A la vanguardia

Esta valiosa exposición proyecta el tránsito de la mujer artista en Rusia desde una condición marginal a su incuestionable consideración durante las vanguardias

La muestra está abierta al público hasta el 8 de septiembre/Ñito Salas
La muestra está abierta al público hasta el 8 de septiembre / Ñito Salas
JUAN FRANCISCO RUEDAMálaga

Aunque esta exposición resulta apabullante gracias al conjunto de obras de artistas rusas de la primera mitad del siglo XX, especialmente en paralelo a la eclosión y desarrollo de las vanguardias en aquel país, arranca con la presencia de autoras del siglo XVIII. Resulta, sin duda, un acto de justicia y rigor académico para con las mujeres artistas que pudieron ser silenciadas por los relatos historiográficos dominantes y que encontraron, además, un contexto menos favorable que el que se daría un siglo más tarde y en las primeras décadas del XX. Supone, también, una llamada de atención sobre cómo en Rusia, desde la década de los cuarenta del siglo XIX, la mujer tiene acceso a la formación en instituciones artísticas oficiales. Así, cuando a principios del XX surgen los primeros grupos de protovanguardia, como La Sota de diamantes, se comienza a asumir una presencia femenina que acabará explotando apenas una década más tarde. Sirve esta exposición para atisbar cómo la mujer artista rusa fue abandonando una condición y presencia marginales, entendidas, en el mejor de los casos, como excepcionales, para adquirir una consideración y protagonismo fuera de toda duda con la llegada del XX. En la primera década del siglo ya asoman autoras como Rózanova y Gonchorova, representadas en esta 'Libres y decisivas' con conjuntos verdaderamente valiosos y que dan la medida de sus capitales papeles en el fenómeno vanguardista.

Arranca la exposición con 'Flores' (1787) de la Gran Duquesa María Fiódorovna, una naturaleza muerta con un todavía hondo sentido barroco que, apenas unos metros más adelante, encontrará la respuesta de los adustos y sintéticos jarrones de Goncharova (1908) y Rózanova (1912), preliminares de la vanguardia por estallar que ya evidencian la recepción y, lo que es más importante, la reformulación con un sello propio de las principales influencias de la modernidad. Entre estos dos puntos cronológicos y estilísticos, apenas una quincena de ejemplos de correcta pintura decimonónica y guiños a otros lenguajes como el modernismo y el simbolismo. Es justamente a partir de estas dos artistas cuando la exposición nos atrapa en una sucesión de excelentes obras que introducen plenamente la vanguardia y un nuevo estatus para la mujer artista.

El carácter utópico y el ansia transformadora que anhelaban las vanguardias, en el caso ruso acompañado por la revolución de 1917 que aspiraba a un radical cambio social, iban a encontrar en Rusia numerosos ejemplos de cómo la utopía dejó de serla porque, felizmente, algunos objetivos, aparentemente inalcanzables, se lograron, aunque fuera por un tiempo limitado y hasta que se pervirtieron los ideales que animaban la revolución –incluso, en 1932, el arte de vanguardia fue prohibido–. Resulta indudable cómo los artistas usaron, gracias a la complicidad del poder político, la creación como una verdadera arma de transformación. O mejor dicho, cómo la política puso en manos de los artistas la capacidad de implementar mejoras sociales. Las 'Vjutemás' (Talleres de Enseñanza Superior del Arte y la Técnica) aspiraron a hacer converger arte, artesanía e industria con el fin de garantizar, además de una formación especializada, los cauces por los que los bienes de consumo fueran accesibles al grueso de la población y contuvieran, difundiéndose, el nuevo credo estético. No es un dato menor comprobar cómo en 1920 casi la mitad del profesorado eran artistas mujeres –artistas que enseñaban a otras y a otros artistas–, algunas recogidas en esta exposición, como Popova, Ekster o Udaltsova. Algunas de ellas y otras como Varvara Stepanova, a partir de 1920, trasladarían a la moda, a la ropa de trabajo y a las prendas deportivas ('Sportodezhda') el imaginario abstracto propio de las distintas estribaciones de la vanguardia rusa (suprematismo, constructivismo, etc.). Aquí se muestran cuatro ejemplos de vestidos, alguno con una traslación directa del suprematismo, diseñado por Ekster (1924), y otros, como los de Popova y Lamánova, también de 1924, asumiendo la tricromía vanguardista (rojo, negro y blanco) y cierto suprematismo dinámico.

Precisamente, valga como ejemplo la extensa nómina de artistas ligadas a la vanguardia que sustenta esta exposición para ejemplificar esa transformación anhelada por la vanguardia. Y es que, las mujeres artistas no sólo fueron numerosísimas, sino que obtuvieron un reconocimiento que las equiparó a sus compañeros varones. De hecho, buena parte de las obras son verdaderamente excelentes, cuentan con un grado de pertinencia cronológica extremo e ilustran cómo esta consideración de la mujer artista respondió a una incuestionable aportación. Los nombres de Goncharova, Rózanova, Popova, Ekster o Udaltsova son auténticas referencias del arte de vanguardia ruso.

Otro aspecto que trasluce cuán normalizada y valiosa fue la presencia femenina es que con las piezas aquí presentadas se puede 'escenificar', apenas sin lagunas, la historia del arte ruso del primer tercio del siglo XX. Todo lo señalado hace que esta muestra temporal se convierta en una de las más destacadas de cuantas ha programado el Museo Ruso, no por su trasfondo reivindicativo –o no sólo por ello, que también–, sino por la inconmensurable calidad y pertinencia de las obras seleccionadas para con el relato de las vanguardias. También porque supone el descubrimiento en nuestro país de figuras que se nos muestran reveladoras y por la diversidad de opciones estilísticas presentadas. Resultan sobresalientes dos obras de Rózanova, ambas de 1916, que traducen algunos principios suprematistas: exquisita una composición dinámica en distintos azules y otra que, desde la ortodoxia heredada de Malévich, avista futuros desarrollos abstractos; el vasto y variado conjunto de Goncharova evidencia la mirada al primitivismo del arte popular, esencial en la vanguardia rusa, o, entre otros ingredientes, el eco del expresionismo alemán con un paisaje contemporáneo o los de Kandinsky en Murnau. El cubismo y sus derivaciones, como el simultaneísmo, se muestran ejemplares en las rigurosas composiciones geométricas y sintéticas de Popova y Udaltsova, así como en el estallido y vibración de un bodegón de Ekster. Junto a esos nombres 'gigantes', se genera la oportunidad de dialogar con otros más inaccesibles, como Ksenia Ender, con su personalísima abstracción que desarrolló durante los años veinte; la rotundidad y vigor de Sofia Dímshits-Tolstaia, visible en pinturas sobre cristal propias de la propaganda de agitación que cuentan con la iconografía de la revolución; o Anna Lepórskaia, quien insufló hálito y realismo –tal vez mayor humanidad– a los maniquíes suprematistas de Malévich, personificaciones del campesinado ruso. Además de contar con autoras actuales, resulta valiosa la presencia de artistas del Inconformismo, quienes asumieron, entre los años cincuenta y ochenta, una arriesgada oposición al poder político al negarse a desarrollar el realismo socialista oficial. Ciertamente, en Rusia, la mujer llegó a la vanguardia y, allí y desde allí, se convirtió en decisiva.