AGUJEROS NEGROS

JOSÉ ENRIQUE CABRERO

Yo, como tantos otros, desconocía su nombre. Quizás lo leí alguna vez o lo escuché de rebote, pero no presté atención. Si alguna vez nos cruzamos por la calle -quién sabe- ni siquiera le miré de reojo en plan yo a ti te conozco de algo. Su rostro, su nombre, su vida. No conocía absolutamente nada. Ni siquiera sobre sus años como locutor deportivo, radiando los goles de Butragueño y el resto de la quinta. Se imaginarán, por tanto, que cuando leí que había muerto Héctor del Mar no reaccioné de ninguna manera.

¿Que no sabes quién es?, me dijeron. ¡La voz del pressing catch! Y entonces fue como si mi mente atravesara a toda velocidad un agujero negro en el que el tiempo y el espacio no tuvieran cabida. Caí sobre el sillón del salón, de niño. Mis manos sujetaban los muñecos de El Último Guerrero y Hulk Hogan.

En la tele, aquella voz carismática e inolvidable rugía con «¡e-e-el baile de San Vito-o-o!». Agujeros negros. Verlos, digo. Debe ser como la primera vez que el ser humano vislumbró el océano.

Descubrir que hay algo enorme que nos supera, que nos envuelve y que nos acompaña desde el primer bang. Algo que no estaba y que, de repente, es gigantesco. Como tu propia sombra. La histórica foto del agujero negro, una suerte de ecografía del espacio, me llegó por whatsapp. Luego la vi en Twitter. Después pasé a la web y conecté con la conferencia. Horas más tarde estaba en la tele, por todas partes.

No lo sabíamos, pero ese agujero negro nos observa desde que éramos amebas. O antes, incluso. Me lo imagino divertido, allí en lo alto, mirando cómo los humanos alcanzábamos metas irrisorias. Como la vez en que llegamos a la Luna y todos -vivos, muertos y no natos- nos sentamos apretujados en un estrecho sofá que enfocaba a la televisión. Todos juntos, a la vez, impresionados por la noticia. Como cuando escuchábamos a Héctor del Mar los sábados por la mañana. Ya no miramos juntos las cosas, ni siquiera en el día en que conocimos, en persona, al mismísimo agujero negro.