y haciendas y aparece un tipo de periodismo que sólo pretende, una vez averiguados los gustos de cierto público, suministrárselos. Surge entonces la llamada prensa amarilla, para sonrojo de las personas decentes. El morbo vende. Como vende la injuria y la calumnia, pero eso sucede porque hay compradores. Los periódicos basura, las radios basura, la televisión basura, se acabarán cuando haya menos degustadores de basura. Mientra exista ese tipo de gourmets existirán esas clases de restaurantes. Esperemos que ocurra como con los cines llamados X. Cuando se autorizaron tuvieron mucho éxito inicial. Ahora se han cerrado casi todos y en los que quedan, lo más interesante es apostarse cerca y ver las caras de los que entran: tipos huidizos y ojerosos, precisados de urgente atención psiquiátrica.

Siempre de abajo arriba, que es como se aprenden los oficios, creo haber hecho de todo en periodismo. No todo bien, ni siquiera medio bien, pero sí de todo. Desde pies de fotografías en el hueco grabado de 'Arriba' –Ramón Gómez de la Serna le llamó excelso grabado– y durante muchos años en 'Ya', hasta esos 15o 16.000 artículos de opinión que yacen en el otoño encuardenado de las hemerotecas.

Con un grupo de intelectuales en un café de Madrid.
Con un grupo de intelectuales en un café de Madrid. / FUNDACIÓN MANUEL ALCÁNTARA

El reportaje, que según Jean Paul Sartre es el género de nuestro tiempo, y la entrevista, que sin duda también lo es, y la crónica deportiva, que ya lo era desde Píndaro. Reportajes sobre pueblos que iban a ser sumergidos para construir pantanos y se oyesen campanas bajo el agua recta. Reportajes en minas, en siderúrgicas y en centrales eléctricas. ¿Qué daríamos ahora por leer un reportaje que describiera minuciosamente cómo se hacía el garum y cómo era la vida cotidiana de un obrero fenicio sin Seguridad Social? Sería apasionante, para un lector de hoy, que un periodista –Indro Montanelli, por ejemplo– hubiera entrevistado a Carlomagno o a Felipe II. O que un corresponsal de guerra –Manu Leguineche, sin ir más lejos– hubiera contado, día a día, la campaña de Hernán Cortés, de Pizarro, o de cualquier otro héroe palúdico y bárbaro de aquel tiempo en el que, según Rafael García Serrano, los dioses nacían en Extremadura. Cómo nos habría gustado que César González-Ruano le hubiera hecho una entrevista a Quevedo o a Villamediana y que Pedro Rodríguez, que se fue tan pronto, alcanzara en el túnel del tiempo a Lope de Vega, para tener con él una lenta conversación. ¿Cómo eran aquellas personas que le dieron su oro a su siglo? ¿Qué le habría dicho San Juan de la Cruz a Tico Medina? Sabemos la vida y el milagro de Cervantes que es el Quijote, pero no sabemos si tosía don Miguel, si parpadeaba, si procuraba esconder la mano del arcabuzado, que se le quedó, para mayor gloria de la diestra, encogida y engarabitada, «como entregando con timidez un memorial». Todas las curiosidades que han resuelto las filmotecas y las videotecas son, remontando el río de la Historia, predios de nuestra imaginación. Si Garcilaso volviera, que dijo Alberti, lo primero que habría que hacer era retratarlo.

Acaso en periodismo no haya géneros menores sino periodistas más pequeños que otros. La crónica de sucesos, escrita por Erich Frornm, que le hizo el psicoanálisis a la sociedad contemporánea, sería apasionante. Del mismo modo que sería encantador que resucitara Petronio y colaborase en una revista de modas. Naturalmente, el género entrevista depende, en una proporción bastante superior al cincuenta por ciento, del entrevistado. La prueba es que nadie le ha podido hacer una entrevista buena a una estatua. Por mucho que se les meta la muleta, los toros de Guisando no embisten. Es necesario que haya preguntas inteligentes para que haya inteligentes respuestas o evasiones inteligentes. El principal peligro es que el entrevistador usurpe el protagonismo, que siempre debe ser del entrevistado. No se puede olvidar nunca que las entrevistas se conceden, aunque haya muchos famosos que las soliciten, incluso que las imploren.

Recuerdo mi época de entrevistador, a la que quisiera volver, por cierto, algún día, si no con toda humildad, con parte de ella. No se me caerán los anillos, ni siquiera el que esta noche me da, tan generosamente, la Universidad. El género depara la misma ventaja que según un amigo mío ofrece el amor sobre otras prácticas solitarias: que se conoce gente. Jamás me ha aburrido un ser humano, aunque debo confesar que algunos me han entretenido más que otros. Así como cualquier objeto se torna interesante si lo observamos con atención durante cinco minutos, cualquier persona que nos permita entrar en su intimidad, por muy insignificante que sea, no sea, nos revela que todo el mundo es único. En una revista llamada 'Gaceta Ilustrada', que en paz descanse y que fue la más leída en su momento, publiqué una serie de conversaciones con tipos de distinto pelaje. No los elegía yo. Recuerdo Ángel Peralta, el centauro amateur, contándome con emoción cómo operaron de una cornada en el vientre a un caballo suyo, sin más anestesia que su caricia. Y al gran bailarín Antonio, que me dio las gracias porque según él era la primera vez que no le preguntaban por el dinero que ganaba, no «por otra cosa». También recuerdo al Padre Peyton, el que inventó eso de «familia que reza unida, permanece unida». Cuando le di las buenas tardes, por toda contestación, empezó a rezar el avemaría. Como yo también me la sé, le acompañé y rezamos unidos, a pesar de no ser de la familia.

En las redacciones de los periódicos lo he pasado bien y mal, como cualquier otro sitio. Mi vocación más decidida y siempre frustrada porque nunca me pongo malo, es la de convaleciente. Trabajar cansa y además, como descubrió Balazo, no embellece. Siempre me he definido como un trabajador fatigable. Por eso me confortó mucho que don Gregorio Marañón me dijera que el trabajo debe ser doloroso. Si uno es definitivamente tonto no puede sentir complacencia por la página recién escrita. Cuando me releo, en busca de erratas, compruebo mis infranqueables límites. Lo que ocurre es que me he resignado a esas fronteras, con los años, y además no me preocupa no dar la talla de Quevedo o de Larra, que no voy a darla nunca, sino no dar la mía. Lo que no quiero, de ninguna manera, es que por prisa o por desidia o por inercia o por cansancio, lo que escribo sea inferior a mí. Y pongo los cinco sentidos, porque no tengo más. En cuanto a eso que llaman «la satisfacción del deber cumplido», sé, desde hace mucho tiempo, que consiste en no tener ya que cumplirlo.

En un viaje a Los Ángeles para ver el segundo combate entre Pedro Carrasco y Mando Ramos.
En un viaje a Los Ángeles para ver el segundo combate entre Pedro Carrasco y Mando Ramos. / FUNDACIÓN MANUEL ALCÁNTARA.

Decía que en los periódicos lo he pasado mal y bien. En 'Marca' fui aproximadamente feliz, si es que esta palabra tiene algún sentido. La felicidad es una ráfaga. De pronto, se establece una corriente, como si alguien se hubiera dejado las puertas abiertas del paraíso. Muy pocos momentos después, otros reparan en el descuido y las cierra. «Una buena salud y la cabeza vacía» es la receta machadiana para conseguir la felicidad. Un periodista le preguntó a Baudelaire si era feliz. «No he caído tan bajo», respondió. Mejor, quizá, es lo de un amigo mío, el mismo que dice eso de que haciendo el amor se conoce a gente. Le preguntaron si era feliz y dijo: «Ni falta que me hace». Sí. Lo de 'Marca', aquel 'Marca' de aquel entonces, fue especial. Si fuera posible dedicar a alguien este nombramiento con el que me honra la Universidad de mi bien amada tierra de Málaga, serían sus destinatarios dos compañeros muertos a los que quiero mucho –no me gusta decir de los muertos que quería, ya que los sigo queriendo–: Pedro Sardina y Carlos Cronos. De ellos aprendí a tener afición y a no tener horario. Me enseñaron lo que Juan Ramón llamaba «trabajo gustoso», o sea, a hacer coincidir la obligación con la devoción. Además, teníamos una cosa en común: ninguno de los tres creíamos en el periodismo seco. Fueron días de vino y prosas. Quien dice vino, dice whisky, con su color de retablo desleído, o ginebra, donde se asegura que desemboca el mar del alcohol. Con ellos se me hizo tarde muchas veces. Tarde y sin daño. Y bien sabe Dios que una de las cosas que más me han gustado en mi vida, que no está siendo corta y que siempre he procurado que fuera ancha, es que se me haga tarde.

Creo que el periodismo más vibrante y, desde luego, el más urgente que he hecho, corresponde a mi época de cronista de boxeo. Era la época buena, quizá irrepetible, cuando estaban sobre el ring, que a veces tiene algo de cadalso iluminado, Pedro Carrasco, Velázquez, el pobre Urtain, Pepe Durán, 'Sombrita'... Fui uno de los cuatro o cinco españoles que vieron ganar a Pepe Legrá el título mundial de los plumas, en el País de Gales. Un gran tipo Legrá. A mí me apreciaba mucho porque yo inventé eso de 'El Puma de Baracoa' y cuando se retiró me regaló el batín celeste y blanco, con cremallera en las mangas, para poder sacar las manos enguatadas. Lo tengo en mi Rincón de la Victoria, aunque carezco de valor para bajar a la playa con él, con ese letrero de 'Legrá' bordado en letras negras a la espalda. Era muy religioso y supongo que sigue siéndolo, el púgil cubano. Antes de los combates, en la habitación del hotel, tenía la mesilla de noche como un torero, con imágenes y estampas de vírgenes. Incluso en esas lamparillas donde flotan en un lago de aceite, esas velas liliput a bordo de fragmentos de don Heraclio Fournier. Horas antes del combate, a solas, le pregunté si estaba bien preparado. Legrá no filmaba, ni bebía, pero le gustaban todas las señoras del mundo: las gordas, las flacas, las rubias, las morenas, las calvas, las que tienen un lunar en determinado sitio, las que no tienen ningún lunar...

–¿Te has entrenado de verdad, Pepe?

–Como nunca –me respondió–, he ido al gimnasio todos los días, he hecho muchas horas de footing y hace un trimestre que no veo a una mujer.

Entonces, sacando del bolsillo un crucifijo de madera que siempre llevaba y dándole un sonoro beso, me dijo algo maravilloso, desde el punto de vista teológico:

–Si Dios me da suerte, lo mato.

Quizá la pregunta que me haya visto obligado a contestar más veces, cuando alguien me hace una entrevista, es por qué a un tal poeta le puede gustar una cosa como el boxeo. En primer lugar, debo decir que el boxeo no me gusta: me apasiona, que es algo distinto. También hay motivos freudianos: en mi casa de Las Lagunillas, llena de amor y de balcones, había uno que daba a un solar, creo que era una fábrica de ladrillos, donde organizaban veladas de boxeo. Cuando yo daba en casa más lata de la normal, me decían:

–Niño, vete un rato con los boxeadores.

Les veía entrenar, hacer guantes, saltar a la comba y pegarle al saco. Me parecían lo que son: los últimos gladiadores. Por otra parte, debo reconocer que tampoco en eso soy único. Un combate de boxeo –entonces no se llamaba boxeo, sino pancracio y era una práctica de esclavos– sale en el libro 23 de 'La Iliada'. De ese deporte bárbaro y hermoso se han ocupado gentes a las que quisiera parecerme: desde Jack London a Bernard Shaw, pasando por Jean Cocteau, Hemingway y Cortázar y entre nosotros, mi inolvidable Ignacio Aldecoa y Eduardo Arroyo. Sucede que a todos los deportes se juega –se juega al tenis, se juega al fútbol, se juega al golf– pero al boxeo no se juega. Es un asunto dramático y donde hay drama hay canción, que dijo nuestro egregio paisano Picasso. Como los que saben escuchar flamenco, yo no me divierto: yo sufro. Convive en mí esa afición con un cierto reproche moral, pero me pasa con el boxeo lo que a Ramón Pérez de Ayala con los toros, que decía que si fuera ministro de la Gobernación suprimiría las corridas, pero, como no lo era, iba a todas.

Hay quienes han creído que el terco aprendiz de poeta y el cronista de boxeo eran personas distintas. Un viejo compañero de las Milicias Universitarias, gran amante de la poesía, me escribió una vez una carta en la que me informaba: «Hay un tío que se llama igual que tú, que escribe de esa salvajada del boxeo en 'Marca' y, por cierto, no lo hace nada mal, el muy borrico». Me apresuré a aclararle que el muy borrico era yo.

«Te has dejado la vida en los periódicos», me dice alguien que bien me quiere. «En alguna parte hay que dejársela», le respondo. Ya me hubiera gustado a mí, como a César Vallejo, «guardar un día para cuando no haya». Lo he mirado todo con una cierta ironía y con una piedad cierta. Ya sé que «la ironía sirve para todo y no basta para nada», pero la piedad sí sirve siempre, sobre todo cuando nos abarca a nosotros mismos. Hace casi medio siglo que soy un testigo y debo agradecer, en versos memorables de Alfonso Canales, que «asomado a este palco un día me fue posible abrir los ojos al espectáculo divino, y pude al gozar el cambiante argumento sentirme eterno espectador».

Sí. Me he dejado la vida en los periódicos, –todo el mundo se la deja en alguna parte–, mientras me hacía esas cuatro preguntas que según Woody Allen nos hacemos todos los vivientes: ¿quién soy?, ¿a dónde vamos?, ¿de dónde venimos? y ¿qué hay esta noche para cenar? Descreo de la posteridad que, si acaso, es algo que debe darse en vida. ¿Qué le importa a Cervantes que el teatro Cervantes ofrezca esta noche tan magnífico aspecto? Por otra parte, a mí la vida no me gusta, lo que me gusta es vivir. ¿Cómo podía gustarme un sitio como éste donde cada día mueren 35.000 niños en el Tercer Mundo de enfermedades que son curables y donde 2.000 millones de personas padecen desnutrición crónica? Un extraño lugar el mundo. El coste de un submarino balístico equivale a los presupuestos de educación de 18 países pobres y con lo que vale un rifle AK-47 se podría prevenir la ceguera de 3.000 personas. No. A nadie puede gustarle la vida que hemos hecho entre todos. En cambio, vivir –que es una experiencia única en la vida– me apasiona. Vivir. Fulge el sol vitalicio de Málaga, por la acera cruza una muchacha reciente, me esperan unos amigos –que siempre me parecen cosa del otro jueves–, miro el mar. El mar. Con mirar el mar y leer las Coplas de Jorge Manrique ya se sabe todo lo que hay que saber.

No ignoro que me queda poco tiempo. Estoy en lo que Baroja llamaba «la última vuelta del camino». Es cierto eso de que «tener más de setenta es como estar enrolado en una guerra. Todos nuestros amigos se han ido o se están yendo, y nosotros sobrevivimos entre los muertos y los moribundos como en el campo de batalla».

Mi balance no sólo no es desfavorable, sino largamente superior a mis pobres merecimientos. Me he ganado con modestia y con esfuerzo esa vida que no me gusta haciendo lo que gusta hacer. He visto a Cassius Clay y las cataratas de Iguazú, he cenado con Pablo Neruda y he almorzado con Borges, mi nieta pequeña ya sabe prepararme un gin-tonic con áurea proporción. He estado muchas horas con mis libros y con mis amigos. Me gustaría pedirle tiempo al tiempo y que él me hiciera caso. Más que nada para poder daros las gracias, uno a uno, a todos los que estáis aquí esta noche.