MUERE CHANQUETE

MIGUEL ÁNGEL ALFONSO

Mañana se muere Chanquete. No hay remedio; por mucha pena que provoque y aunque la medicina haya avanzado, es inevitable. A falta de que alguna cadena quiera hacer una nueva versión de 'Verano Azul' y la reescriba obviando el deceso para no traumatizar al público, el personaje al que dio vida Antonio Ferrandis seguirá falleciendo al final de cada verano en Nerja. La 2, que ha repuesto la serie, emitirá el penúltimo capítulo mañana (a las 13.45 horas), titulado 'Algo se muere en el alma', el mismo que paralizó al país el 7 de febrero de 1982 y dejó una frase para la posteridad: «¡Chanquete ha muerto!».

La serie fue innovadora en el tratamiento de temas como el divorcio, los malos tratos, el sexo, el ecologismo, la especulación inmobiliaria -el mítico «no nos moverán»-, y por supuesto la muerte. Inicialmente los guionistas habían previsto matar a Tito, al que interpretaba el actor Miguel Joven, pero si perder a Chanquete fue una tragedia nacional, ¿qué hubiera pasado si el fiambre hubiera sido un niño de 6 años, ahogado? Los psiquiatras seguirían rentabilizando la escena a día de hoy.

En aquellos tiempos nadie sabía lo que era un 'spoiler', ni falta que hacía. Por eso una revista especializada en televisión no tuvo escrúpulos en llevar a portada el que sería uno de los destripes más grandes de la historia. «Este domingo se muere Chanquete», se podía leer en todos los quioscos la semana de la emisión del episodio. María Garralón, Julia en la serie, explicó este verano que la idea no había salido de un editor con ganas de fastidiar la sorpresa, sino que se pidió expresamente que se hiciera público el destino final de Chanquete para evitar un drama mayor. «Los psicólogos dijeron que podía ser un impacto tan grande para los niños que había que avisarles», reconocía la actriz.

Ya no se toleran los 'spoilers'. A veces con razón; otras, de forma absurda. En el caso de 'Chernobyl' (HBO), numerosos espectadores se quejaron de que los medios aprovecharon el tirón para explicar la tragedia, y, claro, los pobres se enteraron de que la central nuclear explotaba. Su verdadero problema no era perderse la sorpresa, sino el desconocimiento de la Historia.