El mundo no es inmune a la violación

Elisabeth Moss y Joseph Fiennes, en una escena de la serie 'The handmaid's Tale'. /SUR
Elisabeth Moss y Joseph Fiennes, en una escena de la serie 'The handmaid's Tale'. / SUR

La serie 'The Handmaid's Tale' regresa a HBO con su distopía real del #MeToo

MIGUEL ÁNGEL OESTE

Uno. El final de la primera temporada de 'The Handmaid's Tale' entroncaba con el final de la novela homónima de Margaret Atwood en la que se inspira la serie creada por Bruce Miller. La imagen de June/Defred (Elisabeth Moss) dentro de una furgoneta oscura, representativa de la opresión y el futuro incierto cuando se la ha despojado de todo derecho y se le ha negado su individualidad, su cuerpo. El arranque de esta temporada recoge esa imagen para llevarla con las demás criadas que se rebelaron a un lugar donde les pondrán una mordaza en la boca. Este comienzo aterrador y desasosegante parece la hoja de ruta del camino que pretende transitar la teleserie, ya sin el soporte de la novela. Las humillaciones, vejaciones, la violencia física y mental que la República fundamentalista de Gilead ejerce sobre las mujeres resulta angustiante y dialogan con la hostilidad del presente en más de un sentido.

Dos. Así, después de los dos primeros episodios, se perciben, por un lado, elementos estéticos y estructurales que no van a variar respecto a la anterior temporada, pero, por otro lado, es obvio que hay cambios, no solo porque la segunda temporada se abre en espacios (las colonias) y también en la indagación del pasado-presente de otros personajes como el de Emily/Deglen (Alexis Bledel), sino simplemente porque el armazón del libro de Atwood ya no está, lo que abre distintas opciones para la serie.

El armazón del libro de Margaret Atwood ya no está, lo que abre opciones para la segunda temporada de la serie

Tres. Al menos el primer episodio de esta nueva temporada tiene el acierto de establecer conexiones con el último capítulo de la primera. Si en aquel un plano a contraluz cortaba a otro en el que veíamos a June sentada de espaldas a la ventana de su habitación, para volver a cortar a un primer plano cerrado de Moss mirando a cámara y diciendo «Me llamo June», en el final del primer episodio de la segunda tenemos un plano similar, pero algo más abierto, con más aire, en el que la protagonista dice: «Me llamo June y…». La idea no es destripar nada, la idea es mostrar que entre ambas temporadas se establecen una correspondencia de forma y fondo. Una comunicación que se rastrea constantemente en escenas y otros detalles de los capítulos.

Cuatro. El uso de los espacios y la arquitectura atmosférica potenciado por los encuadres trabaja la opresión, la supremacía del estado religioso y fundamentalista de Gilead que disminuye a la mujer, donde lo femenino está prohibido, donde la violación es una práctica aceptada en esa sociedad insana que elimina lo diferente. La angustia se palpa en los primeros planos de las criadas, en ciertos desenfocados, en fragmentos que van de lo visual a la utilización de la música. Es una elaboración estética esclavista, rígida, que tiene su referencia directa no solo en el mandato de Trump, también en el pasado (campos de concentración y trabajo) que representan las colonias; la desaparición del periodismo como modelo de libertad (no es gratuito el escenario desértico de The Boston Globe donde termina June) o incluso el atentado terrorista a Charlie Hebdo, entre otros múltiples ecos que se distinguen en estos dos capítulos. Es decir, 'The Handmaid's Tale' alcanza un sentido universal (global si se prefiere), no solo por la representación de las libertades cercenadas de las mujeres que tienen lugar en todos los países, estandarte del movimiento #MeToo, sino, sobre todo, porque adquiere consciencia de expansión de su contundente discurso en forma de ficción. Como señala Concepción Cascajosa, 'The Handmaid's Tale' se vuelve más política, incluso más penetrante a la hora de retratar esta extrema y reaccionaria contemporaneidad.

Cinco. A nivel estético y narrativo la creación de Bruce Miller sigue sustentándose principalmente en tres planos narrativos con una puesta en escena y estética diferente. El tratamiento de estos planos está estudiado para generar en el telespectador diversos contrastes. Planos que se adecuan al pasado-presente-futuro, cuando este último es inexistente para las criadas. Los flashbacks de June –y ahora también de Emily–, en los que recrean el mundo que entendemos en la actualidad. Estos recuerdos van acompañados de música extradiegética, con planos más abiertos, menos asfixiantes, con una fotografía menos oscura e intensa, más plana, con una cámara más dinámica y encuadres menos simétricos y rígidos. El severo presente narrativo de la historia en ese mundo teocrático está encuadrado por medio de planos más cerrados, férreos a través de una planificación seca en la que la cámara parece escarbar en cualquier sentimiento de los personajes, pues las mujeres son meros úteros reproductores, sirvientes, esclavas. Mientras los planos generales son armónicos en la jerarquía de la sociedad dictatorial en la que se encuentran. Asimismo, la fotografía de este presente se impregna de una grisura enfermiza, colores apagados, muertos. El tercer nivel se representa por medio de la voz en off en el presente de June que representaría el anhelo futuro y donde también se establecen líneas como mínimo ambiguas. Se contraponen primeros planos de la protagonista con los espacios y personajes con los que interactúa o imagina interactuar; o con otros planos más generales en los que destaca la asfixia del personaje. Esa representación de sus pensamientos es lo que de un modo u otro la incita a continuar.

Seis. La ficción serial se impulsa con la energía de la protagonista, Elisabeth Moss. Una actriz de indudable capacidad expresiva. La cota de registro y los incontables matices están en sintonía con la psicología de los personajes y a nivel más profundo, estructural. Pero no es la única. Alexis Bledel, que parece tendrá más protagonismo en esta temporada, está magnética. Ann Dowd como la tía Julia es un latigazo. El papel episódico de Marisa Tomei está cargado de pormenores. Otros personajes importantes pero que apenan tienen tiempo en estos episodios son Serena Joy (Yvonne Strahoski), Nick (Max Minguella) o Janine (Madeline Brewer). Personajes que transmiten ambigüedad, que se mueven en un raro equilibrio tenso.

Siete. 'The Handmaid's Tale' no habla de un futuro distópico. Habla de pautas, modelos, comportamientos contemporáneos al mostrar la anulación del cuerpo de la mujer, de negar cualquier opción del ser humano en su capacidad para conformarse como individuo único. Pero va mucho más allá. Habla además de la pérdida constante de derechos no ya en regímenes dictatoriales, también en sociedades libres en las que la libertad de expresarse y/o hacer, al igual que la justicia, se han resquebrajado. Que se aluda a la universidad y al periodismo en clave simbólica o explícita ratifica la vigencia de la lectura de la serie en nuestra inmediata sociedad. Una sociedad, la nuestra, que permite que la ley te rompa el cuerpo, te inyecte miedo, te destruya. Algo que la resistencia del movimiento #MeToo supo ver en 'The Handmaid's Tale': su indudable valía icónica entre el mundo actual, las mujeres y cualquier grupo desprotegido.

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