Lorenzo Fernández Bueno: «La belleza puede ser aterradora»

Lorenzo Fernández Bueno, en una imagen de archivo./
Lorenzo Fernández Bueno, en una imagen de archivo.

Vuelve esta noche a DMax con '99 lugares donde pasar miedo'. «Cuando conoces la historia, la sugestión actúa»

JULIÁN ALÍA

Los que ya estamos más cerca de los 50 tuvimos la oportunidad desde pequeñitos de atender a lo que un señor con barba y profundas ojeras nos contaba desde la segunda cadena de TVE», comenta el periodista Lorenzo Fernández Bueno (Jaén, 46 años), que se aficionó a la temática misteriosa gracias a Jiménez del Oso y sus programas 'Más allá' y 'La puerta del misterio'. Fernández Bueno regresa esta noche a las 22.00 horas a la cadena en abierto DMax con los cómicos Dani Rovira y Tomás García para la primera entrega de '99 lugares donde pasar miedo', una programa de tres capítulos basado en el libro que escribió hace casi ocho años.

-¿Ya se ha acostumbrado o pasa realmente miedo?

-Cuando conoces la historia, la sugestión actúa. A mí particularmente, estas historias no me generan tanto miedo como me puede provocar el ser humano en algunos de esos sitios. Sabes perfectamente a qué te estás enfrentando, los países que estás visitando, y los sitios en los que te estás metiendo. El miedo normalmente no viene por la parte más sobrenatural, sino por la más humana.

-¿Cuál es el lugar más aterrador en el que ha estado?

-Un sitio casi totémico, por la estética, aunque también influye la historia. La isla de las muñecas, en Xochimilco, a unos 40 o 50 kilómetros de Ciudad de México. Es un sitio extraño que no se puede comparar absolutamente con ninguna parte del mundo. Hablamos de una pequeña isla, que allí se conocen como chinampas, donde el que va a vivir tiene una cabaña y poquito más. Esa pequeña isla, que no tendrá más de 500 metros cuadrados, está literalmente decorada con muñecas horribles desde hace más de 50 años. Muñecas a las que se les han caído los ojos, que sus cuencas se han quedado vacías, que de vez ves algún bichejo que sale de ellas. Si además de esas más de 3.000 muñecas, conoces la historia del lugar y el por qué están ahí, conforme va subiendo la niebla lo que te pide el cuerpo es marcharte.

-No parece recomendar ese viaje...

-Yo lo recomiendo. Otra cosa es quedarse a dormir, sobre todo si conoces la historia. El dueño de la isla, Julián Santana, coloca esas muñecas para defenderse de un supuesto espíritu de una niña que se ahoga en la laguna cercana y a la que él no presta ayuda. A partir de ahí, él sabe que va a volver para vengarse y coloca esas muñecas. Además, a Julián le da un infarto, acaba muriendo en el mismo lugar donde da comienzo esta historia, y aparece rodeado de muñecas. Entiendo que es una historia lo suficientemente sugestiva como para conocerla 'in situ'. De hecho, la gente de allí dice que se lo llevaron las muñecas. Pero el lugar es una maravilla, es conocido como la Venecia de Norteamérica. Este tipo de lugares suelen tener una belleza extraordinaria, pero a veces la belleza puede ser aterradora.

-¿Hay algún sitio al que le quede por ir?

-Tengo muchos. Uno de ellos al norte de Rusia, en la taiga siberiana, donde a principios del siglo XX se produjo un fenómeno sumamente extraño. Hablo de Tunguska, donde supuestamente un asteroide explotó a seis kilómetros de altura, e hizo que durante una semana se produjera una luminosidad tan fuerte que de noche y en Londres la gente pudiera leer el periódico. Es un lugar donde se han producido una serie de malformaciones genéticas con el paso de las décadas a los árboles y a los seres humanos.

-¿Algún lugar le decepcionó?

-La verdad es que no. Hay veces que llegas a un sitio y ya no existe. Hace unos años recorrí la baja California donde decían que había esculturas extrañas de un tiempo pasado en un desierto, pero que parecían del futuro. Pero las habían destruido. Fue frustrante, pero en ese momento tuve la inmensa fortuna de conocer a un nativo de la zona, que además era chamán, y realizamos una serie de rituales que para mí han sido unas de las experiencias más alucinantes.