The Deuce: Malas calles, sexo, porno y dinero

El puente entre las dos temporadas de 'The Deuce' resulta claro. /SUR
El puente entre las dos temporadas de 'The Deuce' resulta claro. / SUR

La segunda temporada de la adictiva serie muestra un mundo en transformación, en el que las mujeres quieren dejar de ser explotadas

MIGUEL ÁNGEL OESTE

Si el piloto de la primera temporada de 'The Deuce' –la serie creada por David Simon y George Pelecanos para HBO– comenzaba con una secuencia de Vincent (James Franco) previa a los títulos de crédito donde el dinero y el peligro configuraban lo que vendría después, e incluso la escena que sigue a los títulos de crédito –un diálogo de dos chulos afroamericanos en la estación para 'captar' chicas que acaban de llegar a Nueva York– colocaba el foco en representaciones de poder en las que las mujeres siempre eran sometidas, la segunda temporada, que arranca en el año 1977, empieza con un plano secuencia de Candy/Eillen (Maggie Gyllenhaal) que camina vestida elegantemente y sonriente hasta un local de moda llamado Club 366 que dirige Vincent. La manera de andar, la seguridad que manifiesta, la sonrisa en su rostro, infieren un cambio esencial en Candy/Eillen respecto a la anterior temporada y en lo que veremos en esta segunda.

El puente entre ambas temporadas resulta claro. No solo porque las aspiraciones y ambiciones de Vincent desde el primer plano contando fajos de billetes para otro, ahora los cuenta para él, también y sobre todo por la transformación de Candy por medio de las películas porno, pero no solo de ella, sino de la mayoría de las mujeres representadas en el serial. El último plano del segundo episodio de la nueva temporada, escrito maravillosamente por Richard Price, es revelador en este sentido, al mostrar una reunión de activistas, entre ellas una antigua prostituta del proxeneta CC (Garry Carr) a la que ayudó Abby (Margarita Levieva).

'The Deuce' es una serie coral, repleta de historias que retratan una época de manera orgánica, minuciosa, veraz, insertas en unos cánones realistas dentro de una ficción que logra un tono y un ritmo bien modulado, pues sabe cuándo tiene que subir o bajar, encuadrar un detalle o poner el énfasis en determinado momento. Si la descripción del ambiente resulta atractivo, los estimulantes diálogos y el diseño de personajes profundos, con distintos biseles en la psicología, configuran una narración poderosa, que además tiene la virtud de establecer evidentes conexiones con el presente.

En el inicio de esta segunda temporada vemos el crecimiento del cine porno, los cambios en la prostitución, en los locales de fiesta, la entrada de la cocaína, los vínculos entre la policía, la política, la mafia, los constructores y otros intereses que suponen a su vez la modificación de las estructuras sociales. El retrato de una sociedad más libre en la que el negocio campa a sus anchas. 'The Deuce' es una ficción con muchos personajes y tempo pausado. Los dos primeros episodios sitúan a estos personajes: Vincent que parece haber logrado lo que quiere a pesar de que lo ha conseguido gracias a la mafia, mientras mira hacia otro lado con lo que no le gusta y trata de tener una relación estable con Abby. Ésta dirige el antiguo local de Vincent, hace fotos y sigue luchando por las mujeres. Candy quiere dirigir porno de otra manera, hacer películas, para lo que tendrá distintos encuentros que le harán cuestionar algunas cosas. Lori está cansada de su chulo, C.C., y cada vez tiene más claro que debe volar sola. Darlene sigue prostituyéndose, haciendo películas porno y estudiando cuando puede a pesar de que su proxeneta le dice que los libros son estúpidos, que lo único válido es la universidad de la vida. Alston ha dejado de ser patrullero y ahora es detective. Y hay más personajes que interactúan en este fresco noctámbulo –es una serie eminentemente nocturna incluso en las secuencias diurnas– que representa el Nueva York de 1977, donde todo parecía posible y se respiraba un clima de libertad y los primeros pasos de nuevos tiempos para las mujeres.

A vueltas con los Emmy: ¿Han sido conservadores?

Se suele decir que los premios son subjetivos. Que nunca llueve a gusto de todos. Pero también que obedecen a criterios estudiados. A intereses y componendas. A estructuras e influencias de poder. Sobre todo si se tiene en cuenta que detrás hay una Academia y que se debe contentar a muchos 'protagonistas'. Solo hace falta ver los resultados de la 70ª edición de los Premios Emmy para ver que todo más o menos está equilibrado y que pocas o ninguna sorpresa ha habido en el redil. Así todos contentos. O casi todos.

Las sorpresas suelen ser divertidas. Los premios no. De ahí que casi nunca una gala de entrega de premios en cualquier parte del planeta sorprenda. Algunos dirán que esto es demasiado rotundo. Quizás. ¿Pero no son los premios autocomplacientes o suelen serlo? ¿Lo fueron los Emmy de 2018? ¿Acaso lo más efervescente son los momentos que se salen del guion aunque sea una cosa como pedir matrimonio? Escenas tan americanas que uno ha visto en eventos deportivos como la Super Bowl o en películas y series y en otras partes. Ficción y realidad retroalimentándose. O, también, claro, uno encuentra en la entrega de premios reivindicaciones, aunque estas siempre que estén más o menos controladas. Que tampoco es cuestión de liar la de San Quintín, porque las reivindicaciones por abuso sexual, sexismo, discriminación o lo que sea pueden empañar la supuesta diversión de la gala. Y, en definitiva, porque la imagen es la imagen. Si la reivindicación interesa o sale rentable, adelante, si no, vamos a cortarnos.

Sin embargo, ¿alguien pensaba que en Mejor Drama se iba a premiar otra serie que no fuese 'Juego de tronos' o que en Mejor Comedia se premiaría algo distinto a 'The Marvelous Mrs. Maisel'? Que conste que son series estimables con las que he disfrutado. A lo que me refiero es que se puede decir que son premios conservadores. Que gustan a público, crítica e industria. Premios que no incomodan, que establecen el equilibrio entre todas las partes. ¿No hubiera sido más rompedor y arriesgado premiar una serie audaz como 'Atlanta' en Mejor Comedia? ¿No es Danny Glover el gran ausente? No es que la actuación desapasionada y despojada de Bill Hader, ese asesino que quiere ser actor en 'Barry' no sea premiable, es que se enmarca dentro de lo previsible. Como el premio a la estupenda Rachel Brosnahan en 'The Marvelous Mrs. Maisel' por encima de Pamela Adlon en 'Better Things' o Issa Rae en 'Insecure'.

Resulta curioso que los dos premios que 'se salían del guion' o que creo que se salían del guion fuesen para actrices afroamericanas. Uno para la increíble Regina King por 'Seven Seconds', que sorprendentemente tampoco estaba nominada como Mejor Miniserie, pese a que había otras más débiles. Y el otro para Thandie Newton por 'Westworld'. La pregunta es: ¿existe aún la brecha racial? ¿La desigualdad persiste y se encubre en trajes de noches? Si los Emmy del año pasado supusieron el triunfo de la representación femenina delante y detrás de las cámaras, los de este año parecen contentar a todos de un modo más conservador. Menos mal que por encima de los premios están las series que miran la realidad, la reinterpretan, hablan de temas complejos con modernidad y una mirada desprejuiciada, libre.

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