PLANETA TIERRA

OSKAR BELATEGUI

Los documentales de La 2 se asocian a la siesta, a ruido de fondo para acompasar los ronquidos mientras se hace la digestión frito en el sofá. 'Planeta Tierra II' tumba todos los tópicos asociados a la divulgación de la naturaleza en la pequeña pantalla. Desde que en los años 20 Robert Flaherty conviviera con los inuit para rodar 'Nanuk, el esquimal', los documentalistas han intentado atrapar la vida salvaje para mostrársela al espectador en una pantalla. El capitán Cousteau ganó dos Oscar por sus películas submarinas, para las que desarrolló cámaras y escafandras con el fin de filmar bajo el mar. Hace poco más de una década, la primera entrega de 'Planeta Tierra' obtuvo cuatro premios Emmy por unas imágenes que ningún naturalista había obtenido hasta entonces. Su segunda entrega, que emite La 2, vuelve a contar con David Attenborough como conductor y a deslumbrar con secuencias que podían pertenecer a una superproducción fantástica de Hollywood.

Ni siquiera hace falta estar mínimamente interesado por el conservacionismo o tener conciencia ecologista. Contemplar cómo un siluro atrapa una paloma que se baña en un río de Albi, a los halcones que anidan en los rascacielos de Manhattan, a las hienas que reciben comida de la mano de etíopes o a los leopardos que deambulan en los suburbios de Bombay constituye una experiencia audiovisual fascinante. Cada nueva secuencia de la serie es un más difícil todavía, un estallido de belleza que deja sobrecogido.

'Planeta Tierra II' corona la tradición documentalista de la BBC y lleva a una nueva dimensión el tono épico gracias a la música de Hans Zimmer. Al final de cada episodio, un 'making of' nos explica cómo se consiguieron las abracadabrantes imágenes, capturadas mediante cámaras 4K que se colocan a modo de trampa, que vuelan por los aires y se sumergen en los océanos, o que esperan pacientemente durante semanas para conseguir unos segundos nunca vistos. Los autores de la serie se han jugado el tipo para que sintamos el aliento de un rinoceronte, para que nos conmuevan hasta las lágrimas las crías de tortugas carey que, desorientadas por las luces urbanas, acaban bajo las ruedas de un coche.