VERANO

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Creo que fue Dostoievski quien dijo que el hombre es el único animal capaz de acostumbrarse a cualquier cosa. Por aquí nos hemos ido acostumbrando (o casi) a una agenda cultural convertida en una auténtica animalada, hormonada por el afán de los políticos y los gestores de lo público en organizar una presentación de cualquier cosa, con su correspondiente foto, su cartel y su rueda de prensa. Quizá por eso, cuando en una semana como esta quedan un par de mañanas desbrozadas de semejante maleza, anda uno entre contento y desnortado, feliz ante la posibilidad de sacar la cabeza de las convocatorias oficiales para preparar con algo más de tiempo algún reportaje de cosecha propia, encantado hasta el extrañamiento de poder darle un par de vueltas más de las habituales al titular que seguirá sin convencerte del todo, por supuesto.

Caer en la cuenta, por ejemplo, de que hace un siglo recaló en el primer teatro de la ciudad la compañía de los Ballets Rusos con la joven Olga Khokhlova en su cuerpo de baile. La muchacha de 25 se casaría poco después con Pablo Ruiz Picasso. Repasar y repensar cómo se ha contado -y se cuenta- la vida de cualquier artista, barruntar si debe influir o no su manera de comportarse en privado en la valoración de su obra. Regresar a la pereza de quien vincula sin más el análisis creativo a la contabilidad de alcoba. Recordar aquel proyecto visto en la ciudad hace años que sostenía sin sonrojo que cuando Picasso cambiaba de pareja cambiaba también de tendencia creativa, obviando la permanente capacidad del malagueño de hacer una pieza cubista por la mañana, una clasicista por la tarde y una de corte surrealista por la noche. Y así, durante casi un siglo. El siglo de Picasso y de Olga, de amor y de guerra, revisado esta semana en la Casa Natal de Picasso, que siempre será mi ojito derecho, porque muy cerca de allí se quedó a vivir buena parte de mi infancia.

Otro pedazo de aquellos años sigue con los pies bajo la arena de la playa del pueblo donde ahora vivimos. El solar del cine de verano entre los edificios de apartamentos, el quiosco de Avidesa para comprar altramuces y chicles Boom, las sillas de hierro pintadas de azul y soldadas en ristras pesadas y ruidosas. Ahora el cine de verano levanta la pantalla como una carpa y luego la vuelve a recoger. De lo poco que se ha presentado esta semana: el ciclo Cine Abierto, con sus proyecciones nocturnas en playas, parques y jardines, también con pases matinales de películas infantiles en el Albéniz. Y poco o nada importa que muchas de sus películas ya puedan verse en algunas plataformas de televisión de pago, porque esto es otra cosa. Esto es la felicidad de los extraordinario, los nervios entusiasmados de la novedad en medio de lo cotidiano y también, sobre todo, la reivindicación del cine como acto de comunidad en medio de un río que nos lleva de modo interesado y pueril hacia la soledad ensimismada de nosotros mismos.

El cine y el verano, la pantalla enorme y el cielo abierto como recordatorio gozoso de la necesidad de compartir, también, aquello que nos evade, que nos hace felices por un rato para sacarnos de la rutina sin alejarnos demasiado de casa. El cine de verano en cada barrio de la ciudad, en un proyecto que cumple una labor cultural, pero también social, a cargo del Festival de Málaga. El calado del festival hace mucho que sobrepasa los diez días de certamen hasta presentarse como el proyecto que quizá más y mejor haya aplicado la combinación de un evento de impacto concentrado con una labor sostenida en el tiempo, cómplice con el tejido cultural local y comprometida con la promoción no sólo bajo los grandes focos, sino también en los estudios de muchos creadores y gestores que han encontrado un terreno abonado a sus inquietudes y a su talento en proyectos como Málaga de Festival y los encuentros profesionales surgidos bajo el paraguas del festival. Ahora el cine malagueño encontrará su cuartel general en el nuevo Albéniz, que enfila su ampliación para acoger las sedes estables del festival y de Málaga Film Office, la oficina encargada de captar rodajes (es decir, euros) por estos lares. Además, el proyecto contempla dos nuevas salas de proyecciones en el único cine vivo en el centro de la ciudad, que falta le (nos) hacen.

Los detalles del 'nuevo Albéniz' los adelantaba esta semana el compañero Francisco Griñán en estas mismas páginas, de las que ahora se fugan estas líneas hasta después de los calores. Que esta semana ha habido tiempo hasta para despedirse de ustedes como es debido. Feliz verano.

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