LOS RICOS TAMBIÉN LLORAN AHORA

MIKEL LABASTIDA

Quién nos iba a decir a principios de los 80, época en la que se estrenó 'Los ricos también lloran', que una telenovela similar y con la misma protagonista iba a ser el título de moda 40 años después. Y así ha sido, Verónica Castro ha resucitado de vete tú a saber qué mundo para ponerse en la piel de la matriarca despechada de una familia de bien venida a menos. Porque los ricos también lloran, en los 80 y en los dosmiles. Antes y ahora, la telenovela continúa siendo idéntica. Ha cambiado el tono, pero el discurso, los conflictos y los trucos son los mismos. El verano se ha dividido entre los que han caído rendidos a los encantos de la última producción mexicana de Netflix, 'La casa de las flores', y los que la han ninguneado y menospreciado. Si conoces al Cacas y sabes quién es Lord Dámelo Todo eres de los que te has enganchado a los vaivenes de la familia de la Mora. Si no, te has librado, aunque seguramente hayas oído hablar de ella.

Es lo que mejor sabe hacer Netflix: vender cualquier cosa. Lo mismo da que sea un remix de las películas de los 80 que una nueva versión de 'Cristal' y compañía. Nos acaba de vender como lo más moderno del mundo un culebrón mexicano plagado de celos, intrigas, mentiras y giros rocambolescos. Las familias y los tipos de relaciones han evolucionado, como los tiempos, y ahora tenemos infidelidades bisexuales y parejas transgénero. Pero la base es la misma. La plataforma gigante es experta en crear envoltorios despampanantes para productos cien veces vistos y hacerlos pasar como recién inventados.

Por lo demás 'La casa de las flores' comienza siendo divertida e histriónica para volverse a los pocos capítulos repetitiva e insulsa, incapaz de remontar una historia que no hay por donde cogerla, unos chistes que no dan más de sí, y algunos personajes metidos con calzador que llegan a avergonzar.

Dicho esto, yo me he pasado el verano ha-blan-do-con-las-sí-la-bas-se-pa-ra-das, como Paulina, una de las protagonistas de la trama. Qué bár-ba-ro. Y ahora digo frases como «esto está naquísimo» u «olvidé cancelar el mariachi». Una cosa no quita la otra.

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