‘The End Of The F***ing World’: correr, correr, correr; huir y matar

Los actores Jessica Barden y Alex Lawther interpretan a los dos protagonistas de la serie. /SUR
Los actores Jessica Barden y Alex Lawther interpretan a los dos protagonistas de la serie. / SUR

Netflix estrena una de las sorpresas de este año: la serie británica de dos adolescentes desubicados que refleja la angustia juvenil

MIGUEL ÁNGEL OESTE

El final de ‘The End Of The F***ing World’ parece reescribir o conectarse con el travelling que concluye ‘Los 400 golpes’ de François Truffaut, y, también, con el de ‘Al final de la escapada’ de Jean-Luc Godard, pero en clave generacional y con un tratamiento que ajusta la serie al cine de la modernidad que comenzó con los Nuevos Cines y, simplificando, estableciendo el puente con el heredero natural de aquella nueva forma, el cine indie. Pero aunque estos ocho episodios de entre 19 y 22 minutos partan y plasmen ciertas convenciones, sobre todo en los primeros dos episodios, la creación de Charlie Cowell para Channel 4 a partir del cómic homónimo de Charles S. Forman es una interesante ficción serial que va de menos a más y que trata sobre el valor de las relaciones de dos adolescentes perdidos, que como la canción de Graham Coxon, ‘Walking All Day’, que se repite en varios episodios, corren, huyen de sí mismos en un viaje por carretera en el que pasarán muchas cosas, para terminar encontrándose en un desenlace abierto, ambiguo, que reafirma la profundidad emocional y estética que consigue ‘The End Of The F***ing World’ en la reescritura de las formas para acercarse a los jóvenes de ahora.

Os hablo, ¿escucháis?

James (Alex Lawther) tiene 17 años y está seguro de que es un psicópata. A los 9 mete la mano en aceite hirviendo, a los 15 empieza a matar animales y piensa que ha llegado el momento de matar a personas. La presentación en plano medio, mirando hacia un lado, algo ido, está sin estar, la cara algo torcida, mientras la cámara se acerca y luego corta para verlo caminar se asemeja a la de Alyssa (Jessica Barden), una rebelde con causa enfadada con el mundo, harta de ser una página en blanco para su madre, con un padrastro que quiere meterle mano y el fantasma del padre biológico como una respuesta para sobrevivir. Ambos se encontrarán en el comedor del instituto. Los raros. Los outsiders. Invisibles para sus familias, para el resto de sus compañeros, para el mundo. Granos de los que huir para todos ellos. James piensa que ella será su primera víctima. Alyssa que él será el primer chico con el que se acueste. Alrededor, un grupo de adultos igual de perdidos, incapaces de ver el dolor que sienten estos adolescentes, y cómo el desequilibrio de los adultos (los que supuestamente deben cuidar y orientar a sus descendientes) no hace más que fomentar la distancia generacional, engañándose los adultos mientras los jóvenes se enfrentan solos a sus miedos, inseguridades y cambios.

James está convencido de que es un psicópata; Alyssa es una rebelde enfadada con el mundo

Música y silencio

‘The End Of The F***ing World’ se sustenta en una ágil estructura de ‘road movie’, en el travelling como unidad de estilo, en los pensamientos en off de los protagonistas y en una cuidada banda sonora que funciona como contraste a la narración. Un contrapunto que favorece el sentido del ritmo y le otorga personalidad. A la vez, el aire nihilista y existencialista juega con distintos géneros, apoyado por las canciones, canciones que, por otra parte, mantienen un evidente diálogo con la historia y con lo que sienten los personajes en las distintas situaciones. Momentos que alternan una poética de la extrañeza, delicados, profundos, con otros más salvajes y cinéticos, opuestos, en suma. La poética de las elecciones musicales van desde la ciudad solitaria donde van los amantes solos que canta Ricky Nelson en ‘Lonesome Town’, al estallido efímero de lo que podría ser felicidad en el ‘Keep On Running’ de The Spencer Davis Group cuando roban el segundo coche.

El actor que interpreta a James, en un fotograma.
El actor que interpreta a James, en un fotograma. / SUR

Y es que estamos ante un juego de tonos y ritmos que traspasa la imagen para mostrase en lo que sienten estos adolescentes. Y, sin embargo, en esta tendencia de huida y movimiento, en la que no se tiene tiempo para mirar y mirarse, se acciona, precisamente, por los silencios, por las escenas en las que va creciendo la relación de confianza y amor de James y Alyssa. «Parece que estemos en el borde del mundo, que estemos a salvo, pero no lo estamos», dice Alyssa en uno de los momentos más bellos de esta serie; Alyssa y James en la arena, el horizonte amenazador, los matices de la luz y el paisaje y paisanaje fusionándose con una carga de vulnerabilidad, de amor. Porque junto a la huida, corre la investigación de dos mujeres policías antitéticas que tratan de esclarecer un asesinato en el que se ven envueltos James y Alyssa fortuitamente. Quizá lo más endeble de la serie.

A medida que avanza, la teleserie va ganando en matices, crece en hondura y en una mirada propia, delicada

Inadaptados

A pesar de que la teleserie transita o tiende a la comedia negra para aligerar la crudeza, oscuridad y tristeza de las imágenes abocadas a la fatalidad en la que parecen encontrarse James y Alyssa ante la sordera de los adultos, ‘The End Of The F***ing World’ llama la atención en ese raro equilibrio que mantiene entre la violencia explícita y contenida y la fragilidad o ternura fugaz que hace aflorar, en la mentira de los adultos con sus máscaras y el intento de los adolescentes por encontrarse y no caer en ellas, en el sentimiento de culpa que los progenitores provocan en James y el resentimiento voraz que generan en Alyssa, en cómo la vida o la sociedad nos aparta de la humanidad, de lo que somos, de las emociones, de la empatía, de ponerse en el lugar del otro, en saber estar y escuchar al otro, en no meterse en un caparazón ni correr, correr, correr, para no llegar a ningún sitio. Porque, en el fondo, esta ficción serial habla de que nadie (o casi) está adaptado, que cualquiera busca sus estrategias para huir –da más miedo encontrarse, preguntarse–, y es aquí, y en la certeza de las heridas de la infancia que se agrandan con el tiempo y de la concisión por la que apuesta, donde la serie consigue la frescura, su diferencia. De hecho, a medida que avanza ‘The End Of The F***ing World’ va ganando en matices, crece en hondura y en una mirada propia, delicada, que encuentra su relación estética y de fondo primero en los Nuevos Cines, después en el cine indie de vertiente generacional, y luego en similitudes más o menos fiables en la que se podría citar a Quentin Tarantino, Wes Anderson, Oliver Stone o títulos clásicos de cine negro. Y, sin embargo, lo que de verdad importa es la radiografía oscura que hace de los sentimientos de estos dos adolescentes marginados, infelices, en la textura descarnada con la que muestra su angustia, porque a pesar de las ráfagas ácidas de comedia negra, la poética que se extrae de las imágenes es melancólica y triste, la zozobra que tal vez sienten muchos jóvenes segregados hoy día.

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