La venganza de lo inabarcable

La propuesta de Andrés Lima consigue que la escenografía sea dinámica gracias a los efectos visuales y de sonido./Francis Silva
La propuesta de Andrés Lima consigue que la escenografía sea dinámica gracias a los efectos visuales y de sonido. / Francis Silva

Arranca el Festival de Teatro de Málaga en el Cervantes con una épica adaptación de Moby Dick

Fernando Torres
FERNANDO TORRES

En el barco del capitán Ahab cabe todo el rencor del mundo. Perder parte de uno mismo es suficiente para dar el resto en busca de la venganza inalcanzable a base de locura y obsesión. Todo eso se refleja en las pesadillas del protagonista de ' Moby Dick' (interpretado magistralmente por el veterano barcelonés José María Pou), mientras habla en pesadillas sentado en la proa, nada más subir el telón del Teatro Cervantes. Los primeros minutos de la representación ponen al espectador ante un tullido ronco y hablador que centra sus delirios en la blancura de la ballena que da nombre a la obra.

El 36 Festival de Teatro arrancó ayer su aventura estrenándose con una producción de alto calibre. Por primera vez hubo función en 6 de enero, y la prueba no salió del todo mal. Pese a haber butacas libres en el fondo del patio y el paraíso, el público malagueño respondió a la llamada de las tablas. 'Moby Dick' volverá a ser representada esta noche, dejando paso mañana a 'Señora de rojo sobre fondo gris' y el resto de programación del festival.

En el plano escénico, la propuesta del director Andrés Lima (sobre el texto de Juan Cavestany basado en la novela de Herman Melville) hace magia con muy poco sobre el Cervantes. Es Pou el que asume la práctica totalidad de la atención, pero sus grumetes (Jacob Torres y Óscar Kapoya) hacen un uso del espacio con cuidada inteligencia: a veces interrumpen al capitán, rompen la cuarta pared y narran los hechos que suceden más allá de la embarcación. En lo visual, dos escalinatas hacia la cofa (invisible), una silla y muy pocos elementos más ensanchan la presencia del trío actoral, que se apoya en unos efectos sonoros a la altura y una serie de proyecciones en el plano que sucede a la popa. A veces un mar brillante, en calma bajo la noche; otras, arponeros que combaten a los cetáceos para teñir las aguas de rojo. También tormentas y siluetas de otros personajes (que cuando aparecen requieren de que Ismael explique lo que sucede).

Pou asume la mayor carga interpretativa, pero Torres y Kapoya cierran un círculo perfecto para añadir ritmo a la escena y a la narración

Pou deja claro desde su primera palabra que el papel del capitán demente encaja a la perfección en su registro. Los diez minutos iniciales son un monólogo salpicado por un par de interrupciones (correspondientemente sancionadas) de los grumetes que observan hastiados el soliloquio de su jefe (Ismael, narrador de la obra original, interpretado por Torres; y Pip el Cobarde, a cargo de Kapoya). «¡Muerte a Moby Dick!», repite Ahab para que los suyos le rebatan una vez más la falta de cordura que envuelve la misión. «Yo no estoy loco, yo soy la locura enfurecida», responde, rajándose la garganta. Largas frases, todas ellas expresadas con una energía difícil de imitar;cada palabra, cada quejido, salen del corazón del actor, que al terminar la función recibió un largo aplauso del respetable, en pie por la potencia de su interpretación.

Pou y Kapoya durante un soliloquio del capitán Ahab.
Pou y Kapoya durante un soliloquio del capitán Ahab. / Francis Silva

Pero el arrojo del barcelonés encaja y adquiere sustancia acompañado de sus dos marineros. Ambos actores realizan una interpretación delicada, a la sombra de un grande pero que resulta fundamental para que el ritmo de la obra no decaiga. Pip representa otro tipo de locura, dependiente del capitán y alimentada por el miedo a la muerte, a la vergüenza, al fracaso. Ismael representa la cordura, el temple, y es la única voz capaz de desafiar la de Ahab (e incluso de llegar a plantearse un motín por el bien de la tripulación). Ambos cambian constantemente de posición en el escenario, de ropaje, e incluso a veces aportan texturas y movimiento en pasajes dinámicos con los que se representan acciones concretas.

Simbolismo

El texto reduce una novela de más de 800 páginas a lo imprescindible para que el simbolismo surta efecto. Tres actores son suficientes para encarnar el debate constante entre lo correcto y las pulsiones de la venganza. Dos jóvenes en busca de un futuro frente a un trastornado dispuesto a acabar con todo. En medio, la ballena blanca, que representa lo imposible, el sueño y el ajuste de cuentas. Cuando Ahab encarga al herrero un arpón especial utilizando herraduras y también sus cuchillas de afeitar deja claro que no hay puerto esperando al barco. La muerte de su enemigo es el único timón y rige el destino de los protagonistas.

Una de las escenas más potentes de la obra la protagonizan Ahab e Ismael, cuando este le pide al capitán que retornen la nave a casa, donde los días «son azules». «Sí, lo son, los he visto», responde el responsable de la embarcación, antes de estrangular hasta casi la muerte a su subordinado, para empezar otro de los monólogos (quizá en el que Pou consigue transmitir más emociones). Entonces, el barco llega a las aguas donde Moby Dick dejó cojo al patrón. Tras un sutil cambio de escenografía, el clímax de la novela queda servida en bandeja. «Soy el lugarteniente del destino y tú eres mi esclavo».

 

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