TRES JANDILLAS DE CATEGORÍA

BARQUERITO

Los cuatro toros del hierro de Jandilla se jugaron entre paréntesis. Primero y sexto fueron de Vegahermosa, el otro hierro de la casa. El primero, corto de cuello, de notable alzada y montado, dio en básculas 535 kilos; el sexto, amplio galán, largo como una noche, 590. Fueron toros de distinto son. A pesar de haber cobrado dos terribles lanzazos traseros, el primero, pronto y codicioso, se empleó sin reserva y a chorro. El sexto acusó resabios del encierro, se paró antes de varas, de la segunda de ellas salió escupido y a escape, y, lidiado sin criterio, pegó muchos cabezazos en la muleta.

No es que el saldo tan dispar de los dos de Vegahermosa se tradujera al calco en los cuatro de Jandilla. Pero dispares de hechuras, aire y entrega fueron los cuatro jandillas. Y de diferente edad. Cinqueños tercero y cuarto, que fueron toros de traza muy distinta. Cuatreños segundo y quinto, que al cabo compusieron el lote mejor compensado, porque ninguno de ellos entró en el cupo de los más ofensivos, o sea, los más serios por delante.

Por el rasero de la nobleza sí se equilibró la corrida, pero con la excepción del agrio sexto, que tanto renegó. Primero, tercero y quinto fueron toros indiscutibles en nobleza. Y, a continuación, el segundo, de particular trantrán en carreras sueltas antes de defenderse en faena de cuerpo a cuerpo, y el cuarto, inmenso mozo veleto pero no cornalón, cuerpo. Y cara de toro viejo, porque lo era. Iba a cumplir los seis años de tope reglamentario dentro de tres meses. El abuelo de la feria. Cobró hasta tres puyazos, y ninguno de los tres, simulado. El otro cinqueño, el tercero, fue el más ofensivo de la corrida. Cobró tan solo dos picotazos, que fueron mano de santo. No hizo falta más.

Era la primera de las dos tardes de Roca Rey en sanfermines. Muy calentito, el ambiente estaba con él, y lo estuvo desde el recibo del tercero a pies juntos y a suerte cargada con el capote y hasta el momento en que, herido el toro de media estocada trasera, vino la hora de descabellar. Doce intentos a toro sin descubrir. Llegó a sonar un segundo aviso. Tal vez resentido de la lesión en el hombro derecho, no halló manera de despenar al toro, que, de bravo, se le venía encima cuando lo tenía a mano.

El desaire fue monumental. De golpe parecieron no contar los méritos de una faena descarada, atrevida, templada, ajustada, aparatosa, cumplida en el terreno que Roca dispuso. Sin escatimar, y sobre el cuerpo severo de la obra, alardes varios: desde el molinete de rodillas, al farol ligado con el de pecho, o la rosca de naturales en espiral. Las peñas le dedicaron a coro el «¡Tú sí que vales!». Pero el toro se fue al desolladero con las orejas que ya parecía tener Roca en las manos.

No fue la única faena brillante de la tarde, pues, en aire distinto -asiento suficiente, imperativo clásico, pausado regusto, templado acento, ligazón impecable-, Diego Urdiales se entendió con el brioso primero, lo sometió sin forzarlo, lo llevó toreado incluso cuando hubo que ganar pasos o perderlos y se sintió casi a placer en una plaza cuyo hilo sonoro nunca le ha motivado. Una estocada defectuosa precisó de tres golpes de descabello. Un aviso, porque la faena había sido labrada y larga. Por todo eso la primera mitad de corrida fue mucho mejor que la segunda. En su primera baza, Castella se emperró en abrir faena en tablas, donde no quería el toro, y la deriva fue un sin rumbo. La segunda baza fue para el torero de Béziers mucho más propicia, pues el quinto jandilla ganó en nobleza a todos los demás y, sin la gota picante de primero y tercero, quiso a todo con claridad, humillando y repitiendo. Tras una gavilla espectacular Castella se embarcó en largo trasteo tiramillas, de más calma que inspiración, firmeza soberana y la verticalidad marca de la casa. Toro molido. Trabajo del gusto de la inmensa mayoría,

La sorpresa fue ver a Urdiales apostar por el inmenso cuarto y sabérselo traer y conjugar por las dos manos con sabio oficio. Pero, para sorpresa, el toro que remató en negativo esta corrida variada. Como dicen los clásicos modernos, Roca no tuvo opción. Y, además, se dolía mucho del hombro.